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Pseudo blog pseudo literario y pseudo filosófico (favor de no escupir la pantalla al decir “pseudo”)

 
••••••••••••••••••••••••••••••••• MI ANTIGUO NICK ERA “OXIDENTE”, PERO ERA ÑOÑÍSIMO

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Las nalgas de Melissa

Diciembre 14th, 2007 by Felipe

(Nota: antes, leer aquí)

Prólogo—
A estas alturas sé que muy pocos podrían creer que un personaje como yo exista. No importa. De un tiempo para acá lo mejor que me ha sucedido son las nalgas de Melissa. Según su expediente, tales maravillas llevan 19 redonditos años en su sitio. Alumna mía de literatura en la universidad, ella quería ser novelista. Eso me daba ciertas ventajas. Me entregó un texto que perpetró en la más pura tradición telenovelesca —sí, escrito con las nalgas— sobre una muchacha rica y buena que se enamora de su chofer, moreno, alto y sensual a pesar de la desaprobación de sus padres que amenazan con desheredarla; lo cual, según refiere esta mamada, no le importa —es decir, a la protagonista—, y deciden fugarse a una isla en el Caribe. Me guardo los comentarios para después. Ellos viven ahí las más felices fantasías sexuales —sólo concebibles tras un periodo prolongado de castidad rigurosa—, para luego ser descubiertos por la policía que los buscaba. Este melodrama me recordó una película italiana de cuando yo era más joven y Melissa no había superado la preprimaria, con esta Ornella Mutti, en las épocas en que a Ornella no le dolía nada. No me acuerdo del título pero el argumento era casi idéntico. Aún siendo benévolo con la ortografía, el trabajo de Melissa daría lástima de no ser por sus nalgas. Lo leí con mucho morbo, debo confesarlo, y en las ocasiones en que Melissa describía a la protagonista, yo no podía evitar pensar en. Bueno en. Nalgas. Y, cuando aparecía el chofer, me imaginaba a mí revolcándome. Y, aunque insulsas, disfruté como si las viviera esas fantasías —“sexuales” no sería la palabra (aunque esa era, seguramente, su intención); iría más algo como “sexoides”— que disfrutaron la chica y el chofer en la islita caribeña. Como en el cuento del “Zahir”, de Borges, sobre los objetos que, al no poder ser olvidados, inducen a la locura, las hemisféricas nalgas de Melissa Weber han logrado modificarme hasta lo irreconocible. Pienso nalgas dramáticas, imagino nalgas en verso, creo comer nalgas al carbón, sueño nalgas nubosas, veo nalgas redondas, oigo las nalgas al atardecer, quiero nalgas al amanecer. En suma, la cordura que yo antes adormecía con alcohol, ahora no es sino una obsesiva caricatura de nalgas persiguiéndose unas a otras, en un reino de nalgas donde Melissa es la monarca absoluta —y constitucional— y yo soy su fiel paje pirulí.

Pero lo extravagante —además del principio de hipertrofia aquel— soy yo. ¡Señores —y esto ya está cobrando carácter de urgente—: tengo treinta y cuatro años, vivo con mi mamá y llevo casi los últimos ocho años buscando que los editores me tomen alguna vez en cuenta con alguna novela! O una fabulita, por lo menos. Tanto literaria, como amorosamente, estoy olvidado. ¡Vamos! No es que me duela la idea de saber que me estoy quedando soltero; pero. Es decir, claro que salgo de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Con algunas alumnas mías y. Una que otra maestra de la universidad, pero. En fin, tantos fracasos amorosos al hilo lo dejan a uno pensando. Como hombre tengo algunas ventajas, claro está: la edad lo madura a uno y lo hace más interesante y nunca nos faltan nuestras eternas enamoradas; pero son, por lo general, casos no muy gratos y sí muy insistentes. El mío lleva por nombre Berta Orozco y mi mamá nosequé le vio que le cae rebién y cree que por lo tanto tengo el deber moral de cumplirle. Digo, Berta tiene más o menos mi misma edad pero ella sí se quedó. Cree que soy la gran cosa como escritor y me corrige y se emociona con mis novelas pero. Como crítica en literatura se moriría de hambre. Después de todo, ella sólo es historiadora. Y me anima, claro. Esto es lo mejor que has escrito y el final. ¡El final! es. Escalofriante. O sea, yo me moría de miedo pero ¡qué erotismo, Aurelio! Sé que una mujer no debiera decirte esto así tan directamente pero, digo, tú eres muy open máind y por eso sé que me entenderás: al leer la escena del lodo yo —imagínense a Berta, por favor, diciendo eso: mirada lasciva, contoneos, respiración alterada—, yo tuve un orgasmo. (Y Berta espera que yo la entienda y le responda tú tienes una gran sensibilidad y yo una gran alberca de lodo en mi casa, vamos Berta, no puedo esperar un minuto más: ¡bañémonos! —que no me oiga—. Podría ocurrir, porque la piscina abandonada del traspatio, con un poco de agua, sería el escenario ideal para la escenita del lodo. Pero si Bertita es fea, enlodada definitivamente daría miedo. Claro que si Melissa. Después de leer a Melissa, me consuela saber que hay gente literariamente mucho muy inferior a mí —a pesar de sus.)

Primer capítulo—
Hace unos meses recibí por enésima ocasión, una diplomática negativa de la editorial de. Les vale el nombre. Estimado maestro don Aurelio Vidal: recibimos la sinopsis y la copia del original de 447 cuartillas de su novela histórica —ya que se ha empeñado en calificarla así— “Roma”, y hemos caído en leerla. Sentimos mucho no poder publicársela, pero consideramos que, dado el prestigio que ostenta usted como maestro, es nuestro deber salvaguardar el honor de su grado académico no ofreciendo al público literario tan grande equivocación. Revise usted mismo, críticamente, sus originales y estará de acuerdo con nosotros. Sin embargo no se desaliente y blablablá. Podría objetar cada línea de esta pinche y anónima respuesta con más de un argumento —grité, mientras Bertita buscaba tranquilizarme. En circunstancias normales la habría rechazado como lo hago siempre, pero ahora necesitaba gritarle a alguien y ella se pintaba sola con tal de tenerme cerca—. De hecho —seguí gritando— esta pinche carta se la pueden meter por. Y, en eso, Melissa propuso sus dos más rotundos argumentos sobre una de las sillas de la mesa contigua. Por. Tengo argumentos rotundos —tragué saliva—. No supe de mí ni menos de Berta, que se habrá alejado luego, como suele cuando dejo de hacerle caso: con naturalidad fingida, aparentemente satisfecha, levemente frustrada y eliminando toda connotación de rechazo por parte mía, porque ella simplemente no soportaría enfrentarlo. Melissa me sonrió y esbozó una pregunta y, mucho antes de formularla, yo ya estaba junto a ella atento a sus demandas. ¿He dicho ya que Melissa Weber es, además de positivamente nalgona, bellísima? Y lo peor es que ella lo sabe y lo utiliza en su provecho. Es tonta, no cabe duda; pero además acentúa su estolidez con pequeñas sandeces fáciles de corregir —me pregunto si no lo hará adrede— que siempre motivan a seguirla corrigiendo. O también le da, a veces, por sentarse sobre alguna regla o lápiz, como descuidadamente, erguida hacia adelante —lo que produce una curiosa erección del lápiz o la regla contra la silla—, lamiendo, que no chupando, su tutsipop, apoyando todo el peso de la breve cintura en sus caderas, comiéndose el lápiz entre la raya de su pantalón como si aún no lo supiera, pero volteando divertida para ver si nosotros ya nos dimos cuenta de su travesura. O a veces se sienta en el escritorio, dándome su perfil voluble, cruzando lentamente la pierna y me pregunta con su tierna delgada voz sobremimada si su poema está bien, si su cuento también y yo apenas leo sus tonterías, le corrijo con amabilidad sus incoherencias y espero paciente su sonrisa.

Así fue hasta hoy, porque mi fracaso literario me decidió. Si no seré escritor, por lo menos pondré esas nalgas en mis manos, me dije. Y entonces tuve la ocurrencia: cambié un poco los hechos menos gratos: el rechazo editorial, la carta o mi depresión y le dije que justo había terminado mi novela y necesitaba celebrarlo con ella. Así. Directo. Seguro. Conciso. Como si poco importara el tema o fuera lo más frecuente en mí, le conté que ella había sido mi musa, y que el libro estaba dedicado a ella. Quizá fue lo rápido de mi planteamiento, el factor sorpresa, la convicción en mis palabras, su ignorancia o su ninfomanía reprimida, pero vi que brillaron sus ojos, que se acercó a mí y que me besó. Fue cerca de la boca y no duró más de dos segundos, pero fue sincero, húmedo, y fue de Melissa.

Aunque mi madre me regañó en cuanto regresé a casa, algo pasadas las tres de la madrugada, aunque supe que Berta lloró amargamente aquella tarde cuando supo que salí, aunque Melissa me resultó aburrida, aunque ella nunca lo notó dándome demasiados cariños y viviendo en la idea de ver su nombre inspirador en las páginas inaugurales de “Roma”. Aunque la cena fue barata porque no soy de dinero y ella me invitó luego el café, aunque fue la noche en que más cerca ha estado de mí. Aunque soñé con ella toda la semana siguiente y mi obsesión por sus nalgas es más intensa que nunca, no logré en ese lapso tener aquellas nalgas en mis manos.

A partir de entonces, y como se acostumbra en las historias convencionales de amores a oscuras, entre Melissa y yo surgió una especie de sórdida complicidad en donde parece decirse todo pero nada puede mencionarse, se entiende todo pero no se piensa en nada. Ella todo lo decía con sus nalgas: si estaba feliz, esperanzada, triste, reflexiva, locuaz, cariñosa o enojada. Yo lo decía todo entre líneas. Y así anduvimos durante tres o cuatro días.

Último capítulo—
Pensé entonces que el silencio ya había sido suficiente. Mientras calificaba los trabajos, en el suyo escribí un mensaje pidiéndole que nos viéramos. No pude seguir calificando por nerviosismo y pasé el resto de la noche dibujando nalgas. Llené como veinte hojas de block con nalgas en diferentes posturas y perspectivas, en tinta, lápiz, crayón. Bertita se encargó de encontrarlas en mi portafolios al día siguiente. Como según ella ya me había perdonado mi desliz de hace unos días —y como no supo o simuló no saber que Melissa era la susodicha—, miró, remiró y acomodó en la mesa mis garabatos, para verlos todos juntos. ¡Son puras nalgas!, dictaminó audible. Yo procuré mirar para otro lado, fingir demencia y todo eso. Más de una persona estiró la vista para admirar las nalgas, como si Melissa las mostrara. El más insistente fue Ramiro, historiador del arte, que de plano se sentó, tomó y estudió uno por uno mis dibujos con miopía para sentenciar: ¿Melissa?

Dicen que el que calla otorga, guardé los dibujos, pedí permiso, y me fui.
Melissa recibió mi recado en silencio. Lo leyó sin mirarme mientras yo entregaba los trabajos con estudiada frialdad al resto de mis alumnos. Creí que lo guardó porque la imaginé discreta. Me equivoqué. Cuando ni ella ni su amiga, ni su otra amiga, ni su amigo, ni los demás pudieron contener la risa, supe que Melissa misma se encargó de mostrárselo a todos. Como cualquier profesor que descubre el acordeón en un examen, caminé en dirección del tumulto, recogí el papel y, procurando que Melissa me viera —y me vio, la muy cínica—, lo guardé en el portafolios. Al final de la clase, o ella tardó en salir, o todos los demás se fueron muy a prisa, pero quedamos solos. Se agachó —intencionalmente, puedo jurarlo— para guardar sus cosas, exponiendo sus divinas nalgas a mi consideración. Levantó su bolsa y pasó retadoramente cerca de mí. La detuve. Sin decirle nada, cerré la puerta del salón, saqué los dibujos, y se los fui enseñando uno por uno, nalga por nalga. Eres mi musa, Melissa, lo siento. Hay sonrisas inolvidables por encantadoras; la que Melissa sugirió con mis dibujos fue inolvidablemente ambigua. Ahí había decepción, alabanza, odio, alegría, estupidez, tristeza, ira, belleza. Me regresó los dibujos, me musitó las gracias, titubeó y caminó hacia la puerta apretando el trasero. Me gustan tus nalgas Melissa, quédate: no podría vivir sin ellas. Melissa, entonces, se detuvo de golpe. Por favor quédate, eres lo más hermoso que he conocido. No sé si por el miedo o para facilitarme las cosas, Melissa dejó caer su bolso y su chamarra. Eres más intensa que un verso de Sabines, más erótica que el Cantar de los Cantares, más salvaje que la Consagración de la Primavera, más clásica que la Venus de Milo, más bella que todas, Melissa, Dios moldeó tus nalgas a mano, por favor, no te vayas: las necesi. Te necesito. Ahí estaba Melissa. Inmóvil. Con el culo bien firme y un nudo en la garganta. Me le acerqué, la tomé de la cintura y comencé a besarle el sudor frío del cuello, apretando mi pantalón contra sus nalgas; respirando frenéticamente. Vámonos de aquí, a un hotel o algo, ya no puedo, tus, tus. Era una niñita abandonada, y yo le golpeaba sus nalgas duras con mi verga dura bajo el pantalón. Le tapé la boca cuando quiso gritar y, entonces. Entonces. Entonces. Entonces sentí su lengua mojada y viva lamerme los dedos en círculo, muy lentamente. Sentí su mano rencorosa agarrarme la verga. Sentí su saliva tibia en la palma de mi mano. Sentí miedo y algo más obsceno que el vértigo que recorrió mi espinazo; y flaquearon mis piernas cuando entendí que ella bajaba mi bragueta.

Eyaculé.

Y me mordió la mano. Me pisó. Me pateó. Me rasguñó. Me picó un ojo. Y corrió. Ya a distancia, en el anonimato del pasillo, comenzó a llorar y a gritar —y gritaba me viola, me viola. Fingía; pero parecía niña abandonada en un supermercado.

Epílogo—
Cosas de esta vida-comedia-de-errores. Después de ser condenado a no volver a trabajar como profesor, me enteré que el papá de Melissa era dueño de la importante empresa editorial, cuyo nombre a ustedes les vale pero pueden averiguar, y que le había publicado una novela titulada “Roma” que, sabemos, Melissa nunca escribió. Lo demás ya es historia que todo mundo conoce: Melissa Weber, con “Roma”, ganó un premio nacional de novela light joven, mucho sobado prestigio, respeto y consideración, incluyendo la filmación de la película en donde la famosísima secuencia del lodo se volvió lugar común en toda discusión snob que se precie de serlo. Estoy obligado a no quejarme si quiero entrar limpio de pecado al reino de la gracia del señor Weber y de la pompa y circunstancia de su hija que me obliga, desde entonces, con ese su habitual involuntario chantaje de glúteos, a ser su paje pirulí escribiendo, sin cesar, cuentos y melodramas que serán firmados por ella hasta que mi impaciencia derrote mi obsesión y decida marcharme bajo la pena máxima de perder la posibilidad de ver sus nalgas —la esperanza es lo último que muere.

Por eso despierto delirando: algún día tendré esas nalgas en mis manos, algún día, lo juro, aunque estén en formol.

(México DF —1994)

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