Recientemente, en las principales capitales del mundo, hemos presenciado las manifestaciones de estos grupos de consumismo radical.
Son hordas que abarrotan los malls y los resorts gran turismo (mejor si fueron edificados sobre reservas de la biosfera), aman los automóviles deportivos, suben a cuanto avión se les pone al paso, adoran las cosas desechables y el plástico, las pieles animales, los anuncios espectaculares que afean los monumentos, la vida ajetreada de las grandes urbes, no se tientan el corazón al arrojar la basura donde sea, fuman, usan detergentes, comen grandes cortes de carne, verduras preferentemente fumigadas y alimentos chatarras, adornan con plantas artificiales, se cuelgan diamantes recogidos en la mina más sangrienta del ?frica, celebran la Navidad con enormes despliegues de luces y escenografía, esnorquelean en arrecifes de coral, viajan en cruceros enormes, dan limosnitas, aman los filmes de acuerdo al número de explosiones que presenten en pantalla, creen en la resurrección de sus carnes fláccidas gracias a las cirugías y en la vida del mundo futuro.
(Amén.)
En fin, es gente sin duda feliz, realizada y autosuficiente, convencida de la bondad de sus actos. Entrevistamos a su principal ideóloga, la neoyorquina Paris Chilton (no confundir con). Esto fue lo que nos dijo (pido disculpas por las limitaciones de la traducción):
—Nuestro grupo lo que busca es acelerar dos cosas, primero, la facilidad para obtener el placer… llevamos siglos de malvivir. Ya es hora de aprovechar las circunstancias y pasarla a gusto, total nos vamos a morir de todas maneras. Lo segundo que buscamos acelerar, y que es finalmente lo que da profundidad a nuestras decisiones aparentemente frívolas, es la extinción del género humano.
—¿Perdón?
—Sí, mira, no se pierde mucho. Mira a tu alrededor: toda esta pseudo civilización es una autopista al suicidio colectivo. Y es lo mejor que le puede pasar al planeta Tierra si lo ves fríamente. Al paso que vamos, con el calentamiento global, la polución y la destrucción de los ecosistemas, nos quedan no más de 200 años aquí. Pero eso es muy bueno. Al planeta le quedan unos 4,000 millones de años de vida antes de que el Sol nos engulla cuando se convierta en supernova, tiempo más que suficiente para que regenerarse de todas las porquerías que le hacemos a diario y, con suerte, surge otra especie más inteligente que nosotros que sepa cuidar su terruño. Nosotros, evidentemente, no somos esa especie.
—¿No es esto demasiado irresponsable?
—Claro que no, irresponsables los grupos ecológicos. No se dan cuenta que lo único que hacen con sus acciones es retrasar lo inevitable: nuestra extinción, con el inconveniente de que mientras más nos tardemos en extinguirnos como especie mayor será el daño que le hagamos al planeta. Mejor háganle como nosotros: la gozamos y un día de estos… ¡puf!