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Pseudo blog pseudo literario y pseudo filosófico (favor de no escupir la pantalla al decir “pseudo”)

 
••••••••••••••••••••••••••••••••• MI ANTIGUO NICK ERA “OXIDENTE”, PERO ERA ÑOÑÍSIMO

Archive for Mayo 1st, 2008

Fake plastic girl

Mayo 1st, 2008 by Felipe

Ella estaba muy orgullosa de poder demostrar sus sentimientos. Se sentía única en su especie. Reía, por ejemplo. Luego lloraba. Se enojaba. Se excitaba. Me amaba con desmesura. Dos horas después me odiaba, me despreciaba. Al día siguiente me amaba de nuevo, como si nada hubiera pasado. Nunca su emotividad fue estable. Al principio me fascinaba, luego empezó a aburrirme. Debo confesar que yo le tenía prejucio. Creí que sería tonta. Que sus motivaciones serían simples. Que su manera de amar sería mecánica, predecible. Me equivoqué. Resultó tan endemoniadamente compleja como una de verdad. No sé qué algoritmo la dominaba. La había elegido pelirroja, delgada, bonita. Di el número de mi tarjeta y luego esperé, arrepentido de haber desembolsado tanto. Tres semanas después llegó la caja. Dentro, un armazón de metal, plástico y hule y, en una bolsa, la piel y la peluca que iban a cubrirla. Pasé un día embonando las piezas. Le puse los ojos negros. Le coloqué la piel y la miré apagada. Me gustaba. Me gustaba mucho. Oprimí sus senos y se sentían verdaderos. Suspiré. La dejé recargando baterías toda la noche. Al amanecer me despertó con un beso y un saludo en japonés; tardé toda la mañana en reprogramarle el idioma. Me preguntó sobre qué me gustaría conversar, ella dominaba todos los temas. Yo le dije que por ahora sólo quería cogérmela salvajemente. Terminé de decirlo y me arrojó al piso, me rompió los pantalones y se montó encima de mí. Después no me acuerdo de mucho. Creo que grité, que se me fue el aliento varias veces. De algo estoy seguro: su peso, la temperatura y el tacto de su piel, la sudoración, la respiración, los jadeos y el sabor de sus labios eran hiperrealistas.

—No paré de venirme —me dijo—. Eres un dios, papi.

No le creí. Tampoco pasaron muchos días para que yo estuviera perdidamente enamorado de ella. Imaginé mi futuro envejeciendo a su lado. Una noche me atreví a decirle:

—Eres la —dudé en usar la palabra— mujer que siempre soñé.
—¿Sí? —sonrió—. Como quieras.

Nos alumbraba la lamparita del pasillo. Ella estaba recargada en un hombro. Me miraba a los ojos, pasaba su índice por mis labios. Luego cambió de ánimo. Resopló y me dijo:

—No me ha bajado.

Creí escuchar mal. Volvió a decírmelo.

—¿No me oíste? No me ha bajado.
—Pero a ti no te baja.
—Es lo que te estoy diciendo: no me ha bajado. ¿Qué no me entiendes? ¿Eres tonto? —y ya estaba enojada.

A las tres semanas de vaivenes emocionales (le bajó a los dos días, yo no podía creerlo), llamé a los fabricantes. Larga distancia a Okinawa. Aquí era de madrugada; allá eran horas laborales. Intenté hacer entender en mi pobre inglés el problema. El inglés de mi interlocutor era peor que el mío. Entonces sentí su aliento detrás.

—¿A quién le hablas, amor? —su voz sintética.

Tuve que colgar. No quiero hacer la historia larga. Ella empezó a ponerse paranoica. Comenzó a celarme, a decirme que sólo quería devolverla. La relación se enfrió. Ella estaba malhumorada todo el tiempo. Dejamos de tener sexo, de sostener esas largas conversaciones sobre cine, etimologías, psicología. Un día, enfurecida porque según ella ya no le hacía caso, empezó a ofenderme con el peor insulto que conocía:

—¡Eres como un robot! ¡No tienes sentimientos, no eres capaz de entender lo que me pasa! No, no, eres peor que un robot… ¡Cómo puedes ser tan insensible!

Por un segundo me hizo dudar: quizá tenía razón y era a mí a quien habían implantado los recuerdos. Esas cosas mejor las bloqueo. Al día siguiente volvimos a discutir durante el desayuno. Yo salí a trabajar y al volver ella ya se había ido de casa. La extraño un poco, pero menos de lo que pensé. Sobre todo siento su ausencia cada mes, cuando me aparece el cargo en la tarjeta de crédito.

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