(por definir)

Pseudo blog pseudo literario y pseudo filosófico (favor de no escupir la pantalla al decir “pseudo”)

 
••••••••••••••••••••••••••••••••• MI ANTIGUO NICK ERA “OXIDENTE”, PERO ERA ÑOÑÍSIMO

Archive for Diciembre, 2007

Venus

Diciembre 31st, 2007 by Felipe

Hay cosas que hacen las mujeres. Por ejemplo, se desnudan. Parece que tienen pudor y de repente, se desnudan. Ante uno. Lo hacen como si nada, pero ellas saben. Nunca lo explican. Para qué. Ante unos pechos hermosos los argumentos de qué sirven. Uno mira y no puede creerlo. Si pudiera me arrodillaba. Pero también. No me voy a arrodillar. Son unos pechos hermosos. Lo que no se cree se toca. O se lleva a la boca. Como los bebés. Y las mujeres saben. De su olor. Tampoco explican. Aunque ya me has dicho, sabes, si mi olor te gusta es que. Pero nunca explican. Y necesito explicaciones. A veces. Si no, pienso que no es cierto. Que si te vas ya no regresas. Cosas así. Porque tan de repente te desnudas. Ante un hombre.

Category: Felicidad instantánea | 10 Comments »

Ya es personal…

Diciembre 30th, 2007 by Felipe

Estaba insomne en mi casa intentando redactar el post que cambiaría el destino del blogueo en México, cuando se abrió la ventanita del chat…

Chica Linda 7: hice algo que creo que te va a encantar…
Yo: un pastel?
Chica Linda 7: nooo.
Yo: galletas?
Chica Linda 7: tampoco.
Yo: me tejiste una bufanda?
Chica Linda 7: me depilé… sólo quedó una como línea de 5 cm, hasta me da frío, jajaja, parece cuando me empecé a desarrollar.

[En algún lugar del mundo un hombre suicida se hacía estallar despedazando con su explosión a unas cuantas decenas de civiles. En algún lugar cercano al círculo polar un gran bloque de hielo se desprendía, llevándose consigo a una familia de osos polares. Ese tipo de tragedias tenían que estar sucediendo al otro lado del mundo para compensar mi taquicardia.]

Yo: y cuándo podré ver… eso?
Chica Linda 7: ahora no! son las dos de la mañana.
Yo: webcam?
Chica Linda 7: sí, pero no esperarás que te enseñe mi pubis por aquí.
Yo: no?
Chica Linda 7: no seas pervertido.
Yo: entonces mañana…
Chica Linda 7: no, mañana me voy a la playa.

[¿La playa? A ver, entonces no hizo esto por mí, sino porque se va a la playa a lucir su espléndido, esbelto, cuerpo de diosa en bikini. Pero entonces ¿por qué me dijo que me va a encantar precisamente a mí? ¿Es personal en contra mía o así son todas?]

Chica Linda 7: me voy porque tengo que terminar de hacer la maleta, baiii.

[Chica Linda 7 se ha desconectado y te dejó epiléptico de las ganas.]

[Lo peor es que el bloque de hielo igual se desprendió y el hombre se hizo estallar de todas formas. Pero lo único cierto aquí, el colmo, es que realmente la extraño.]

Category: Conversaciones neuróticas | 3 Comments »

No sé

Diciembre 29th, 2007 by Felipe

Un día quise pasar la vida entera con una mujer y años más tarde estaba buscando por dónde escapar de esa mujer… entonces huí con otra mujer y por momentos —y aquí es donde la química cerebral muestra su inconsistencia— quiero regresar con cualquiera de ellas; también, por momentos, ambas posibilidades me dan náusea.

La química cerebral fluctúa. Más de lo que estamos dispuestos a admitir.

Cuando alguien me dice: “Yo sé bien lo que quiero en esta vida”, no sé si sentir envidia de su claridad, lástima por su ceguera, o temor a tanto fundamentalismo.

En cambio, qué diferencia con aquellos que dicen: “Yo sólo sé lo que quiero hoy, y ahora; disfruto el momento”, esos sólo me aburren muchísimo y los evito a toda costa.

Category: Reglas de convivencia | 5 Comments »

Viernes por la noche, día de los inocentes

Diciembre 28th, 2007 by Felipe

No hay nadie en el messenger con quien me interese platicar. En el departamento de arriba están moviendo cosas que golpean la duela de madera. Sólo hay un foco encendido en el pasillo y basta para iluminar mi habitación y la sala. Es poco después de las once de la noche y me entristece dormir solo; es posible que me queden varias horas de insomnio. Podría intentar salir a divertirme, pero no tengo ganas de beber ni de simular extroversión. Hoy fui a comprarme ropa. Debería estar radiante por la euforia que supuestamente provoca el consumismo. Hay ocho cajas en la sala, llenas de libros, los que mi ex me devolvió; no he querido abrirlas. Hoy vi Alvin y las ardillas, sólo la primera hora, tiempo en que el Hombre Araña no quitó la vista de la pantalla; luego se aburrió y quiso salirse. Fui a dejarlo de regreso con su mamá; mañana salen de viaje, se van más de una semana. Mañana voy a comprar muebles; este departamento está vacío. Durante todo el día no fui objeto de una sola broma.

Category: Sentimentalismo | 6 Comments »

Emo

Diciembre 26th, 2007 by Felipe

Van dos personas que me dicen que éste es un blog emo.

No tienen nada que ver entre sí, ni se conocen. Pero han llegado a la misma conclusión.

El asunto se vuelve más profundo si consideramos que duplico de sobra los 15 años que debe tener todo emo que se respete.

Por eso es tiempo de discutir esto aquí, con total solemnidad:

Soi o no soi un emo

Todos me dicen k soy un emo, pero no kreo k lo sea pork los emos k conosco son todos unos posers i io no soy un poser, tampoko tengo el kopete ni uso delineador…

(Emo o no, soy un total loser.  Indudablemente.)

Category: Ando de azotado ¿y qué? | 11 Comments »

Nebuloso

Diciembre 26th, 2007 by Felipe

Últimamente me siento un dibujo. Bien trazado, alguien podría decir que hasta parezco vivo. Pero soy un dibujo.

Se lo comenté el otro día a una amiga que a veces es muy clarividente, y me preguntó si no será que yo veía yo a los demás como un dibujo.

—Tú describes a las personas tan definidamente que al final no son una descripción sino un prejuicio… un dibujo —dijo.
—¿Eh?
—Sí, por ejemplo, me dices: esta persona tiene tantos años, está así y asá, hace esto y lo otro, tiene estos inconvenientes y estas virtudes.
—¿Pues cómo las describes tú?
—Es una persona increíble, me la paso muy bien con ella y tiene lindos ojos.
—…pero eso no es describir: me dices eso y me quedo en las mismas.
—¿Y no te dan ganas de conocer a una persona así?
—Eh, no… ¡esa no es una persona, es una nebulosa!
—¡Pues así es como las personas vemos a las personas!
—¿Lo normal es ver nebulosas?

La sensatez siempre suele estar en el punto medio; así que si bien no pienso ver nebulosas, estoy de acuerdo en ya no dibujar tanto a la gente.

(Quédense todos como el título de este blog, quihubo.)

Propósito de año nuevo: no debo sobredefinir a las personas. Está muy bien. Eso no resuelve que yo me siga sintiendo un dibujo ni que el hecho de ver más borrosa a la gente me haga saltar de la hoja donde estoy dibujado. En fin.

Category: Reglas de convivencia | 7 Comments »

La última navidad

Diciembre 24th, 2007 by Felipe

De niño solía quedarme embobado viendo las lucecitas en el árbol enceder y apagarse. Mi reflejo distorsionado en las esferas: mi nariz enorme, o mi ojo enorme, o mi boca enorme en un mundo todo curvo. El olor a bosque en la sala. Movía las figuritas del nacimiento para inventarme historias. Esperaba con ansiedad los regalos. Ya no creía en Santa ni en los reyes desde hace años, pero me hacía guaje para no romperles la ilusión a mis padres. Durante dos navidades organicé a mis primos menores —yo era el mayor— con dos cuentos navideños. Habré tenido once o doce años. En el primer cuento el diablo se apoderaba de la navidad y le cambiaba el nombre a Día de las Compras. El segundo era una pastorela trasladada a la época actual en donde en vez de Belén, el niño Dios nacía en Acapulco en plena temporada alta —todos los hoteles estaban llenos y tenía que nacer en un estacionamiento—; para armar la escena final invitaba a dos de mis tíos para que, incautos, encarnaran al burro y al buey. Risas de toda la familia, fotos.

Entonces un día se me acabó la infancia. Si hubiera que ponerle una fecha fue el día en que vi a Liliana, un año mayor que yo, hija de unos amigos de mis padres. Hasta hace unos meses ella era una niña con cara de niña y cuerpo de niña; ese día ya no lo era más y yo caí en la desgracia. Creo que ella nunca lo supo; todo lo que ella hizo fue pasar y mirarme unos segundos. No he vuelto a verla en veinte años.

La siguiente navidad el árbol era de plástico y las series de luces se enredaban en él, caóticas. Las figuras del nacimiento no se movían. Tuve que fingir las sonrisas a la hora de abrir mis regalos. Hacía frío. Pero no iba a caer nieve nunca.

Category: Sentimentalismo | 6 Comments »

Reconstrucción de los hechos

Diciembre 22nd, 2007 by Felipe

Este momento —esta pantalla, el tic tic tic de las teclas, estas palabras— lo percibo como si lo recordara, no como el presente.

Creo que este momento —esta pantalla, el tic tic tic de las teclas, estas palabras— pasó hace ya mucho tiempo.

Imposible recordar de golpe qué pasaba después: voy haciendo memoria poco a poco.

Category: Sigo sin saber qué estoy posteando | 4 Comments »

Recomendación

Diciembre 21st, 2007 by Felipe

Este link lo puso Don Rul en su blog. Es esa clase de videos que urge que todos veamos y linkeemos en nuestro blog y lo mandemos por correo y así:

http://www.storyofstuff.com/

Está en inglés y dura 20 minutos. Pero igual vayan.

Category: Netas del planeta | 2 Comments »

El discípulo

Diciembre 20th, 2007 by Felipe

—Quiero ser bueno, Maestro.
—¿Y qué haces para serlo?
—Doy limosna a los pobres.
—Si lo haces, eres un hipócrita.
—Respeto a mis mayores.
—Eres un cadáver.
—Respeto a mi cuerpo.
—Eres un idiota.
—Cumplo con mis obligaciones.
—Me das asco.
—Me comporto con rectitud.
—Estás tieso.
—Cuido la naturaleza.
—Eres un ingenuo.
—¿Entonces qué debo hacer para ser bueno?
—Si quieres ser bueno te equivocaste de gurú; ese atiende en la otra montaña todos los días de 7 a 11 de la mañana. Pero en lo personal me parece que sus enseñanzas son patéticas. Ahí tú sabes.
—Pero entonces , Maestro, ¿usted que me puede enseñar?
—El paisaje. Desde aquí hay una vista estupenda .

Category: Profetas | 7 Comments »

Inexistentes anónimos

Diciembre 18th, 2007 by Felipe

Sesionan cada jueves de 7 a 9 de la noche en un bar que está en la Zona Rosa. La cuota de recuperación es de 100 pesos por persona cada semana.

Se reunen unos quince sujetos que difícilmente se miran a la cara. Hay siete que claramente son hombres, cinco que claramente son mujeres y tres que claramente no son ni uno ni otro. Se levanta una persona y toma la palabra.

—Hola soy Pedro y soy un inexistente.

Cabe aclarar que por estatutos del grupo todos los hombres (lo parezcan o no) se llaman Pedro y todas las mujeres María.

Lo recibe el silencio del grupo. Nadie dice nada. El orador tampoco dice nada más, se queda viendo un punto fijo en medio del aire y en seguida se saca un moco. Lo pega en el podio. Minutos después regresa a su lugar. Se levanta una mujer. Dice que se llama María y que es inexistente. Se desabrocha la blusa y muestra a la audiencia dos senos entristecidos. Nadie la mira.

Otro más habla durante 45 minutos sobre el grave problema del agua en Iztapalapa y cómo la gente de la dependencia de gobierno donde trabaja ha enfocado el asunto. Cuando termina nadie aplaude, de hecho quedan sólo siete personas. Entre ellos yo, y sé que viene mi turno y me pongo muy nervioso porque no sé qué decir ante ese auditorio, no podría soportar que me pusieran atención.

Cuando llega mi turno, sólo agacho la cabeza y me quedo pegado al asiento.

Category: Teatralidad | 6 Comments »

Cuentos infantiles

Diciembre 17th, 2007 by Felipe

—Papá, cuéntame otro cuento…
—¿Otro? —ya llevaba inventados como doce cuentos al hilo, cada uno más absurdo que el otro.
—Sí, otro.
—Bueno, ahora te voy a contar el cuento del Lobo que no sabía a qué cuento pertenecía. Estaba este lobo que no sabía de qué cuento era. Así que fue al bosque a encontrar a Caperucita y cuando ella lo vio… “¡Ay osea!”, le dijo Caperucita. “Tú no eres el Lobo. El de mi cuento era más guapo. Además tienes cara de perro.” Así que el lobo se fue al cuento de los tres cochinitos. Y ya que los encontró se mueren de la risa: “¿Tú el Lobo? Jajaja. No, maestro, el Lobo original si imponía, detruía casas a soplidos, cosas así… Además más bien pareces perro.” Así que el lobo quedó muy triste hasta que lo descubrió un publicista y lo contrató para un comercial de croquetas para perro. “Vas a ser famoso, perro”, le dijo el publicista. “Sobre todo porque tienes esa pinta de lobo que…” Y así, nunca supo en realidad qué era. Y colorín, colorado…
—Cuéntame otro cuento papá.
—¡Otro! Bueno, ahora te voy a contar el cuento del futbolista ultrafuerte. Este era un jugador que metía todos los goles, que corría más rápido que todos y era ultrafuerte. Entonces un día que patea el balón y lo manda lejos, lejos, lejos, lo saca del planeta, cruza el espacio y llega a otro planeta. Ahí pensaban que era un meteorito, y lo estudiaron y se dieron cuenta que no, que era un balón de futbol. Así que llamaron al mejor jugador de ese planeta y le pidieron que lo pateara de regreso. Eso hizo, pero iba pasando un avión y lo derribó y se murieron todos los pasajeros. Luego lo volvió a intentar y ahora sí lo mandó al espacio y llegó a la tierra y el jugador ultrafuerte quiso dar un cabezazo al balón del espacio exterior y del golpe se murió. Y colorín colorado…
—Quiero otro cuento. Ahora uno de changuitos.
—Bueno —suspiro—, éste es el de los changuitos Uga Chaca. Eran dos, uno se llamaba Uga y el otro Chaca. Y Uga sólo sabía decir uga. Y Chaca sólo sabía decir chaca. Pero lo bueno es que de tanto que platicaron inventaron un baile: ugachaca ugachaca ugachaca. Y se hicieron muy famosos, y grabaron discos, tanto que luego ya nadie quería tocar esa canción ni en las bodas. Y colorín colorado…
—Otro cuento papá…

…y así durante horas.

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Fe

Diciembre 15th, 2007 by Felipe

Al salir de la universidad yo creía en el Arte. Con mayúsculas. Mi tesis fue sobre poesía y en ella proclamaba que el Arte salvaba al ser humano. No sé bien de qué. Creo que de sí mismo.

Un año antes concluí un poemario y lo dediqué a la chica de la que estaba enamorado. Ella lo leyó detenidamente una noche en la cafetería del Centro Cultural Universitario. Me lanzaba miradas furtivas y de vez en cuando me tomaba de la mano. Ella creía en la poesía. Yo creía en la poesía. Dios estaba sentado en la mesa contigua con dos académicos, pero no lo reconocí.

Siete años después esa misma joven me escribía: “Tienes que creer, Felipe. Cree.”

En esos siete años yo había perdido la fe en todo. Entonces me dejé llevar por ella y por dos semanas creí de nuevo. Vi el plan de la creación y entendí que Dios era cierta manera de filtrarse la luz en Santa María del Mar —sólo eso y no otra cosa— y que el Diablo vivía con antidepresivos.

Han pasado cuatro años desde entonces. Ahora soy un feliz politeísta-ateo que cree en el dios de los lavabos, en el dios transexual de los armarios, en la diosa de las ventanas, en el compasivo dios de los asesinos, en la diosa de la ebriedad, en la diosa que gobierna los movimientos de la mesera de los cabellos rizados y en el enloquecido dios de las casualidades. El número de los dioses es infinito y son tan absurdos todos que se anulan entre sí. No creo en la salvación del hombre por ningún motivo y por eso cuando alguien llega y me dice que es poeta y se lo toma en serio, por dentro me da risa.

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Las nalgas de Melissa

Diciembre 14th, 2007 by Felipe

(Nota: antes, leer aquí)

Prólogo—
A estas alturas sé que muy pocos podrían creer que un personaje como yo exista. No importa. De un tiempo para acá lo mejor que me ha sucedido son las nalgas de Melissa. Según su expediente, tales maravillas llevan 19 redonditos años en su sitio. Alumna mía de literatura en la universidad, ella quería ser novelista. Eso me daba ciertas ventajas. Me entregó un texto que perpetró en la más pura tradición telenovelesca —sí, escrito con las nalgas— sobre una muchacha rica y buena que se enamora de su chofer, moreno, alto y sensual a pesar de la desaprobación de sus padres que amenazan con desheredarla; lo cual, según refiere esta mamada, no le importa —es decir, a la protagonista—, y deciden fugarse a una isla en el Caribe. Me guardo los comentarios para después. Ellos viven ahí las más felices fantasías sexuales —sólo concebibles tras un periodo prolongado de castidad rigurosa—, para luego ser descubiertos por la policía que los buscaba. Este melodrama me recordó una película italiana de cuando yo era más joven y Melissa no había superado la preprimaria, con esta Ornella Mutti, en las épocas en que a Ornella no le dolía nada. No me acuerdo del título pero el argumento era casi idéntico. Aún siendo benévolo con la ortografía, el trabajo de Melissa daría lástima de no ser por sus nalgas. Lo leí con mucho morbo, debo confesarlo, y en las ocasiones en que Melissa describía a la protagonista, yo no podía evitar pensar en. Bueno en. Nalgas. Y, cuando aparecía el chofer, me imaginaba a mí revolcándome. Y, aunque insulsas, disfruté como si las viviera esas fantasías —“sexuales” no sería la palabra (aunque esa era, seguramente, su intención); iría más algo como “sexoides”— que disfrutaron la chica y el chofer en la islita caribeña. Como en el cuento del “Zahir”, de Borges, sobre los objetos que, al no poder ser olvidados, inducen a la locura, las hemisféricas nalgas de Melissa Weber han logrado modificarme hasta lo irreconocible. Pienso nalgas dramáticas, imagino nalgas en verso, creo comer nalgas al carbón, sueño nalgas nubosas, veo nalgas redondas, oigo las nalgas al atardecer, quiero nalgas al amanecer. En suma, la cordura que yo antes adormecía con alcohol, ahora no es sino una obsesiva caricatura de nalgas persiguiéndose unas a otras, en un reino de nalgas donde Melissa es la monarca absoluta —y constitucional— y yo soy su fiel paje pirulí.

Pero lo extravagante —además del principio de hipertrofia aquel— soy yo. ¡Señores —y esto ya está cobrando carácter de urgente—: tengo treinta y cuatro años, vivo con mi mamá y llevo casi los últimos ocho años buscando que los editores me tomen alguna vez en cuenta con alguna novela! O una fabulita, por lo menos. Tanto literaria, como amorosamente, estoy olvidado. ¡Vamos! No es que me duela la idea de saber que me estoy quedando soltero; pero. Es decir, claro que salgo de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Con algunas alumnas mías y. Una que otra maestra de la universidad, pero. En fin, tantos fracasos amorosos al hilo lo dejan a uno pensando. Como hombre tengo algunas ventajas, claro está: la edad lo madura a uno y lo hace más interesante y nunca nos faltan nuestras eternas enamoradas; pero son, por lo general, casos no muy gratos y sí muy insistentes. El mío lleva por nombre Berta Orozco y mi mamá nosequé le vio que le cae rebién y cree que por lo tanto tengo el deber moral de cumplirle. Digo, Berta tiene más o menos mi misma edad pero ella sí se quedó. Cree que soy la gran cosa como escritor y me corrige y se emociona con mis novelas pero. Como crítica en literatura se moriría de hambre. Después de todo, ella sólo es historiadora. Y me anima, claro. Esto es lo mejor que has escrito y el final. ¡El final! es. Escalofriante. O sea, yo me moría de miedo pero ¡qué erotismo, Aurelio! Sé que una mujer no debiera decirte esto así tan directamente pero, digo, tú eres muy open máind y por eso sé que me entenderás: al leer la escena del lodo yo —imagínense a Berta, por favor, diciendo eso: mirada lasciva, contoneos, respiración alterada—, yo tuve un orgasmo. (Y Berta espera que yo la entienda y le responda tú tienes una gran sensibilidad y yo una gran alberca de lodo en mi casa, vamos Berta, no puedo esperar un minuto más: ¡bañémonos! —que no me oiga—. Podría ocurrir, porque la piscina abandonada del traspatio, con un poco de agua, sería el escenario ideal para la escenita del lodo. Pero si Bertita es fea, enlodada definitivamente daría miedo. Claro que si Melissa. Después de leer a Melissa, me consuela saber que hay gente literariamente mucho muy inferior a mí —a pesar de sus.)

Primer capítulo—
Hace unos meses recibí por enésima ocasión, una diplomática negativa de la editorial de. Les vale el nombre. Estimado maestro don Aurelio Vidal: recibimos la sinopsis y la copia del original de 447 cuartillas de su novela histórica —ya que se ha empeñado en calificarla así— “Roma”, y hemos caído en leerla. Sentimos mucho no poder publicársela, pero consideramos que, dado el prestigio que ostenta usted como maestro, es nuestro deber salvaguardar el honor de su grado académico no ofreciendo al público literario tan grande equivocación. Revise usted mismo, críticamente, sus originales y estará de acuerdo con nosotros. Sin embargo no se desaliente y blablablá. Podría objetar cada línea de esta pinche y anónima respuesta con más de un argumento —grité, mientras Bertita buscaba tranquilizarme. En circunstancias normales la habría rechazado como lo hago siempre, pero ahora necesitaba gritarle a alguien y ella se pintaba sola con tal de tenerme cerca—. De hecho —seguí gritando— esta pinche carta se la pueden meter por. Y, en eso, Melissa propuso sus dos más rotundos argumentos sobre una de las sillas de la mesa contigua. Por. Tengo argumentos rotundos —tragué saliva—. No supe de mí ni menos de Berta, que se habrá alejado luego, como suele cuando dejo de hacerle caso: con naturalidad fingida, aparentemente satisfecha, levemente frustrada y eliminando toda connotación de rechazo por parte mía, porque ella simplemente no soportaría enfrentarlo. Melissa me sonrió y esbozó una pregunta y, mucho antes de formularla, yo ya estaba junto a ella atento a sus demandas. ¿He dicho ya que Melissa Weber es, además de positivamente nalgona, bellísima? Y lo peor es que ella lo sabe y lo utiliza en su provecho. Es tonta, no cabe duda; pero además acentúa su estolidez con pequeñas sandeces fáciles de corregir —me pregunto si no lo hará adrede— que siempre motivan a seguirla corrigiendo. O también le da, a veces, por sentarse sobre alguna regla o lápiz, como descuidadamente, erguida hacia adelante —lo que produce una curiosa erección del lápiz o la regla contra la silla—, lamiendo, que no chupando, su tutsipop, apoyando todo el peso de la breve cintura en sus caderas, comiéndose el lápiz entre la raya de su pantalón como si aún no lo supiera, pero volteando divertida para ver si nosotros ya nos dimos cuenta de su travesura. O a veces se sienta en el escritorio, dándome su perfil voluble, cruzando lentamente la pierna y me pregunta con su tierna delgada voz sobremimada si su poema está bien, si su cuento también y yo apenas leo sus tonterías, le corrijo con amabilidad sus incoherencias y espero paciente su sonrisa.

Así fue hasta hoy, porque mi fracaso literario me decidió. Si no seré escritor, por lo menos pondré esas nalgas en mis manos, me dije. Y entonces tuve la ocurrencia: cambié un poco los hechos menos gratos: el rechazo editorial, la carta o mi depresión y le dije que justo había terminado mi novela y necesitaba celebrarlo con ella. Así. Directo. Seguro. Conciso. Como si poco importara el tema o fuera lo más frecuente en mí, le conté que ella había sido mi musa, y que el libro estaba dedicado a ella. Quizá fue lo rápido de mi planteamiento, el factor sorpresa, la convicción en mis palabras, su ignorancia o su ninfomanía reprimida, pero vi que brillaron sus ojos, que se acercó a mí y que me besó. Fue cerca de la boca y no duró más de dos segundos, pero fue sincero, húmedo, y fue de Melissa.

Aunque mi madre me regañó en cuanto regresé a casa, algo pasadas las tres de la madrugada, aunque supe que Berta lloró amargamente aquella tarde cuando supo que salí, aunque Melissa me resultó aburrida, aunque ella nunca lo notó dándome demasiados cariños y viviendo en la idea de ver su nombre inspirador en las páginas inaugurales de “Roma”. Aunque la cena fue barata porque no soy de dinero y ella me invitó luego el café, aunque fue la noche en que más cerca ha estado de mí. Aunque soñé con ella toda la semana siguiente y mi obsesión por sus nalgas es más intensa que nunca, no logré en ese lapso tener aquellas nalgas en mis manos.

A partir de entonces, y como se acostumbra en las historias convencionales de amores a oscuras, entre Melissa y yo surgió una especie de sórdida complicidad en donde parece decirse todo pero nada puede mencionarse, se entiende todo pero no se piensa en nada. Ella todo lo decía con sus nalgas: si estaba feliz, esperanzada, triste, reflexiva, locuaz, cariñosa o enojada. Yo lo decía todo entre líneas. Y así anduvimos durante tres o cuatro días.

Último capítulo—
Pensé entonces que el silencio ya había sido suficiente. Mientras calificaba los trabajos, en el suyo escribí un mensaje pidiéndole que nos viéramos. No pude seguir calificando por nerviosismo y pasé el resto de la noche dibujando nalgas. Llené como veinte hojas de block con nalgas en diferentes posturas y perspectivas, en tinta, lápiz, crayón. Bertita se encargó de encontrarlas en mi portafolios al día siguiente. Como según ella ya me había perdonado mi desliz de hace unos días —y como no supo o simuló no saber que Melissa era la susodicha—, miró, remiró y acomodó en la mesa mis garabatos, para verlos todos juntos. ¡Son puras nalgas!, dictaminó audible. Yo procuré mirar para otro lado, fingir demencia y todo eso. Más de una persona estiró la vista para admirar las nalgas, como si Melissa las mostrara. El más insistente fue Ramiro, historiador del arte, que de plano se sentó, tomó y estudió uno por uno mis dibujos con miopía para sentenciar: ¿Melissa?

Dicen que el que calla otorga, guardé los dibujos, pedí permiso, y me fui.
Melissa recibió mi recado en silencio. Lo leyó sin mirarme mientras yo entregaba los trabajos con estudiada frialdad al resto de mis alumnos. Creí que lo guardó porque la imaginé discreta. Me equivoqué. Cuando ni ella ni su amiga, ni su otra amiga, ni su amigo, ni los demás pudieron contener la risa, supe que Melissa misma se encargó de mostrárselo a todos. Como cualquier profesor que descubre el acordeón en un examen, caminé en dirección del tumulto, recogí el papel y, procurando que Melissa me viera —y me vio, la muy cínica—, lo guardé en el portafolios. Al final de la clase, o ella tardó en salir, o todos los demás se fueron muy a prisa, pero quedamos solos. Se agachó —intencionalmente, puedo jurarlo— para guardar sus cosas, exponiendo sus divinas nalgas a mi consideración. Levantó su bolsa y pasó retadoramente cerca de mí. La detuve. Sin decirle nada, cerré la puerta del salón, saqué los dibujos, y se los fui enseñando uno por uno, nalga por nalga. Eres mi musa, Melissa, lo siento. Hay sonrisas inolvidables por encantadoras; la que Melissa sugirió con mis dibujos fue inolvidablemente ambigua. Ahí había decepción, alabanza, odio, alegría, estupidez, tristeza, ira, belleza. Me regresó los dibujos, me musitó las gracias, titubeó y caminó hacia la puerta apretando el trasero. Me gustan tus nalgas Melissa, quédate: no podría vivir sin ellas. Melissa, entonces, se detuvo de golpe. Por favor quédate, eres lo más hermoso que he conocido. No sé si por el miedo o para facilitarme las cosas, Melissa dejó caer su bolso y su chamarra. Eres más intensa que un verso de Sabines, más erótica que el Cantar de los Cantares, más salvaje que la Consagración de la Primavera, más clásica que la Venus de Milo, más bella que todas, Melissa, Dios moldeó tus nalgas a mano, por favor, no te vayas: las necesi. Te necesito. Ahí estaba Melissa. Inmóvil. Con el culo bien firme y un nudo en la garganta. Me le acerqué, la tomé de la cintura y comencé a besarle el sudor frío del cuello, apretando mi pantalón contra sus nalgas; respirando frenéticamente. Vámonos de aquí, a un hotel o algo, ya no puedo, tus, tus. Era una niñita abandonada, y yo le golpeaba sus nalgas duras con mi verga dura bajo el pantalón. Le tapé la boca cuando quiso gritar y, entonces. Entonces. Entonces. Entonces sentí su lengua mojada y viva lamerme los dedos en círculo, muy lentamente. Sentí su mano rencorosa agarrarme la verga. Sentí su saliva tibia en la palma de mi mano. Sentí miedo y algo más obsceno que el vértigo que recorrió mi espinazo; y flaquearon mis piernas cuando entendí que ella bajaba mi bragueta.

Eyaculé.

Y me mordió la mano. Me pisó. Me pateó. Me rasguñó. Me picó un ojo. Y corrió. Ya a distancia, en el anonimato del pasillo, comenzó a llorar y a gritar —y gritaba me viola, me viola. Fingía; pero parecía niña abandonada en un supermercado.

Epílogo—
Cosas de esta vida-comedia-de-errores. Después de ser condenado a no volver a trabajar como profesor, me enteré que el papá de Melissa era dueño de la importante empresa editorial, cuyo nombre a ustedes les vale pero pueden averiguar, y que le había publicado una novela titulada “Roma” que, sabemos, Melissa nunca escribió. Lo demás ya es historia que todo mundo conoce: Melissa Weber, con “Roma”, ganó un premio nacional de novela light joven, mucho sobado prestigio, respeto y consideración, incluyendo la filmación de la película en donde la famosísima secuencia del lodo se volvió lugar común en toda discusión snob que se precie de serlo. Estoy obligado a no quejarme si quiero entrar limpio de pecado al reino de la gracia del señor Weber y de la pompa y circunstancia de su hija que me obliga, desde entonces, con ese su habitual involuntario chantaje de glúteos, a ser su paje pirulí escribiendo, sin cesar, cuentos y melodramas que serán firmados por ella hasta que mi impaciencia derrote mi obsesión y decida marcharme bajo la pena máxima de perder la posibilidad de ver sus nalgas —la esperanza es lo último que muere.

Por eso despierto delirando: algún día tendré esas nalgas en mis manos, algún día, lo juro, aunque estén en formol.

(México DF —1994)

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Neteando

Diciembre 13th, 2007 by Felipe

Epitafio realista: «Más que tener lo que quiso, tuvo lo que pudo.»

En su testamento, el occiso pidió agregar: «Casi todo lo que pudo, no lo quiso.»

Grafitti de un visitante al panteón: «Querer NO es poder.»

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El poder de las palabras

Diciembre 12th, 2007 by Felipe

Tenía yo veintidós años. Para la clase de guionismo en la universidad me pidieron escribir un cuento original. En mi vida había empezado muchos cuentos, pero ninguno lo terminaba. (Recuerdo uno sobre una especie de mengambrea del espacio exterior que disolvía todo lo que tocaba. Cuando ya había acorralado a todos los habitantes de la nave espacial ya no supe cómo acabarlo. Quedó inconcluso y terminó en la basura junto con todos mis cuadernos de tercer grado de secundaria.)

Pero esa vez tenía un título sonoro que se me ocurrió sin duda a partir de mis estudios de anatomía: “Las nalgas de Melissa”. Teniendo un título así, lo de menos era dar con la historia. Surgió un narrador en primera persona que resultó ser profesor universitario enamorado, obviamente, de una alumna. No de toda la alumna. Sólo de su trasero.

Después de eso me empecé a sentir hescritor (con hache y toda la cosa, por aquello de la afectación y de Rayuela) y desde entonces ni quien me aguante.

Pero bueno, esto pretendía tener una enseñanza moral. Ya no me acuerdo qué era, pero tenía que ver con el poder de las palabras y con el poder de los traseros.

Chale, estoy en cierre de edición y se me va la onda durísimo.

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Levedad

Diciembre 11th, 2007 by Felipe

La llamó hermosa mientras la arrojaba al piso. La turba, como perras enardecidas.

«Si en verdad es una diosa se elevará del suelo», pensó —era un hombre de poca fe.

Yo la vi: ella se elevó por encima de las piedras, de nuestras cabezas, de nuestro miedo. Porque conforme las piedras se acercaban a su cara, se convertían en palabras, se volvían aire.

(Ante la levedad, lo pesado por sí solo se derrumba.)

Nadie más entendió el milagro.

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Plana de castigo

Diciembre 10th, 2007 by Felipe

No debo bloguear cada que me pase algo.
No debo bloguear cada que me pase algo.
No debo bloguear cada que me pase algo.
No debo bloguear cada que me pase algo.
No debo bloguear cada que me pase algo.
No debo bloguear cada que me pase algo.
No debo bloguear cada que me pase algo.
No debo bloguear cada que me pase algo.
No debo bloguear cada que me pase algo.
No debo bloguear cada que me pase algo.
No debo bloguear cada que me pase algo.
No debo bloguear cada que me pase algo.
No debo bloguear cada que me pase algo.

(Ja, soy un fraude, le estuve dando copy-paste.)

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El hombre de la persiana transparente

Diciembre 9th, 2007 by Felipe

Finalmente monté las persianas en el departamento. Las de mi recámara son de varitas de bambú color oscuro. Tienen un problema: si enciendo la luz, de noche se ve todo de afuera hacia adentro.

Me veo perfectamente.

No es por hacer comparaciones existenciales, pero… ¿recuerdan que me creía poco menos que invisible? Era algo patético, sí, pero en cierta forma reconfortaba: nadie me veía, por lo tanto era como si no existiera, por lo tanto lo que hiciera o dejara de hacer a nadie afectaba.

Luego me voy enterando que no: soy mucho menos invisible de lo que pensé y sí existo y sí afecto. Es horrible.

Y los vecinos de enfrente estoy seguro que me espían desde detrás de las cortinas. Los muy mustios.

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La locura fascinante

Diciembre 8th, 2007 by Felipe

(Bajo las palabras que dijimos, todas esas tonterías, queda a solas la locura fascinante: la puerta trasera de la consciencia, el deseo devastador, la razón en estado primitivo. A veces sólo por ese delirio es que uno vive.)

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Breve historia de amor

Diciembre 8th, 2007 by Felipe

«He sido mala —dijo ella— he tratado mal a muchos hombres.» También dijo: «No entiendo por qué todos los hombres se enamoran siempre de mí.»

Tenía mirada de alcohol, de esas que se evaporan. De pronto se ponía a dar de vueltas en el asiento giratorio, como lo haría de niña: de tan hermosa parecía que el bar entero, yo incluido, orbitábamos a su alrededor.

Después, en medio en otra frase: «¿Qué no te das cuenta que me gustas?»

Su novio estaba a pocos pasos de nosotros. No oía o fingía no escuchar.

«Él sabe por qué estoy hablando contigo, y sabe de qué estoy hablando porque me conoce perfectamente. No puedo mentirle. Nadie me conoce como él. Yo lo amo como a nadie, pero…»

Luego dijo: «Nunca he amado sin ser correspondida. No sé qué es eso.»

A los pocos minutos me despedí de ella. Me abrazó como si intentara decirme algo más.

Para estas horas, cuando despierte, no recordará todo lo que me dijo.

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¿Serías tan amable de volarme la cabeza?

Diciembre 5th, 2007 by Felipe

La psicóloga me mira compasiva mientras le explico:

—…es que hay chicas que me gustan; chicas que me caen bien; chicas que me gustan y me caen bien; y con todas estas soy más o menos invulnerable a nivel sentimental; puedo pasármela muy a gusto, incluso hasta enamorarme… Y podría vivir con eso y estar bien, excepto que hay chicas que me vuelan la cabeza.
—¿Cómo?
—Sí. Contra ellas no tengo ninguna clase de defensa racional o emocional o nada. Llegan y devastan. De acuerdo, dirá usted, me dejo devastar. Pero ¿por qué? ¿qué necesidad?
—Es por tus carencias.
—¿Eh?
—Por eso la gente se engancha de modo tan irracional. Porque encuentran a alguien que le resuelve sus carencias. Pero esas son relaciones muy inmaduras. Cuando te pasa eso es porque a nivel inconsciente encontraste a alguien que hace cosas que no puedes y quisieras poder. Y te dejas llevar, como un niño.
—¿Y entonces qué hago? ¿Juntarme con las que no me vuelan la cabeza?
—Es una opción.
—¿Y si ya estoy bien con una de estas y un día aparece una que me vuela la cabeza?
—Tendrás que detectarlo y saber por qué te vuela la cabeza y decidir si eso es lo que quieres, que te vuelen la cabeza. O si prefieres una relación estable, sana, productiva…

Ahí es donde mi ser racional se quiebra: ¿por qué demonios no prefiero una relación sana, estable y productiva? Ya sé… por mis carencias. Sean cuales sean.

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Hablando en sueños

Diciembre 4th, 2007 by Felipe

Era yo adolescente y llegaba de madrugada de una fiesta. Para esos casos yo debía ir a la recámara de mis padres y avisarles que ya había llegado para que no tuvieran que llamar a la policía. Entré al cuarto a oscuras, los moví para despertarlos y les dije en voz baja:

—Mamá, papá… ya llegué.
—Mñnsbms… qué bueno, mijo —contestó mi madre; luego preguntó señalando a mi padre: —¿ya saludaste a tu tío?

Desde esa noche desconfío de mis orígenes.

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La vida como un tabloide

Diciembre 3rd, 2007 by Felipe

Estoy comiendo. Traigo el corazón roto porque Chica Linda L, que me traía todo emocionado, me acababa de confesar, vía mail, que ama a otro. Suena el celular. Es Chica Linda M. Le contesto.

—¡M! —digo yo—. Qué milagro, ¿todo bien?
—No —me contesta— . Todo mal.
—Ah, ¡pues qué bueno! —le digo (es que aún le tengo un poco de corajillo).
—Cállate, no te debe de dar gusto. Por tu culpa ando metida en un chisme.
—¿Y yo qué?
—Ahora dicen que yo destruí tu hogar y eso no es cierto.

Tiene toda la razón: eso no es cierto: 1) la destrucción de mi hogar es obra mía, 2) en todo caso, mi ex ayudó en ello, pero si 3) hubiera que buscar a “la otra”, pues ciertamente no era la Srita. M, sino otra, de nombre N, con la que compartía ciertas características (de ahí la confusión de la prensa rosa) y, por último, 4) en realidad M y yo nunca anduvimos siquiera.

—No hagas caso —le digo; en realidad empiezo a reírme.
—Pues sí, pero ya van varias personas que piensan que yo fui la culpable. No te debería de dar risa.
—Diles que no.
—Pero no les voy a andar diciendo que no fui yo a todos.
—O que se te resbale. Haz una rueda de prensa donde lo desmientas.
—Qué chistosito. Es que eso no es importante en tu mundo, pero en el mío sí. Es mi reputación.
—Perdona, pero todo este evento me parece cómico.
—Agh… ¿y bueno a ti cómo te va?
—Mal también —le iba a decir que tenía el corazón roto, pero no se lo merecía.
—Ah, ¡pues qué bueno!

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Cadena alimenticia

Diciembre 2nd, 2007 by Felipe

A quiere con B, que quiere con C, que quiere con D, que no se decide entre E y F —en realidad E quiere con F, y F con G, que quiere con H, que anda con I, que le pone el cuerno con J, que también se divierte con K, L, M, N y en las vacaciones en España, con Ñ; pero secretamente y sin remedio ama a O, que no ha superado a P, que lo dejó por Q, que ya se hartó y por las madrugadas le llama a R, que estaba en la cama con S y con T, que trabajan para U que sale con V que quiere con W, que quiere con X, que quiere con Y, que quiere con Z, que quiere conmigo, pero soy onanista.

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Prefabricados

Diciembre 1st, 2007 by Felipe

Estuve toda la tarde armando muebles para mi departamento. Dos armatostes con repisas y cajones de esos que venden en Home Depot y que desde cualquier distancia se ve que son muebles baratos.

Horas claveteando, atornillando, martillando y siguiendo instructivos, y me sentí inteligente porque finalmente pude armarlos y quedaron sólidos.

Pero llevo desde que amaneció sin hablar. De mi boca no ha salido sonido alguno. Por momentos pensaba que el armado de muebles hubiera sido más sencillo si estuviera alguien conmigo. Que habría sido mucho mejor compartirlo.  Me entró la nostalgia.

Me acordé de esos días en los que mi ex y yo estábamos montando nuestro depa. Imaginé que estaba conmigo y me pasaba los tornillos y me regañaba porque yo no lo estaba haciendo bien y me sentía poco inteligente. Nos peleábamos.

Hasta en la nostalgia permanece esa violencia.

Category: Sentimentalismo | 12 Comments »

Iba a postear algo acá, pero…

Diciembre 1st, 2007 by Felipe

Nada, mejor voy por unas quesadillas.

Ahí se ven.

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