La vida de la mente
Abril 4th, 2008 by Felipe
Es posible que quede alguna copia por ahí; no sé en dónde y no quiero averiguarlo. Duraba veintitantos minutos y se llamaba Máscaras sagradas. Era 1993. Yo quería ser cineasta. O rockero. Ambas cosas. Acababa de ver Barton Fink, de los hermanos Coen. Todavía me emociona la escena donde John Goodman corre por los pasillos del hotel disparando una escopeta que le queda pequeña en las manos. «I’ll show you the life of the mind!… —dice y dispara, ¡pum!— I’ll show you the life of the mind!» El hotel se incendia a su paso.
Máscaras sagradas nada tenía que ver con eso, salvo porque estaba llena de detalles caprichosos y obsesivos: me empeñé en que tanto las cortinas, como el tapiz del sofá, como el vestido de la chica linda de la historia, fueran de la misma tela floreada. O que sin motivo alguno apareciera en varias escenas un tipo con máscara de Blue Demon. O en montar una pastorela con todo y Diablo, angelita y Jesucristo… (en seguida, el Diablo y la angelita cogían ante las carcajadas del Jesucristo con todo y corona de espinas encima).
La historia, como la recuerdo, iba más o menos así: el cantante de una banda de rock conoce a una chica que resulta ser testigo de Jehová. Se enamora de ella, pero el asunto es absurdo porque ella intenta convertirlo a su religión, es virgen y tiene culpas y la Biblia dice que. Al final, creo que los dos cogían o al menos lo intentaban, y ella se iba para siempre, el tipo se deprimía mucho y, para ser rigurosamente fiel al género del cortometraje universitario, intentaba suicidarse. Esto lo hacía tras declarar para sí mismo: «Ya he vivido todo lo que puede vivirse… todo lo que puede vivirse.»
Me gasté todos mis ahorros grabándola y luego editándola. Me gané enemigos por empecinarme en conseguir las cosas tal como las quería. Abusé de la confianza de la gente que amablemente me prestaba su casa como locación, y de la instalación electrica de esas viviendas. Al final terminé editando en la oficina de mi jefe. Curiosamente me acompañaron en esto la actriz y el actor, que se tiraban la onda (yo, que estaba secretamente enamorado de la actriz, padecía las miradas cursis que se lanzaban el uno al otro). Todas las demás personas que estuvieron en las grabaciones huyeron.
Lo terminé justo para enviarlo a un concurso de mediometrajes en video. No gané. Ni siquiera quedé de finalista.
Cuando todo pasó, me recuerdo estar bajo la lluvia, parado en un puente peatonal sobre el Periférico, repitiendo la frase «…todo lo que puede vivirse…» y mirando pasar los automóviles abajo. A toda velocidad.
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