(por definir)

Pseudo blog pseudo literario y pseudo filosófico (favor de no escupir la pantalla al decir “pseudo”)

 
••••••••••••••••••••••••••••••••• MI ANTIGUO NICK ERA “OXIDENTE”, PERO ERA ÑOÑÍSIMO

Archive for the 'Confesiones' Category

Sobre los gustos musicales

Julio 23rd, 2008 by Felipe

Ni modo, sé que mi ya casi nula reputación quedará sepultada definitivamente, pero tengo que confesarlo antes de que se me vuelva karma:

  • Hasta mis tardíos quince años yo escuchaba a Daniela Romo y pensaba que Laureano Brizuela era en verdad el Ángel del Rock.
  • Hasta ese momento de mi vida no era capaz de distinguir entre las composiciones de Mario Pintor y una sinfonía de Beethoven (salvo, claro está, el hecho obvio de que las canciones del primero tenían letra y no duraban más de tres minutos).
  • Me gustaba Ray Conniff.
  • Hacía las tareas escolares sintonizando Stereo 97.7.
  • Pensaba que los rockeros tenían una relación cercana con Satanás (yo era fanáticamente católico).
  • Sostenía que la música rock surgía en el momento en que alguien le metía una batería más o menos potente a lo que fuera. Por eso Hooked on Classics era un disco de rock.
  • Creía que Pink Floyd era una banda de heavy metal.
  • El jazz era esa música desordenada que en Jazz FM era interrumpida por la voz del locutor para decir quién hacía ese ruido.
  • Consideraba que ser director de orquesta era algo relativamente fácil debido a que sólo hacía falta mover la varita marcando el ritmo.
  • Pensaba que los rockeros tenían que tener el pelo largo necesariamente, de la misma manera que los militares debían llevar uniforme.
  • La música afroantillana era de nacos. Nadie podía descubrirte oyéndola.
  • Si tocabas los discos al revés, realmente se oían misas negras.

Category: Confesiones | 5 Comments »

Del método para fabricar el amor, parte III

Junio 30th, 2008 by Felipe

Muchos años después, cuando redactaba mi primera novela, consideré que, como el método había probado su éxito, debía estar de alguna manera en ese texto. No tenía nada que ver con la historia (dos músicos que sin conocerse y en distintos lugares del planeta componen al mismo tiempo la misma obra musical), pero logré —con dificultad, debo decirlo— que uno de los personajes lo desarrollara para seducir a su alumna de piano.

La parte teórica de ese método está enunciada en ocho principios o axiomas. Llevarla a la práctica es otro cuento.

1. La gente nunca sabe lo que quiere; y no sabe que no sabe.
2. La gente sólo ve lo que quiere ver.
3. A todo el mundo hay que sobarle el ego: el ego propio es algo que la gente ve como le conviene verlo.
4. A toda la gente le gusta presumir que es muy coherente y le cuesta mucho trabajo saber que no lo es.
5. Si hay que decidir algo de prisa, la decisión siempre será emocional, no racional.
6. Todo ser humano busca un futuro promisorio.
7. Todo ser humano está dispuesto a creer en absolutos.
8. El futuro promisorio y los absolutos son retórica pura.

Quien sea lo suficientemente cínico como para actuar bajo estos preceptos verá florecer el amor ante sus ojos.

—Son todos —dice Julio Gris, el personaje de mi novela, tras exponer los axiomas—. Apréndetelos. Una vez que lo hagas y los apliques, lo demás es cuestión de sacar tus conclusiones y darte un tiro, o coger con cuantas mujeres u hombres quieras.

Ah, el ser humano. De haber sabido que todo era tan fácil. Mi mesera tenía un novio, o algo por el estilo. ¿Funcionaría mi método incluso bajo esas circunstancias adversas? Tenía que intentarlo…

Category: Confesiones, Netas del planeta | 4 Comments »

Del método para fabricar el amor, parte II

Junio 28th, 2008 by Felipe

A los 14 años uno se enamora de la niña con brackets de 13 y ambos encuentran la manera de besarse. A los 24 no me parecía tan sencillo besar por vez primera. Lo que en la adolescencia era un acto más o menos intuitivo, una respuesta a impulsos animales, impulsos químicos (que yo nunca tuve, o si los tuve no supe encauzarlos), diez años después, en la mente de alguien pobremente expuesto al contacto humano (como yo), el sencillo acto de mirar a los ojos, mirar a los labios y acercarse, representaba demasiados cálculos, tantos que el acto era prácticamente imposible.

—Aquí se supone que debería de besarte —le dije en algún momento de nuestra caminata—. Pero no me atrevo.

Ella me miró, no sé si con ternura o lástima, pero no dijo nada. Se hacía de noche. 1996 fue el primer año en que hubo horario de verano en la ciudad, así que las tardes nos parecían asombrosamente largas. Ella sonrió pero no hizo nada más. Tampoco soltó mi mano. Sus manos eran tan pequeñas.

Esa noche, en casa, en la computadora, ya estaba yo elaborando el método. Llenaba páginas y páginas con observaciones sobre su comportamiento, sus miedos, sus manías, sus demostraciones de fascinación ante algo. Si la lógica me asistía, el amor podría inocularse en ella como un virus y ella sería, no yo, quien tomara la iniciativa. Con ello yo evitaría el complicado movimiento de la mirada a ojos, a labios y el acercamiento.

Aprendí, por ejemplo, que en su irracionalidad, el amor surge en presencia de lo arquetípico. En condiciones normales, los hombres nos enamoramos de nuestra figura materna y las mujeres de la figura paterna. Es una cuestión de carencias en el espíritu, de suplir los vacíos no resueltos. Se trataba de convertirme para ella en un arquetipo. En mi estado febril, supuse que podría lograrlo. Decidí, para ello, valerme de la escritura. Mis textos serían decretos de una realidad que se trastocaría por medio de las palabras. De mis palabras. Cada texto sería un hechizo. Mi método científico había derivado en el pensamiento mágico. Así sea.

Category: Confesiones | 10 Comments »

Del método para fabricar el amor, parte I

Junio 25th, 2008 by Felipe

Ocurrió en 1996. En el mes de junio. Ya son 12 años. La mesera tenía la piel demasiado blanca y el cabello negro, era pequeña, delgada y, cuando sonreía, uno podía creer en el futuro. Ese restaurante ya no existe. Yo necesitaba que ella se enamorara de mí. Lo necesitaba con urgencia, por razones médicas: mi cerebro flotaba por encima de mi cráneo, mis pulmones se olvidaban de inhalar, el estómago sobretrabajaba. Un caso crítico, desahuciado. Había un problema: yo tenía 24 años y hasta ese momento no había besado a nadie. Suena insólito. Lo es. A ciertas personas les ocurren cosas comunes, besos, romances, sexo. No a mí. Sólo podía inferir, desear. Imaginar cómo sería besar a la mesera. La había invitado a salir. Había aceptado. Yo quería parecer normal, así que me inventaba un pasado inexistente, un par de novias que nunca tuve, relaciones de una sola noche. La tarde del 21 de junio de 1996 fue la más feliz de mi vida hasta ese momento. No sucedió nada, pero la tomé de la mano y caminamos así, por las callecitas de Polanco. Ella tenía las uñas de los pies pintadas de rojo. A veces, todavía, reconozco su perfume.

Al volver a mi casa, me di cuenta de la tragedia: vivir el día más feliz en la vida condena a los días venideros a fracasar en la comparación. Le da un parámetro a la felicidad, la matiza. Era esa una razón más para hacer que se enamorara de mí.

Mi mente era científica, no entendía las señales sutiles, ni de atracción ni de rechazo. Estaba incapacitado para reaccionar naturalmente. Si yo quería enamorar a la mesera, tenía que obrar con mis propias herramientas: el método científico.

Entonces me puse a analizarla… y desarrollé una técnica para fabricar el amor. Ahora era sólo cuestión de ponerla en marcha.

Category: Confesiones | 8 Comments »

Los cambios diminutos

Junio 24th, 2008 by Felipe

Ahí estaba el estéreo sobre la chimenea. Con su diseño de robot japonés, como un pequeño ídolo futurista. Un Kenwood. Al encenderlo, se prenden foquitos de colores que dan vueltas. Cuando me lo regaló —junto con la tele, los buroes y los colchones— Aníbal me dijo que funcionaba de contentillo: a veces encendía y a veces no. Un poco para evitar tener un altercado con un aparato electrónico, el día que me mudé dejé el Kenwood en ese sitio y nunca volví a tocarlo. Pero había otra razón más profunda: yo pedía silencio. No imaginaba poner música en mi nuevo departamento. Me saturaría. Necesitaba pensar, más que embelesarme. Me permitía oír música en el auto, en la oficina, en cualquier lugar menos en mi casa. Ahí, silencio.

(Durante el tiempo que tuve roomie brasileña, ella usó el estéreo. Lo sé porque una vez me pidió ayuda: no podía sacar un CD del carrusel.)

Al paso del tiempo, sin embargo, se alteran las circunstancias, van mudando las costumbres y, sobre todo, cambian las motivaciones.

El sábado salí de mi curso y de camino entré en Sala Margolín que está a la vuelta de mi casa. Compré tres CDs. Uno doble de las obras completas para piano solo de Ravel, el de la suite The Planets de Holst dirigido por Karajan, y los conciertos para piano y para violín de Bartók. Los primeros CDs que compro para mí desde que me separé.

Llegué a mi departamento a disolver el silencio (el pequeño ídolo futurista, quizá aburrido por meses de inmovilidad, encendió sin problema alguno). A nivel físico se trata de un cambio sutil, que apenas altera la vibración del aire, pero involucra muchas otras cosas. Estoy unos milímetros, o unos kilómetros, o años luz, más lejos ahora de mi punto de partida.

Category: Confesiones | 2 Comments »

Atletismo

Junio 18th, 2008 by Felipe

Cuesta trabajo creerlo, pero llevo varias semanas saliendo a correr por las madrugadas. El primer día escupí la mitad de mis pulmones y algo que parecía el páncreas después de darle dos vueltas al parquecito. Si digo parquecito lo es: según mis cálculos hechos a pata, tiene apenas 200 metros de perímetro. Es decir, había corrido 400 metros nomás. Pero fui mejorando. A las dos semanas ya corría un kilómetro completo, con un fuerte riesgo de sufrir un infarto cardiaco o un derrame cerebral o un derrame de lo que fuera. Pero lo lograba. Me sentía un hombre atlético y exitoso. Fue entonces que me empezaron a doler las piernas. Específicamente las espinillas. La sensación me recordaba claramente al dolor que queda después de recibir una sesión de batazos en esa área. El resto del día caminaba como doctor Chapatín y, si había escaleras, tenía que subirlas o bajarlas arrastrándome con los brazos. Al terminar quedaba tirado en el piso y la gente me arrojaba monedas al pasar. Con ese dinero pude comprarme unos tenis de esos para correr que tienen suela de aire, cubierta reflejante y buena conversación. Quise creer que eso solucionaría mis problemas. Error: el dolor fue más intenso aún, equivalente a recibir esa misma sesión de batazos en las espinillas antes de ser serruchadas. Dejé de correr una semana completa. Todos esos días me desplacé como paralítico. Finalmente el dolor cedió y mi tesón se impuso. El lunes, antier, corrí un kilómetro y medio. Cambié mi técnica en la pisada. Mejoré mi tiempo. Terminé poco cansado, con aire suficiente en mis pulmones y lo mejor de todo: sin dolor. Hoy al amanecer volví a repetir la hazaña: kilómetro y medio, sin dolor en las pantorrillas… pero hubo un incidente. Tras correr 600 metros, me torcí el tobillo. El dolor me obligó a sentarme. Sólo unos segundos, me di un masajito y seguí corriendo. Completé la distancia que me había propuesto y caminé de regreso a mi casa. Me olvidé del dolor de tobillo… hasta ahora.

Ouuuch.

¡Tengo el pie chueco! Me duele como si me hubieran quitado el pie y me lo hubieran vuelto a pegar mal. Rayos. Rayos. Rayos.

Ya sé, no es el mejor post para celebrar el aniversario de este pseudo-blog, pero al menos tenía la esperanza de que escribir sobre el asunto tuviera un efecto analgésico. En lo más mínimo. Ouch.

Category: Confesiones | 14 Comments »

Mitomanía

Junio 9th, 2008 by Felipe

Fui mitómano. No es aquí espacio para desarrollar esa etapa de mi vida. Lo cierto es que llegué a obsesionarme con la verdad, que me parecía tan inaprensible.

Llegué a formular frases que en su momento me parecieron definitorias: «Nadie miente; es que no existe la verdad.» «Únicamente cuando parece mentira, la verdad vale la pena.» «El arte de la mentira es el origen de todo el Arte; al menos desde mi mentirosa perspectiva.» «La mentira es lo único que me permite comprenderme.»

En cierto modo así era. Una complejo sistema de ocultamientos que al final se fueron trenzando alrededor de mi cuello —y el de mi familia— hasta que mis propias mentiras me —nos— asfixiaron.

Y terminaron por desbaratarlo todo.

Hoy soy un mitómano en rehabilitación. Quiero pensar que llevo meses sin decir una mentira, aunque es posible que haya callado ciertas verdades —y eso, cuando es deliberado, es mentir.

En este blog he mentido varias veces, pero no me importa: es pseudo-literatura antes que un confesionario (aunque a veces parezca lo contrario). Pero admito que mi vida se parece bastante a lo que aquí escribo, o al menos mi vida como la pienso.

No sé por qué estoy diciendo esto. Tal vez me parezca al que dice: yo siempre miento —si lo que acaba de decir es verdad, no siempre miente, por lo tanto es mentira que diga que siempre miente, pero como incluso aquí miente, entonces dice la verdad.

No me crean.

Category: Confesiones | 9 Comments »

Aeropuerto 2008

Mayo 26th, 2008 by Felipe

Había dormido poco y mal. El vuelo salía a las 6.30 de la mañana y yo debía estar tres horas antes. Quito era sólo neblina y lluvia helada que se pegaba a la ropa. En la fila de Avianca un empleado de piel grisácea avisó con parsimonia que el vuelo de anoche nunca había partido de Bogotá, por lo tanto no habría avión para llevarnos de regreso hasta las 9.00 am.

—Oiga —yo hacía inútiles cálculos mentales—. Mi conexión a la Ciudad de México sale de Bogotá a las 9.30…

Eso pareció darle gusto. Por un instante el gris de su piel recobró tonalidad humana.

—Los que van a México tendrán que quedarse aquí hasta mañana —sonrió.
—¡Hasta mañana! —casi grité—. ¿En qué hotel van a ponernos?
—Es un problema meteorológico, por lo tanto no es imputable a la aerolínea, por lo tanto no podemos hacernos cargo de su hospedaje ni de sus gastos…
—¿Eh?
—Por lo tanto, lo siento —lo disimulaba mal: él no lo sentía en absoluto.

No imaginaba pasar otro día más entre la neblina quiteña. No imaginaba pasar el día y la noche en el aeropuerto. No imaginaba pedir asilo a mis anfitriones. No imaginaba perder un día de oficina. No imaginaba explicarle mi ausencia a mi jefe. Sobre todo: no imaginaba que ese domingo no pudiera ver a mi hijo sólo por estar a 3,131 kilómetros de distancia. Mi padre siempre me había dicho: «Que no se te cierre el mundo.» En el mostrador de junto, Copa Airlanes, se registraban los pasajeros de otro vuelo hacia Panamá. Ahí podría hacer conexión con otro vuelo hacia la Ciudad de México. Expuse mi caso a la señorita y no me dio esperanza:

—El vuelo viene lleno, pero puede formarse, tal vez alguien cancele.

Me formé, llené los formularios, llegué al mostrador. Volví a explicar mi caso.

—Sólo hay lugar en clase ejecutiva.
—¿Y cuánto es ?

Me dijo la cantidad. Sentí ese mismo dolor injusto que uno experimenta al revisar los vouchers que uno firmó borracho la noche anterior en el tabledance. Sólo que aquí no hubo una sola chica topless, sino una señora en uniforme y pelo restirado que me decía una difusa cantidad en dólares. Demonios. El mundo no se me puede cerrar. Pedí que lo cargara a mi tarjeta.

Detesto viajar.

Category: Confesiones | 8 Comments »

Passwords

Mayo 12th, 2008 by Felipe

Siempre se me olvidan.

Lo peor es cuando me piden la pregunta secreta… por supuesto tampoco me sé la mugre respuesta secreta.

Así he perdido cuentas de correo, bancarias, páginas porno, blogs, messengers, amistades, myspaces…

Por ejemplo, no me sé el password de este blog: entro en automático desde mi máquina. El día que la pierda o se descomponga… adiós blog.

O hasta que un hacker decida suplantarme… pero lo van a descubrir por su mala ortografía.

Category: Confesiones | 12 Comments »

Dromomanía

Abril 28th, 2008 by Felipe

Soy mal viajero. No entiendo la ansiedad que mucha gente tiene por desplazarse. Llenar el mapamundi de alfileres que digan: yo estuve aquí. Hacer maletas me enferma. El viaje más definitivo de mi vida, con maletas, fue sólo diez calles de distancia de mi casa. Hacer fila en el aeropuerto. Ser tratado como producto en serie. Empaquetarme en un avión (los que han estado en primera clase dicen tener otra experiencia al respecto; aunque también al final se quejen). Llegar a una ciudad desconocida, buscar un hotel. Todas esas cosas que los viajeros desesperados aman, a mí me llenan de tedio. Casi todos mis viajes han sido de trabajo: para entrevistar estrellas de cine o de rock, gente de la realeza, empresarios. Si yo planeo mi gran travesía, termino en una playa perfectamente urbanizada y sin incomodidades. No tomo fotos nunca. Si algo se me queda será en la mente, que suele desdibujar los recuerdos, mezclarlos con otro itinerario, amarrarlos a una canción en específico. Quizá escriba un poco estando fuera. Cuando regreso y leo mi bitácora me doy cuenta: lo que más me impresiona sigue siendo mirar por la ventanilla del avión ciudades diminutas o cordilleras de maqueta. No me emociona en nada ir a ver los museos o los monumentos, o hacer el peregrinaje de la vida nocturna. Lo más frecuente que me ocurre es perderme en una calle industrial, o en un fraccionamiento en donde el mayor interés turístico es un negocio abandonado de autos usados. No creo que el desplazamiento en el espacio conduzca necesariamente al desplazamiento mental. Creo más en el poder viajero de una conversación, de un libro, de una película, de una ruptura.

Por eso cuando me dicen: «A mí me encanta viajar», empiezo a mirar hacia otra parte.

Sin embargo, lo entiendo: los viajes al menos tienen la facultad de darle a las pequeñas iniciaciones existenciales de cada día, un entorno exótico, una locación más memorable que decir: eso me pasó en mi recámara. (Y pienso que tal vez sea en las habitaciones en donde he vivido donde han pasado las cosas más dislocadoras de los últimos meses.)

Sin embargo, lo entiendo: yo mismo he tenido viajes que se quedan, que no se van, por más que uno regrese a la vida de siempre.

Category: Confesiones | 17 Comments »

¿Esto me está pasando a mí?

Abril 25th, 2008 by Felipe

La cantina a reventar, gente de pie, y una guapa morena, ojos grandes, me abordó apenada:

—Perdona, ¿tú eres Felipe?

Le dije que sí y su sonrisa se hizo gigantesca.

—Amo tu blog… —dijo—. Lo leo siempre.

Alto.

He soñado con esa escena por años. Aún antes de que existiera el blog en el universo. Aparecía de la nada una atractiva joven desconocida a decirme que amaba mis escritos. Mis novelas. Mis cuentos. Mis columnas. Etcétera. Julio Medem en Lucía y el sexo pone un diálogo similar en boca de Paz Vega. Paul Auster hace algo parecido en su guión para Smoke. Es una de las fantasías más recurrentes de Woody Allen. Yo había soñado que esa escena me ocurría en librerías, en aeropuertos, en cocteles, en una biblioteca.

De repente estaba sucediéndome en una cantina. Una atractiva joven de ojos enormes repetía el diálogo en la vida real, sin simulacros.

Durante años sólo pensar que eso podría ocurrirme algún día, me llevó a perfeccionar mi escritura. A fuerza de escribir bien, un día iba a pasarme. Y yo estaría preparado.

Pero no lo estaba. ¿Le pedí el teléfono? No. ¿La invité a salir? Tampoco. ¿Logré darle buena conversación? No lo creo. Sólo atiné a decir algo parecido a:

—¡Wow! ¡Qué bueno! ¡Gracias!

Y ese silencio incómodo que se suscita entre dos desconocidos.

Category: Confesiones | 18 Comments »

La teoría del complot en la madrugada

Abril 24th, 2008 by Felipe

Me pasa a veces así: despierto a media noche, maldito insomnio, el rumor de la cisterna en el patio del edificio, las cuatro de la mañana en el reloj, las cuatro en punto de la mañana, mi metabolismo es obsesivamente puntual. Me doy vuelta en la cama, es la hora de la mente en estado líquido, las ideas se superponen a otras, fluyen. Hace veintitrés años, una noche así me llevó a descubrir un método imperceptiblemente inexacto para dividir un ángulo en tres partes iguales utilizando sólo regla y compás (de haber sido aritméticamente exacto, la London Mathematical Society me hubiera premiado con la inmortalidad en los libros de geometría y con cien mil libras esterlinas). Es la hora en que a veces me pongo a darle a mi novela, al día siguiente no recuerdo lo que escribí, pero al leerlo me sorprendo a mí mismo con salidas insólitas, vueltas de tuerca, cabos muy distantes atados en maneras desconcertantes.

Esa facultad para atar cabos sueltos, me ha permitido también hallar complots en los demás.

«¡Está claro! —la voz de mi mente resuena contra el rumor de la cisterna—. ¡Es que se conocen, por eso ella lo omitió cuando le pregunté por él!…», y sobreviene el silencio epifánico, la mente acomodando la nueva realidad que gira alrededor mío; entonces digo en alta voz, como un secreto:

—Todo está conectado.

(Curiosamente, no soy paranoico, ya sé que todos ustedes lo están pensando, pero no lo soy.)

Bienvenidos a mi lado oscuro.

Category: Confesiones | 5 Comments »

Y a propósito de encuentros literarios…

Marzo 28th, 2008 by Felipe

(No, no se trata de un infumable encuentro de escritores o, peor, de poetas; sino de esa clase de encuentros novelescos de los que hablo en el post anterior.)

Lugar: Heladería Neve Gelatto frente al parque España.

Hora: Cerca de las ocho de la noche.

Situación: Mi hijo y yo comemos helado. Él está batido de helado de chocolate y yo, muerto de la risa. Estamos a punto de irnos.

Entra al local una joven de porte aristocrático. Cabello corto, atuendo elegante, belleza perturbadora. Mirarla provoca el siguiente efecto: el sonido ambiente desaparece.

Pide algo en la barra y se sienta en una de las mesitas de afuera. Abre su moleskine y empieza a escribir rápidamente en una caligrafía ordenada en tinta negra. Creo que era una pluma fuente.

Cuando me doy cuenta, estoy de pie, detrás del cristal, mirándola.

No sé si viene sola o si viene con el tipo que está en la barra y mira, como yo, en dirección a ella. Espero a ver si se sienta con ella. Nada. Sigue en la barra. Yo permanezco como un cretino de pie mientras mi hijo me dice papá ya vámonos.

Me lo trepo en los hombros. Ella escribe sin mirar a nadie. Paso frente a ella y prosigo hasta que me oculta la penumbra.

—¿La viste? —le digo—. Está muy guapa, ¿verdad?
—Sí, muy guapa —repite mis sílabas.

Decido dar una vuelta completa a la cuadra. Si al volver, ella está con el tipo de la barra —o con cualquier otro— me seguiré derecho. Si no, la abordaré.

En el camino mi hijo me dice que hay murciélagos, pero que son sus amigos.

Volvemos a la esquina. Diablos. Está sola. Me planto frente a ella. Mi hijo en mis hombros.

—Hola. Ehm. Mi pregunta te va a parecer estúpida, pero… tú no modelas ¿o sí?
—No, bueno, sí… a veces —o su sonrisa es hermosa incluso ante preguntas estúpidas como la mía; o en verdad que no le pareció estúpido lo que pregunté—. ¿Por qué?

Le expliqué las razones: un oscuro proyecto editorial en la revista que busca gente hermosa en la ciudad. Pero que excluía a modelos, actores, o gente que salga en los medios.

—Uy no —dice—. ¡Yo conduzco un programa de tele!
—No me digas. ¿Cuál?

Me dijo. En mi vida lo había oído. Le dije que ni modo. No servía para el oscuro proyecto editorial. Aunque igual sí era buena idea que me diera su teléfono.

Me lo dio. Ya la googleé. En efecto, es conductora de tele.

Ahora yo tengo su teléfono y cada vez que pienso si llamarla o mandarle un SMS me entra el writers block. ¿Qué hago?

Category: Confesiones | 12 Comments »

Desmemoriado

Febrero 13th, 2008 by Felipe

La memoria es un animal salvaje. La mía en particular es capaz de recordar fechas y nombres de personas que no conozco con bastante precisión, pero si te conozco en persona y me dices tu nombre, no seré capaz de repetirlo.

—Hola me llamo —y aquí mi memoria se desconecta.

Es como si no lo hubiera escuchado.

Luego me suceden cosas así:

—Esto no se lo había contado a nadie —me dice con lágrimas en los ojos.

En esos casos, mi memoria indomable no recordará el evento cuando la persona que me lo contó necesite reflexionarlo.

—¡Pero cómo no te acuerdas que te dije que tengo hemorroides!
—No me lo habías contado… ¿o sí?
—Ah, me gusta tu discreción…

Pero bien que mi memoria se acordará con lujo de detalle cuando estoy ante terceros.

—No, pobre, y además tiene hemorroides…
—¿En serio?
—Sí, el otro día me lo dijo —y mi memoria, que además de ingobernable es imaginativa, agrega detalles gore como aderezo.

Por supuesto, mi memoria desalmada justamente no recuerda la cláusula de confidencialidad de semejante chisme.

Este vicio tiene, por lo menos, un karma instantáneo: tampoco recuerdo el momento en que confesé cosas inconfesables de mi persona. Eso me tiene preocupado.

Category: Confesiones | 12 Comments »

Posturas del pensamiento

Febrero 9th, 2008 by Felipe

Para pensar hay quienes colocan la barbilla encima del puño. Ignoro en qué beneficia esta postura a la inteligencia.

Ante la pantalla en blanco, pienso qué voy a escribir.

Cuando pienso me cubro la boca, ya sea 1) con la mano derecha en postura de pistola: el pulgar presionando la mejilla, el dedo índice extendido sobre el bigote; los dedos medio, anular y meñique, recogidos, sosteniendo la barbilla, 2) la mano derecha distendida, el índice cubriendo el bigote o 3) la mano izquierda, en vertical, la barbilla apoyada en el pulgar, la punta de mis dedos llegando a la punta de mi nariz.

En días normales, no reparo en ello; pero en una mañana como ésta, escribiendo sobre una cama en desorden, al adoptar la postura del pensamiento, descubro que mis dedos tienen un olor que no es mío.

Entonces se me olvida en qué estaba pensando.

Category: Confesiones | 16 Comments »

Virtualopatía

Febrero 7th, 2008 by Felipe

Inicié a finales de 2003 una relación virtual con una joven que ahora dice tener casi 23 años.

Desde el inicio me ha mandado fotos. De ser cierta su historia, sería anormalmente hermosa.

Sabe todo de mí. Ahora mismo ha de estar leyendo mi blog.

Pero no le creo. Seguro se trata de un geek obeso que fantasea siendo ella.

Lo inexplicable es que yo siga hablándole. Como si quisiera que fuera real. Empecé a escribir una novela sobre ella. Tengo problemas.

Category: Confesiones | 20 Comments »

Definición de puesto

Enero 28th, 2008 by Felipe

Mucha gente considera glamoroso eso de ser editor de conocida revista. Lamento desmentirlos. Si alguna vez dejo yo este empleo, el anuncio en el periódico se leería así:

Prestigiosa casa editorial, líder en el mercado de las revistas, solicita

EDITOR GENERAL

Requisitos:

• Disponibilida de horario ABSOLUTA.
• Incapacidad para viajar a ninguna parte de la República; vamos, ni a Toluca.
• Vocación natural para responder diaria y amablemente a un centenar y medio de correos electrónicos basura.
• Conocimiento de primeros auxilos psicoterapéuticos a editores y reporteros con ataques de histeria y/o megalomanía.
• Insomnio (para no dormirse en las juntas)
• Ortografía y redacción no indispensables
• Capacidad de choro
• Habilidades de actuación para fingir que sabes de qué estás hablando —por ejemplo, de la Ciudad de México— y que en verdad estás trabajando
• Síndrome del delfín

Ahora la pregunta es, por qué no dejo esta revista. Ah, la verdad es que me encanta farolear.

(NOTA a los directivos de esta casa editorial: Es broma lo anterior, ¿eh? No vayan a creer)

Category: Confesiones | 18 Comments »

Amnesia del hecho verdaderamente importante

Enero 24th, 2008 by Felipe

Veamos: anoche estuve intentando ver una película en video. Estaba el inconveniente de que no conseguí ninguna: entre los apagones y el horario y la ciudad barrida por el viento, no hubo DVDs en ningún sitio. No pude ver nada.

Cené a las dos de la madrugada. Jamón y queso. Estrené cepillo de dientes.

Dormí pocas horas, muy profundamente. Tampoco recuerdo haber soñado. Vi el resplandor naranja del amanecer desde una ventana. Luego manejé de regreso a casa con la misma ropa del día anterior.

El hecho es que hoy una plácida nube flota dentro de mi cabeza y tengo cara de borracho feliz. No bebí nada.

Me queda la impresión de que había vecinos enfrente espiando con binoculares. A ellos tendría que preguntarles qué pasó.

Category: Confesiones | 16 Comments »

Eterno resplandor de una rola sin recuerdos

Enero 19th, 2008 by Felipe

Change your heart and look around you.

No sabía quién la cantaba, ni dónde la había oído. Desde meses atrás la traía en mi iPod mental. Luego la encontré en un iPod real y su dueño me dijo: «Es del Beck; de la película ésta del eterno resplandor de un demente sin recuerdos o como se llame.» Ya. Eternal sunshine of the spotless mind. La verdad me parecía una rola demasiado buena, incluso para Beck. Investigué. En efecto era un cóver. La original era de una banda ochentera, The Korgis. No importa: yo estaba obsesionado con la canción. Saqué los acordes en la guitarra.

Change your heart, it will astound you.

A principios de julio, cuando mi amante me dejó y finalmente me cayó el divorcio encima, el tema cobró sentido. Durante días, cada mañana y cada noche, la cantaba en voz baja. Como una invocación, como un mantra. El acorde en sol menor armonizaba con mi tristeza.

I need your loving, like the sunshine.

Anoche, tuve una larga conversación con una chica que devastó todas mis poses. Hablábamos de duplicidades a propósito del argumento de mi primera novela: «Dos compositores, en distintos lugares del planeta, sin conocerse, componen al mismo tiempo la misma obra musical.» Luego dejamos de hablar de pavadas y mejor nos callamos la boca a besos. Amaneció.

Hace rato entré por primera vez a su página web. Encontré un blog mayormente compuesto con retazos de textos que ha leído. Hace dos o tres meses, aún no sé por qué, posteó el video de esa canción.

Everybody’s got to learn sometimes.

No hay casualidades. No hay duplicidad. Sólo narraciones.

Category: Confesiones | 15 Comments »

Las nalgas de Melissa

Diciembre 14th, 2007 by Felipe

(Nota: antes, leer aquí)

Prólogo—
A estas alturas sé que muy pocos podrían creer que un personaje como yo exista. No importa. De un tiempo para acá lo mejor que me ha sucedido son las nalgas de Melissa. Según su expediente, tales maravillas llevan 19 redonditos años en su sitio. Alumna mía de literatura en la universidad, ella quería ser novelista. Eso me daba ciertas ventajas. Me entregó un texto que perpetró en la más pura tradición telenovelesca —sí, escrito con las nalgas— sobre una muchacha rica y buena que se enamora de su chofer, moreno, alto y sensual a pesar de la desaprobación de sus padres que amenazan con desheredarla; lo cual, según refiere esta mamada, no le importa —es decir, a la protagonista—, y deciden fugarse a una isla en el Caribe. Me guardo los comentarios para después. Ellos viven ahí las más felices fantasías sexuales —sólo concebibles tras un periodo prolongado de castidad rigurosa—, para luego ser descubiertos por la policía que los buscaba. Este melodrama me recordó una película italiana de cuando yo era más joven y Melissa no había superado la preprimaria, con esta Ornella Mutti, en las épocas en que a Ornella no le dolía nada. No me acuerdo del título pero el argumento era casi idéntico. Aún siendo benévolo con la ortografía, el trabajo de Melissa daría lástima de no ser por sus nalgas. Lo leí con mucho morbo, debo confesarlo, y en las ocasiones en que Melissa describía a la protagonista, yo no podía evitar pensar en. Bueno en. Nalgas. Y, cuando aparecía el chofer, me imaginaba a mí revolcándome. Y, aunque insulsas, disfruté como si las viviera esas fantasías —“sexuales” no sería la palabra (aunque esa era, seguramente, su intención); iría más algo como “sexoides”— que disfrutaron la chica y el chofer en la islita caribeña. Como en el cuento del “Zahir”, de Borges, sobre los objetos que, al no poder ser olvidados, inducen a la locura, las hemisféricas nalgas de Melissa Weber han logrado modificarme hasta lo irreconocible. Pienso nalgas dramáticas, imagino nalgas en verso, creo comer nalgas al carbón, sueño nalgas nubosas, veo nalgas redondas, oigo las nalgas al atardecer, quiero nalgas al amanecer. En suma, la cordura que yo antes adormecía con alcohol, ahora no es sino una obsesiva caricatura de nalgas persiguiéndose unas a otras, en un reino de nalgas donde Melissa es la monarca absoluta —y constitucional— y yo soy su fiel paje pirulí.

Pero lo extravagante —además del principio de hipertrofia aquel— soy yo. ¡Señores —y esto ya está cobrando carácter de urgente—: tengo treinta y cuatro años, vivo con mi mamá y llevo casi los últimos ocho años buscando que los editores me tomen alguna vez en cuenta con alguna novela! O una fabulita, por lo menos. Tanto literaria, como amorosamente, estoy olvidado. ¡Vamos! No es que me duela la idea de saber que me estoy quedando soltero; pero. Es decir, claro que salgo de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Con algunas alumnas mías y. Una que otra maestra de la universidad, pero. En fin, tantos fracasos amorosos al hilo lo dejan a uno pensando. Como hombre tengo algunas ventajas, claro está: la edad lo madura a uno y lo hace más interesante y nunca nos faltan nuestras eternas enamoradas; pero son, por lo general, casos no muy gratos y sí muy insistentes. El mío lleva por nombre Berta Orozco y mi mamá nosequé le vio que le cae rebién y cree que por lo tanto tengo el deber moral de cumplirle. Digo, Berta tiene más o menos mi misma edad pero ella sí se quedó. Cree que soy la gran cosa como escritor y me corrige y se emociona con mis novelas pero. Como crítica en literatura se moriría de hambre. Después de todo, ella sólo es historiadora. Y me anima, claro. Esto es lo mejor que has escrito y el final. ¡El final! es. Escalofriante. O sea, yo me moría de miedo pero ¡qué erotismo, Aurelio! Sé que una mujer no debiera decirte esto así tan directamente pero, digo, tú eres muy open máind y por eso sé que me entenderás: al leer la escena del lodo yo —imagínense a Berta, por favor, diciendo eso: mirada lasciva, contoneos, respiración alterada—, yo tuve un orgasmo. (Y Berta espera que yo la entienda y le responda tú tienes una gran sensibilidad y yo una gran alberca de lodo en mi casa, vamos Berta, no puedo esperar un minuto más: ¡bañémonos! —que no me oiga—. Podría ocurrir, porque la piscina abandonada del traspatio, con un poco de agua, sería el escenario ideal para la escenita del lodo. Pero si Bertita es fea, enlodada definitivamente daría miedo. Claro que si Melissa. Después de leer a Melissa, me consuela saber que hay gente literariamente mucho muy inferior a mí —a pesar de sus.)

Primer capítulo—
Hace unos meses recibí por enésima ocasión, una diplomática negativa de la editorial de. Les vale el nombre. Estimado maestro don Aurelio Vidal: recibimos la sinopsis y la copia del original de 447 cuartillas de su novela histórica —ya que se ha empeñado en calificarla así— “Roma”, y hemos caído en leerla. Sentimos mucho no poder publicársela, pero consideramos que, dado el prestigio que ostenta usted como maestro, es nuestro deber salvaguardar el honor de su grado académico no ofreciendo al público literario tan grande equivocación. Revise usted mismo, críticamente, sus originales y estará de acuerdo con nosotros. Sin embargo no se desaliente y blablablá. Podría objetar cada línea de esta pinche y anónima respuesta con más de un argumento —grité, mientras Bertita buscaba tranquilizarme. En circunstancias normales la habría rechazado como lo hago siempre, pero ahora necesitaba gritarle a alguien y ella se pintaba sola con tal de tenerme cerca—. De hecho —seguí gritando— esta pinche carta se la pueden meter por. Y, en eso, Melissa propuso sus dos más rotundos argumentos sobre una de las sillas de la mesa contigua. Por. Tengo argumentos rotundos —tragué saliva—. No supe de mí ni menos de Berta, que se habrá alejado luego, como suele cuando dejo de hacerle caso: con naturalidad fingida, aparentemente satisfecha, levemente frustrada y eliminando toda connotación de rechazo por parte mía, porque ella simplemente no soportaría enfrentarlo. Melissa me sonrió y esbozó una pregunta y, mucho antes de formularla, yo ya estaba junto a ella atento a sus demandas. ¿He dicho ya que Melissa Weber es, además de positivamente nalgona, bellísima? Y lo peor es que ella lo sabe y lo utiliza en su provecho. Es tonta, no cabe duda; pero además acentúa su estolidez con pequeñas sandeces fáciles de corregir —me pregunto si no lo hará adrede— que siempre motivan a seguirla corrigiendo. O también le da, a veces, por sentarse sobre alguna regla o lápiz, como descuidadamente, erguida hacia adelante —lo que produce una curiosa erección del lápiz o la regla contra la silla—, lamiendo, que no chupando, su tutsipop, apoyando todo el peso de la breve cintura en sus caderas, comiéndose el lápiz entre la raya de su pantalón como si aún no lo supiera, pero volteando divertida para ver si nosotros ya nos dimos cuenta de su travesura. O a veces se sienta en el escritorio, dándome su perfil voluble, cruzando lentamente la pierna y me pregunta con su tierna delgada voz sobremimada si su poema está bien, si su cuento también y yo apenas leo sus tonterías, le corrijo con amabilidad sus incoherencias y espero paciente su sonrisa.

Así fue hasta hoy, porque mi fracaso literario me decidió. Si no seré escritor, por lo menos pondré esas nalgas en mis manos, me dije. Y entonces tuve la ocurrencia: cambié un poco los hechos menos gratos: el rechazo editorial, la carta o mi depresión y le dije que justo había terminado mi novela y necesitaba celebrarlo con ella. Así. Directo. Seguro. Conciso. Como si poco importara el tema o fuera lo más frecuente en mí, le conté que ella había sido mi musa, y que el libro estaba dedicado a ella. Quizá fue lo rápido de mi planteamiento, el factor sorpresa, la convicción en mis palabras, su ignorancia o su ninfomanía reprimida, pero vi que brillaron sus ojos, que se acercó a mí y que me besó. Fue cerca de la boca y no duró más de dos segundos, pero fue sincero, húmedo, y fue de Melissa.

Aunque mi madre me regañó en cuanto regresé a casa, algo pasadas las tres de la madrugada, aunque supe que Berta lloró amargamente aquella tarde cuando supo que salí, aunque Melissa me resultó aburrida, aunque ella nunca lo notó dándome demasiados cariños y viviendo en la idea de ver su nombre inspirador en las páginas inaugurales de “Roma”. Aunque la cena fue barata porque no soy de dinero y ella me invitó luego el café, aunque fue la noche en que más cerca ha estado de mí. Aunque soñé con ella toda la semana siguiente y mi obsesión por sus nalgas es más intensa que nunca, no logré en ese lapso tener aquellas nalgas en mis manos.

A partir de entonces, y como se acostumbra en las historias convencionales de amores a oscuras, entre Melissa y yo surgió una especie de sórdida complicidad en donde parece decirse todo pero nada puede mencionarse, se entiende todo pero no se piensa en nada. Ella todo lo decía con sus nalgas: si estaba feliz, esperanzada, triste, reflexiva, locuaz, cariñosa o enojada. Yo lo decía todo entre líneas. Y así anduvimos durante tres o cuatro días.

Último capítulo—
Pensé entonces que el silencio ya había sido suficiente. Mientras calificaba los trabajos, en el suyo escribí un mensaje pidiéndole que nos viéramos. No pude seguir calificando por nerviosismo y pasé el resto de la noche dibujando nalgas. Llené como veinte hojas de block con nalgas en diferentes posturas y perspectivas, en tinta, lápiz, crayón. Bertita se encargó de encontrarlas en mi portafolios al día siguiente. Como según ella ya me había perdonado mi desliz de hace unos días —y como no supo o simuló no saber que Melissa era la susodicha—, miró, remiró y acomodó en la mesa mis garabatos, para verlos todos juntos. ¡Son puras nalgas!, dictaminó audible. Yo procuré mirar para otro lado, fingir demencia y todo eso. Más de una persona estiró la vista para admirar las nalgas, como si Melissa las mostrara. El más insistente fue Ramiro, historiador del arte, que de plano se sentó, tomó y estudió uno por uno mis dibujos con miopía para sentenciar: ¿Melissa?

Dicen que el que calla otorga, guardé los dibujos, pedí permiso, y me fui.
Melissa recibió mi recado en silencio. Lo leyó sin mirarme mientras yo entregaba los trabajos con estudiada frialdad al resto de mis alumnos. Creí que lo guardó porque la imaginé discreta. Me equivoqué. Cuando ni ella ni su amiga, ni su otra amiga, ni su amigo, ni los demás pudieron contener la risa, supe que Melissa misma se encargó de mostrárselo a todos. Como cualquier profesor que descubre el acordeón en un examen, caminé en dirección del tumulto, recogí el papel y, procurando que Melissa me viera —y me vio, la muy cínica—, lo guardé en el portafolios. Al final de la clase, o ella tardó en salir, o todos los demás se fueron muy a prisa, pero quedamos solos. Se agachó —intencionalmente, puedo jurarlo— para guardar sus cosas, exponiendo sus divinas nalgas a mi consideración. Levantó su bolsa y pasó retadoramente cerca de mí. La detuve. Sin decirle nada, cerré la puerta del salón, saqué los dibujos, y se los fui enseñando uno por uno, nalga por nalga. Eres mi musa, Melissa, lo siento. Hay sonrisas inolvidables por encantadoras; la que Melissa sugirió con mis dibujos fue inolvidablemente ambigua. Ahí había decepción, alabanza, odio, alegría, estupidez, tristeza, ira, belleza. Me regresó los dibujos, me musitó las gracias, titubeó y caminó hacia la puerta apretando el trasero. Me gustan tus nalgas Melissa, quédate: no podría vivir sin ellas. Melissa, entonces, se detuvo de golpe. Por favor quédate, eres lo más hermoso que he conocido. No sé si por el miedo o para facilitarme las cosas, Melissa dejó caer su bolso y su chamarra. Eres más intensa que un verso de Sabines, más erótica que el Cantar de los Cantares, más salvaje que la Consagración de la Primavera, más clásica que la Venus de Milo, más bella que todas, Melissa, Dios moldeó tus nalgas a mano, por favor, no te vayas: las necesi. Te necesito. Ahí estaba Melissa. Inmóvil. Con el culo bien firme y un nudo en la garganta. Me le acerqué, la tomé de la cintura y comencé a besarle el sudor frío del cuello, apretando mi pantalón contra sus nalgas; respirando frenéticamente. Vámonos de aquí, a un hotel o algo, ya no puedo, tus, tus. Era una niñita abandonada, y yo le golpeaba sus nalgas duras con mi verga dura bajo el pantalón. Le tapé la boca cuando quiso gritar y, entonces. Entonces. Entonces. Entonces sentí su lengua mojada y viva lamerme los dedos en círculo, muy lentamente. Sentí su mano rencorosa agarrarme la verga. Sentí su saliva tibia en la palma de mi mano. Sentí miedo y algo más obsceno que el vértigo que recorrió mi espinazo; y flaquearon mis piernas cuando entendí que ella bajaba mi bragueta.

Eyaculé.

Y me mordió la mano. Me pisó. Me pateó. Me rasguñó. Me picó un ojo. Y corrió. Ya a distancia, en el anonimato del pasillo, comenzó a llorar y a gritar —y gritaba me viola, me viola. Fingía; pero parecía niña abandonada en un supermercado.

Epílogo—
Cosas de esta vida-comedia-de-errores. Después de ser condenado a no volver a trabajar como profesor, me enteré que el papá de Melissa era dueño de la importante empresa editorial, cuyo nombre a ustedes les vale pero pueden averiguar, y que le había publicado una novela titulada “Roma” que, sabemos, Melissa nunca escribió. Lo demás ya es historia que todo mundo conoce: Melissa Weber, con “Roma”, ganó un premio nacional de novela light joven, mucho sobado prestigio, respeto y consideración, incluyendo la filmación de la película en donde la famosísima secuencia del lodo se volvió lugar común en toda discusión snob que se precie de serlo. Estoy obligado a no quejarme si quiero entrar limpio de pecado al reino de la gracia del señor Weber y de la pompa y circunstancia de su hija que me obliga, desde entonces, con ese su habitual involuntario chantaje de glúteos, a ser su paje pirulí escribiendo, sin cesar, cuentos y melodramas que serán firmados por ella hasta que mi impaciencia derrote mi obsesión y decida marcharme bajo la pena máxima de perder la posibilidad de ver sus nalgas —la esperanza es lo último que muere.

Por eso despierto delirando: algún día tendré esas nalgas en mis manos, algún día, lo juro, aunque estén en formol.

(México DF —1994)

Category: Confesiones, Sentimentalismo, Teatralidad | 12 Comments »

Hablando en sueños

Diciembre 4th, 2007 by Felipe

Era yo adolescente y llegaba de madrugada de una fiesta. Para esos casos yo debía ir a la recámara de mis padres y avisarles que ya había llegado para que no tuvieran que llamar a la policía. Entré al cuarto a oscuras, los moví para despertarlos y les dije en voz baja:

—Mamá, papá… ya llegué.
—Mñnsbms… qué bueno, mijo —contestó mi madre; luego preguntó señalando a mi padre: —¿ya saludaste a tu tío?

Desde esa noche desconfío de mis orígenes.

Category: Confesiones | 13 Comments »

Había una vez un grupo de rock

Noviembre 27th, 2007 by Felipe

Se llamaba Hotel Garage. Éramos cinco. Yo tocaba el bajo; yo era todo huesos y tenía el cabello a los hombros. Era 1992 y me definía a mí mismo como “depresivo”. Hoy hubiera sido un emo más, pero en aquella época no existía el término. Éramos hijos bastardos de los años ochenta: queríamos que nos influenciaran U2 (cuando era bueno), Nirvana (cuando era todo) y The Cure (cuando parecían oscuros), pero en realidad —si hacemos un poco de honestidad— nos marcaba Bon Jovi, al que detestábamos.

Yo componía muchas de las canciones. Tenían versos lamentables como: “Bienvenidos a la era de lo simultáneo, del suicidio colectivo y la fascinación, naciste bajo el símbolo de lo arbitrario, en el último colapso de la religión.” O bien, como: “Estás buscándole placer a tu cáscara de piel y ya tienes comezón en medio de las piernas.” El chiste era que las estrofas tuvieran esdrújulas por aquí y por allá y los versos parecieran furiosos.

Componía las letras durante las clases en la universidad y la música por las noches, en mi casa, en la guitarra y en un tecladito casio. Me gustaban los acordes complicados, los cambios armónicos poco intuitivos. Realmente llegué a pensar que podía ser músico. Y mientras bamboleaba mi cabeza en el escenario al compas del bombo y miraba a la bella adolescente que me veía azorada, yo moría de miedo: nunca me iba a atrever a hablarle. Y lo puse en otro verso de otra canción, muy cursi: “Tú aquí y despertar me da miedo; tú aquí, podrías desaparecer; tú aquí, no me atrevo a hablarte.” Tres acordes, tres. “Tú aquí, esperando el amanecer.” Esa adolescente hoy ha de ser madre de familia, de treinta años, y quizá lea esto y ni siquiera se acuerde.

El peor momento de la noche era el de los solos. Un poco patético, porque salvo el guitarrista, ninguno dominaba su instrumento. El baterista perdía el ritmo; el tecladista se acomplejaba y le salía algo que parecía ejercicio del método Hannon y yo hacía una especie de dum dum dum extremadamente básico y nada impresionante. Entraba el guitarrista y se olvidaba nuestra torpeza; y el cantante hacía un la la la que el público repetía.

Entonces levantaba mi vista cubierta por mis greñas y buscaba a la adolescente para decirle algo con los ojos, algo esdrújulo y definitivo. Nada. La encontraba besando apasionadamente a un chico vestido en uniforme de la secundaria.

Category: Confesiones | 10 Comments »

De por qué no soy escritor (4a parte)

Octubre 27th, 2007 by Felipe

No gané.

No me avisaron. Pero a las nueve de la noche del día límite de la deliberación, ya era obvio. Ganó un argentino con una novela policiaca. Yo quedé en tercero o en segundo lugar. Da lo mismo: no habría dinero.

Esa noche fui a la premiere de una película. Ahí quedé de encontrarme con mi esposa. La vi y era la mujer más bella del mundo. Le dije que no gané. No pareció importarle.

Cabía la esperanza de que por lo menos me publicaran. Eso me mantenía tranquilo. Era Alfaguara, vamos; se supone que es la editorial con los mejores autores.

Pero eso no pudo evitar que me deprimiera. Le dije a mi esposa que necesitaba espacio. Escapé un fin de semana a Oaxaca para no enloquecer. Mi ego en despegue no estaba preparado para soportar semejante frustración. Durante la noche caminé durante horas entre las calles coloniales. Vi a chicos y chicas divertirse a la salida de los antros. Vi a los maestros del sindicato dormir en la calle. Vi lo estúpido de mi comportamiento.

Mi mujer pasó por mí a la estación de autobuses la madrugada del lunes. Me amaba. Pero yo ya estaba fracturado: una grieta que con los años terminaría por disolvernos.

A las pocas semanas me llamaron de Alfaguara para decirme que ya tenían un dictamen. La editora me citó en su oficina. Me dijo que la novela le había encantado, me citó pasajes que le impresionaron especialmente, me dijo que no se explicaba por qué el dictamen había sido tan desfavorable.

Me dio el informe. Ahí se leía que, en efecto, era una gran novela, pero que era tan obscena, pesimista y desesperanzadora que no era conveniente que una editorial como Alfaguara la publicara.

Yo ya no entendí nada.

Category: Confesiones | 8 Comments »

De por qué no soy escritor (la precuela parte 1)

Octubre 18th, 2007 by Felipe

(Antes de seguir con la historia del premio de novela, tendrán que chutarse el origen de “Oxidente” —ñoñísimo nick.)

A los 22 años yo creía en la poesía. Tenía la mirada tormentosa, tics en las manos que complicaban mi caligrafía, y era el desgarbado y eterno “amigo inofensivo” de las chicas (condición que ha variado poco con los años). Tenía supersticiones. Creía que los libros te llamaban y llegabas a ellos por predestinación. Por ello di demasiada importancia al hallazgo aleatorio, en la biblioteca de la universidad, de un libro gris, editorial Vuelta. El título: “Amor y Oxidente” —llamó mi atención que fuera con x—. El autor, Gerardo Deniz.

Nunca había oído hablar de él. Jamás había leído nada parecido. No era un poemario que abordara las subjetividades del autor o sus preferencias abstractas, sino los despropósitos de Camille Flammarion en su viaje a la luna. O algo así. Mi memoria es un desierto y la copia de mi libro se ha quedado en casa de mi ex mujer, entonces no puedo consultarlo.

El hecho es que tras devorarlo con asombro creciente, me seguí con “Enroque”, “Picos Pardos”, “Grosso Modo”, “Mansalva”. Poemarios crípticos, parecían libros de chistes para las tertulias de una clínica de rehabilitación que sólo admitiera premios Nobel.

Yo era 13 años más ingenuo que ahora, creo que eso explica que eligiera hacer mi tesis de licenciatura sobre él. Llamé a las editoriales que lo publicaban y pedí su teléfono. Lo imaginaba habitante de un departamento antiguo y bien iluminado; acompañado siempre por alguna mutable jovencita viciosa que lo abandonaría siempre a las dos semanas.

—¿Bueno? —la voz era la de mi abuelo.
—Por favor con Gerardo Deniz.

Silencio. Parecía que iba a decir algo. Un poco harto dijo que era él. Le expliqué mi proyecto. Le pareció estúpido, pero accedió a colaborar.

Gerardo Deniz tenía 60 años y era un gigantón bamboleante que vivía en un departamento diminuto. Tenía, no exagero, enciclopedias hasta en el refrigerador. Dedos marcados en el polvo de los muebles. Bebía en abundancia y lo acompañaba una vieja gata esponjosa. Vivía de la traducción de una veintena de lenguas —tampoco exagero—. En su juventud quiso ser químico y resultó demasiado genial para eso. Empezó, resignado al fracaso, su carrera de poeta a los 37 años (el cliché es publicar tu primer poemario a los 17). Octavio Paz leyó en la India el manuscrito de “Adrede” y se apresuró a publicarlo. Un par de años después lo respaldó en “Gatuperio”. De ambos, Deniz me regaló copias fotostáticas con correcciones hechas a mano.

Pero me pareció un hombre dolorosamente solo; amargo; dedicado al deporte de odiar. Tampoco se llamaba Gerardo Deniz, sino Juan Almela.

Así que esto es un escritor, pensé. No esa figura glamorosa que había imaginado. También por eso no soy escritor.

Category: Confesiones | 11 Comments »

De por qué no soy escritor (3a parte)

Octubre 14th, 2007 by Felipe

Era 2001. Para entonces ya era evidente que a mi Demonio de la simetría se lo había llevado la simetría, por no decir que el demonio. Pero tenía un as bajo la manga: había terminado ya mi segunda novela.

El último año y medio escuché el Kid A de Radiohead unas 500 veces: era el soundtrack que ponía, obsesivamente, para ambientar el relato: la historia de los tres o cuatro días y sus noches en que un joven y promisorio ejecutivo es absorbido por su propia locura. Un cuento largo y plagado de claves secretas. Le puse como título Conspiración de las cosas.

Vicente Leñero había leído la primera parte y decidió llevar el manuscrito él mismo a la editorial para que lo consideraran para su premio internacional de novela.

No supe más sino hasta como dos meses después. Eran los de Alfaguara. Que mi novela estaba muy buena, pero que no la veían como para su premio; mejor que la enviara por internet a su concurso para menores de 35 años Premio la Resistencia. Lo patrocinaban El foco.com, un portal que ya no existe y la editorial. El premio ya no eran los 175 mil dólares del concurso grande; sino más humildes 20 mil dólares, pero tampoco estaba mal. La envié.

En abril entré a trabajar a una agencia de mercadotecnia y a la semana me dí cuenta del error que había sido aceptar ese trabajo.

En mayo me llaman: “¡Tu novela está entre los diez finalistas de 396 que entraron a nivel mundial! —me dice una de las editoras de Alfaguara—. Si el lunes no te hablamos es que estás entre las tres primeras.”

El lunes no me hablaron; por esa razón me dio diarrea. Les hablé para confirmar. Me dijeron que sí, que estaba entre las tres. Que mañana me resolvían. Por esa razón me dio insomnio.

Y pasó todo el día, y toda la tarde, y mi trabajo en la agencia de mercadotecnia era espantoso y el premio me daría por fin la anhelada fama y el dinero suficiente para renunciarles en seguida. Pero yo tenía un terrible desorden estomacal y no pude más. Les hablé: seguían deliberando.

Volví a ir al baño a vomitar.

Category: Confesiones | 13 Comments »

De por qué no soy escritor (2a parte)

Octubre 7th, 2007 by Felipe

Fui a Celaya a recibir el mentado premio Jorge Ibargüengoitia. Me pagaban el hospedaje a mí y a un acompañante en un hotel de tres estrellas.

—¿Tú eres el de la novela? —me preguntaron los organizadores con cara de desencanto en cuanto me vieron llegar— Hum… Pensamos que serías alguien mayor de 40.

Yo tenía 27. Para incrementar el cuadro anómalo no llevaba un acompañante sino seis: mi novia, mi mejor amigo, mis papás, mis hermanas… Todos muy emocionados. Creíamos que era el inicio de una carrera promisoria.

Había un ganador en la categoría de cuento —un boxeador matemático de Tijuana— y otro en la de poesía —de Guadalajara; gay, llevaba a su novio—. De ambos he olvidado el nombre. Nos entrevistaron para la radio de Celaya. El reportero no sabía ni por qué venía a hacer la entrevista.

—Pero dígale a nuestros radioescuchas ¿por qué escribió usted una novela sobre Jorge Ibargüengoitia?
—Yo no escribí nada sobre él, esta es una novela sobre dos músicos que…
—Ya… y uno de esos músicos era Jorge Ibargüengoitia…

Por la tarde era la premiación en el auditorio Guaraguara (no se llama así, es que tampoco me acuerdo del nombre). Tocaría una orquesta austriaca y luego vendría la premiación. Sin embargo, a los organizadores se les ocurrió hacerla durante el intermedio:

—No, esperen, los que van al baño no se vayan, viene la premiación, muy importante del premio…

Los que iban al baño se detuvieron unos instantes, y decidieron que era mejor obedecer a sus vejigas.

Hay una foto de ese evento: estoy yo, en medio del poeta y del cuentista, sosteniendo mi diploma de cabeza.

Category: Confesiones | 12 Comments »

De por qué no soy escritor (1a parte)

Octubre 4th, 2007 by Felipe

En 1999 terminé de escribir una novela. Tiene un nombre que nadie puede aprenderse, ni yo: El demonio de la simetría. Googleándola, en algunos portales aparece bajo el género “horror”. Me preocupa. Es un relato sobre dos músicos que, en distintos lugares del planeta, sin conocerse y, al mismo tiempo, escriben la misma obra musical, nota por nota. No es una novela de horror. Tal vez sea un horror de novela.

A los dos días de terminarla, la mandé a cuanto concurso literario había por esas fechas, ¡y que gana el Jorge Ibargüengoitia en Guanajuato…! Ya me veía yo firmando autógrafos.

Bien: no pasó nada. Me pagaron los 75 mil del premio, y la publicaron en una editorial que bien podría llamarse Patito, pero se llama La Rana. Igual son animales de estanque. Imprimieron 1,000 ejemplares y nunca los distribuyeron, así que es inconseguible.

De todas las editoriales a las que la envié, sólo se interesó una. Pero al cabo de pocos meses se arrepintió y ya no publicó nada.

Lo último que supe fue que una tormenta inundó las bodegas de la editorial La Rana y que el agua se ensañó especialmente con las copias de mi libro. Así que es como si nunca lo hubiera escrito.

Category: Confesiones | 22 Comments »

Química cerebral

Septiembre 11th, 2007 by Felipe

Uno de los peores estados para escribir es enamorado y correspondido. Salen puras cursiladas. Claro, qué importa, tú estás bien y el universo entero fue creado para que tú y ella. Etcétera.

Entonces un día empieza a entrarte el ansia: llevas no sé cuántas semanas sin escribir. Diablos. Y la volteas a ver y le echas la culpa de tu falta de inspiración.

—¿Es que te das cuenta que llevamos dos meses sin…? —le espetas.
—Sí, ¿lo hacemos ahora? —dice emocionada.
—No, para qué —le respondes furioso por darte cuenta de que es una fácil—. Estoy de pésimo humor.

Tarde o temprano ella se siente rechazada, te deja y eso acaba mal, como siempre, y en compensación, tu escritura mejora. Surgen del miasma cerebral frases definitivas y desesperadas. La melancolía da a los textos matices insospechados. Como ya todos te evitan en el chat, hasta puedes concentrarte. Te da insomnio y a falta de sueño qué haces. Escribes. Por supuesto, en esos instantes de zozobra, entiendes que llenar renglones como sustituto a la actividad sexual no es nada satisfactorio. De hecho te metes a las páginas porno y como tus niveles de testosterona están por los suelos revolcándose en el lodo junto con tu autoestima, es como si vieras un documental de apareamiento vacuno, así que tampoco pierdes el tiempo en eso. Y escribes.

El momento crucial es cuando, de tanto que has escrito, ya te ves con el Premio Alfaguara en las manos. En ese instante vas a conocer a una mesera que te va a dejar totalmente estúpido con su mirada (en realidad 1] ya eras estúpido desde antes y 2] sólo quiere recibir más propina) y todas tus baterías literarias serán enfocadas a conquistarla. Dejas de escribir por semanas con tal de pensar en cómo hacer para que te haga caso (porque ella no lee ni las cajas de cereal). Por supuesto, no tienes éxito con ella porque pareces un desesperado y ese estado tampoco es bueno para escribir: sale pura retórica, una voz impostada que no reconoces como tuya (como si tuvieras).

Entonces posteas en tu blog algo sobre la química cerebral a ver si así llega la musa.

Sigues esperando.

Category: Confesiones | 10 Comments »

Fetiche

Septiembre 10th, 2007 by Felipe

Últimamente he vivido en carne propia puros karmas instantáneos: no daré detalles, pero todo lo que he hecho me lo han hecho idéntico (y habrá quien opine que aún me falta por pagar). El último de esos karmas que me está cayendo encima tiene que ver con esa observación que me hizo Ira acerca de que sólo veía la imagen y no a las personas.

Últimamente estoy experimentando eso de ser, para cierta linda chica, una imagen abstracta más que una persona. Es raro. Me siento un fetiche.

Ja. La verdad está sensacional.

Category: Confesiones | 7 Comments »

Washawasha

Agosto 29th, 2007 by Felipe

Soy malo hablando en inglés. Eso tiene sus ventajas. Principalmente la del washawasheo. Sí, es una ventaja.

Cuando escucho una canción en inglés soy incapaz de entenderle a la letra nunca. Apenas ayer, después de por lo menos catorce años de tocar “Yesterday” de los Beatles en guitarra, y peor aún, de cantarla con dicción casi perfecta, me puse a ver qué decía. Ayer todos mis problemas se veían tan lejanos; ahora parece que han venido para quedarse… Oh, yo creo en el ayer.

Me decepcionó un poco, la verdad. Al no entenderle le adjudicaba un sentido mucho más profundo que ni yo mismo alcanzaba a definir. De repente, ya no soy ni la mitad del que solía ser, una sombra cuelga sobre mí. Ah, el ayer, que llega tan de repente. Es como un bolerito o una canción grupera, pero con cuarteto de cuerdas made in Liverpool. Por qué ella tenía que irse, no lo sé, nunca me lo hubiera dicho. Algo dije mal, ahora ando de nostálgico por el ayer. Chale. (También como traductor deberían de encarcelarme.)

Por otra parte, a veces cuando finalmente le entiendo a una letra muy buena, tengo de esas epifanías súbitas que se acentúan por haber estado washawasheando la canción por meses sin saber lo buena que era.

Tampoco todo es tan ventajoso. Por ejemplo, soy de esa clase de tipos ridículos que creen que se saben la canción y la washawashean a todo volumen. Si un día me ves haciendo eso, avísame. Por favor. En serio que no me doy cuenta.

Category: Confesiones | 16 Comments »

Echando a perder

Agosto 22nd, 2007 by Felipe

Apenas vamos en agosto y este ha sido el año de mis fracasos amorosos.

El primero, el más cotundente: divorcio. Soy el hombre más idiota del mundo.

El segundo, muy intenso: tres meses y medio perfectos. Luego se fue con otrro.

El tercero, una mera hipótesis quizá muy elegante: platonismo.

Onomatopeyas que sirven para cada caso: Plaf. Cuas. Plop. (Respectivamente.)

La buena noticia: no hay cuarto fracaso a la vista.

La mala noticia: a la vista no hay nadie, demonios.

Category: Confesiones | 8 Comments »

Sobre la belleza

Agosto 20th, 2007 by Felipe

1. La belleza no es subjetiva: el refrán “jalan más un par de tetas que un par de carretas” no es sólo una rima boba.

2. La belleza sobrehumana es tan excepcional como la fealdad infrahumana.

3. La verdadera belleza erotiza. Si no produce ese efecto, no es belleza (al menos no la belleza que aquí defino).

4. La verdadera belleza es mucho más probablemente elitista, racista, clasista, sexista, consumista, materialista, darwiniana, irresponsable, lujuriosa, pornográfica, inmoral, asesina y neurótica que lo contrario.

5. La verdadera belleza no requiere “producción”. Es.

6. La verdadera belleza inicia en la pubertad y desaparece conforme la vejez o la enfermedad avanzan. Quien encuentre bello a un anciano, a un desahuciado o a un bebé no está hablando del tipo de belleza que aquí abordo (a menos que se erotice con ellos, cada quien).

7. Ignoro qué entienda por belleza un invidente: la belleza que aquí defino es visual, tactil, odorífera, auditiva y gustativa. En ese orden.

8. La belleza interior es una idea que nació como resultado de la envidia de las personas menos agraciadas. (Sin embargo un rostro con los músculos laxos suele hablar de una mentalidad poco desarrollada; una mirada desenfocada y una sonrisa boba suelen arruinar una cara hermosa.)

9. La belleza provoca reacciones irracionales en quien la contemple: su origen es arquetípico, viene del inconsciente. En ese sentido, la belleza está en quien la mira y no en quien la posee.

10. La belleza es mucho más interesante si quien la posee no se ha percatado de las reacciones que provoca.

11. Soy absolutamente vulnerable a la belleza.

Category: Confesiones, Netas del planeta | 6 Comments »

Fantasma

Agosto 7th, 2007 by Felipe

Desde mucho antes de tener la peregrina idea de escribir, ya existía el fantasma de ella.

Es hasta ahora que puedo describirla: tiene el rostro aniñado y los ojos expresivos como si no pudiera comunicarse más que con la mirada. Todas sus posturas exhiben cierta languidez enfermiza. Su cuerpo es perfecto, poblado de aromas, suavísimo. Cuenta historias que parecen míticas, y es espontánea e impredecible: sin pedirme permiso me encaja los dientes en el hombro hasta que grito, o en los dedos hasta que sangran, o me sugiere algo que me hace reír a carcajadas. Y se queda desnuda a la menor provocación y se entrega a mis manos y es elegante y cínica e incongruente, vive en huída perpetua. No se reprime al decir cosas que no me gusta oír. Sobrevive de algún modo sola, en un mundo creado por ella, un mundo imperfecto pero fascinante, lleno de recovecos.

Hace años tenía el inconveniente de no existir más que como un fantasma, pero en ese entonces eso no importaba, porque estaba invocándola, dándole forma, afinando mis sentidos para hallarla. A ella empecé a escribirle. Por ella comenzó la furia. Hablaba siempre de ella —de manera velada, en clave a veces— y, cuando aparecía alguien que pudiera parecérsele, me conmocionaba. Pero pronto se desvanecía la ilusión: no era.

Una vez la vi en este mundo de mortales. O eso me pareció. Pasó como una tormenta tan veloz que no pude cerciorarme. Se deshizo en el aire: es posible que ni siquiera exista.

Un día voy a hallarla y será como un milagro: la veo abstraída, leyendo algo que escribí —para ella.

Category: Confesiones | 5 Comments »

¿A qué edad naciste?

Julio 31st, 2007 by Felipe

Nuestra fecha de nacimiento poco importa: los primeros años en este planeta son la misma cosa casi siempre: un mundo de pañales y etapas orales, anales, genitales. Son determinantes para la vida adulta —o eso dice mi terapeuta—, pero no éramos muy conscientes.

No, aquí se trata de nacimientos de la consciencia. ¿A qué edad naciste realmente?

1. Yo nací, la primera vez, a los 15 años. Salí de la secundaria, tuve mi primer trabajo, la escuela se volvió mixta, conocí la depresión y la invisibilidad y el amor no correspondido. Me supe un nerd sin remedio, me hice amigo de un tipo que se creía genio (posiblemente lo sea) y lo más bizarro de todo: descubrí un método para dividir un ángulo cualquiera en tres partes iguales utilizando sólo regla y compás. Según el resultado de los estudios que le hicieron, era inexacto por apenas décimas de grado. De haber sido preciso, la London Mathematical Society hubiera tenido que pagarme las cien mil libras esterlinas que alguna vez apostó a que nadie podría.

2. Me enamoré a primera vista a los 24 de una mesera en la Condesa. Ya me había enamorado muchas veces antes. Pero esa anulaba todas las anteriores. Fue un golpe arquetípico. Verla y entenderlo todo fue lo mismo. Mi pasado, mi futuro, mi presente (el de entonces). Ese fue un nacimiento extraño, casi cósmico, que a la fecha me sigue dando conversación. La extraña sensación de estar hablando con mi propia psique.

3. Ahora, a mis 35 años, estoy naciendo de nuevo. Dar detalles es prematuro. En unos años, cuando termine de nacer, quizá podré decirlo.

(Ahora que lo releo, esto parece uno de esos “memes? enviados por alguien. No, aquí inicia y si alguien desea repetir el ejercicio y mandarlo a sus enemigos para que lo respondan es libre de hacerlo. Nomás avisen para leerlos.)

Category: Confesiones | 7 Comments »