El proyector
Mayo 19th, 2008 by Felipe
En el escenario de Bellas Artes, con el diploma en la mano, las luces en la cara, los aplausos que no iban directamente hacia mí —pero alguno se escabullía y me pegaba—, me sentí extraño.
Creo que Chejov proponía un cuento en el que un hombre va a un casino, apuesta toda su fortuna, gana. Sube de regreso a su cuarto de hotel y se ahorca.
No me sentí extraño a ese grado, pero tampoco tenía la euforia que podría esperarse. Es la segunda vez en tres años que sostenía en mis manos el Nacional de Periodismo. No la estatuilla, no el dinero: esos son para los reporteros. Pero sí el diploma, tan presumible en el currículum. Fue sólo ese instante: luego vino el brindis y me olvidé de los pensamientos sombríos.
Al día siguiente, una joven particularmente intensa me preguntaba qué quería lograr en la vida. «Ser buen papá», le dije. No me creyó. Supongo que lo creyó retórico.
—Soy una gran proyección —le dije el otro día a mi psicóloga—. Premios por aquí y por allá, una revista conocida, un blog, tele, radio, clases en la universidad, cursos, novelas… Pero entras a mi casa y sientes el contraste: no tengo muebles en la sala, mi cama es un colchón en el suelo, si te acercas al librero y ves los títulos de los libros y los CDs, te va a resultar una selección sumamente extraña… y lo es: son los libros y CDs que sobrevivieron al divorcio. Tengo un estéreo que nunca he encendido. Todo está puesto sobre alfileres.
—Tienes que equilibrar las cosas de tu vida —me dijo—. Ten más amigos, date más placeres —ella cobra por decir obviedades; en todo caso le di la razón.
La película es interesante, pero la sala está vacía.
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