El hombre-botarga
Mayo 14th, 2008 by Felipe
Él no es un hombre metido en una botarga. Él es una botarga. La diferencia entre lo primero y lo segundo no es nada sutil.
El primero termina su jornada laboral —en la que básicamente movió las manos, saludó niños pequeños y se balanceó dando saltitos—, se quita su disfraz y se va a casa. El segundo no puede hacer eso porque no es un disfraz; él es una botarga.
El día que el primero fue rodeado por unos adolescentes que corrieron a toda velocidad contra él para derribarlo y volverlo a derribar, fue el peor de su vida; pero aún cuando le sacaron el aire del estómago y no podía respirar, tenía una esperanza: lo trataban así por culpa del disfraz; si se quitara ese disfraz volvería ser el hombre de siempre. Cuando eso le sucedió al segundo, fue hace muchos años y apenas era un niño: los chicos de la escuela lo rodearon y lo derribaron. Por años lo siguieron haciendo. El niño-botarga no pudo sino maldecir el día en que nació botarga, de mami-botarga y papi-botarga. Eso lo recuerda ahora el hombre-botarga con tristeza, pellizcando su piel de fieltro.
El hombre metido en una botarga está enamorado de la cajera, una chiquilla con brackets que hace la tarea cuando no llegan clientes. El hombre metido en una botarga sufre porque cuando termina el turno, a las seis en punto de la tarde, viene el novio de la cajera y ella se pone feliz y se la lleva. Él la sigue hasta que dan vuelta en la esquina y siente una punzada en el abdomen.
El auténtico hombre-botarga, en cambio, no sufre de esas cosas. Su vida es más simple, sólo tiene una motivación: vender una marca de pasta dental. La misma marca que lleva en su redonda panza desde niño. Si un cliente llega y compra esa pasta de dientes, él se pone feliz y brinca y saluda al cliente con la mano, y lo mira desaparecer al dar la vuelta en la esquina. Entonces se siente completo, realizado.
This entry was posted on Miercoles, Mayo 14th, 2008 at 12:39 pm and is filed under Teatralidad. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0 feed. You can leave a response, or trackback from your own site.

Mayo 14th, 2008 at 1:38 pm
No pude evitarlo y pensé en el Dr. Simi…
…Y reí y reí y reí y sigo riendo…
Mayo 14th, 2008 at 3:11 pm
que triste historia…no puedo parar de llorar, el típico perdedor enamorado de la chica de enfrente…que triste, snif
Mayo 14th, 2008 at 3:19 pm
pues*es*triste*pero*como*que*algo*le*falto*pobre*hombre*botarga*suerte*saludos*un*beso*en*la*mejilla*y*sorry*la*barra*espaciadora*se*estropeo*
Mayo 14th, 2008 at 5:10 pm
Cuantas ocasiones en nuestra vida nos hemos divertido, sin darnos cuenta, que en algún momento -aun sin llevarla puesta- también hemos sido el hombre botarga
Mayo 15th, 2008 at 5:55 am
¿Por qué sentir compasión por el hombre-botarga si el no sufre?, siento más pena por la cajerita de los brackets, dicen que no dejan comer bien.
Mayo 15th, 2008 at 4:24 pm
aunque el segundo sea más feliz, preferiria ser el primero, el del disraz, el enamorado y no correspondido… al menos su vida tiene más altibajos, más emociones, más historias.
botargas al fin y al cabo.
eso sí, si pudiera elegir ser una, sin pensarlo pensaría ser el Pepe Potro, la mascota del Atlante.
saludos!
Mayo 15th, 2008 at 8:36 pm
Esto sonará estúpido y de verdad como si fuera una broma. Lo peor es que no lo es. Me intriga el Doctor Simi… ¡hasta tengo fotos de él! Para mí, ya es parte del flolklore mexicano. Neto, cuando vino un amigo extranjero por tierras michoacanas (en Pátzcuaro, cómo olvidarlo) insistí tanto que viera al mono ese bailando que terminó compartiendo mi fascinación y hasta se tomó una foto con él…
¡¿habré sido la señora de Simi en otra vida?!…
Mayo 17th, 2008 at 12:47 pm
Este post me recuerda un cuento de Xavier Velasco que se llama “El origen de los hospicios”.
Lo bueno es que el hombre metido en la botarga está enamorado.
Saluditos.