El triciclo y el charco
Mayo 3rd, 2008 by Felipe
Había un pequeño charco en el parque. Agua lodosa, oscura. El triciclo necesitaba pasar por ahí. No una vez, sino decenas de veces: pasar por el charco era más interesante que cruzar por encima de los puentes de piedra, o subirse a los juegos. El chiste era mojar las ruedas, el chapaleo, sentir en los pedales el cambio de textura, pasar por encima del fango y no mojarse. No sé, no le pregunté y, si lo hubiera hecho, la respuesta hubiera sido incomprensible o tautológica: pasé por el charco porque había un charco. Las ruedas del triciclo dibujaban el camino de ida y de vuelta, antes de que el calor del sol las evaporara. Yo lo miraba de lejos. Él me decía:
—¡Mira, papá!
Y daba la vuelta y volvía a pasar. El lodo, el agua, el plash plash. Y otra vez. Y otra.
Cuando tenga edad y tamaño para pedalear una bici volverá a hacerlo, en charcos cada vez más grandes. Esa manía humana de meternos en la mugre y pretender salir ilesos.
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