(por definir)

Pseudo blog pseudo literario y pseudo filosófico (favor de no escupir la pantalla al decir “pseudo”)

 
••••••••••••••••••••••••••••••••• MI ANTIGUO NICK ERA “OXIDENTE”, PERO ERA ÑOÑÍSIMO

Archive for the 'Sentimentalismo' Category

La clase abierta

Junio 17th, 2008 by Felipe

Todavía los veo ahí. La imagen borrosa posiblemente porque estaba llorando. Mi madre lleva un suéter beige, de cuello de tortuga, el cabello negro, suelto. Mi padre está junto a ella, de traje gris y corbata roja, gruesa, lleva patillas. Tiene la cámara de súper ocho en la mano. Me filma. Junto a ellos, pegados a las paredes del salón, los demás papás. Aplauden y nos llaman. A mi alrededor están los demás niños del kínder. Unos lloran igual que yo. Otros me miran con sus caras de niños que no entienden. La maestra, que era monja, está dando indicaciones. Ese ruido de los salones llenos de niños. Yo lloro porque estoy de este lado y ellos, mis padres, están de ése lado. Porque no quieren llevarme de regreso a casa. Porque sé que es ridiculo estar llorando. Porque mi papá, cuando lo vea en casa, me va a regañar porque estuve llorando.

Pasan treinta y tres años.

Ahora estoy sentado del lado de los papás, en sillitas blancas de plástico. Olvidé la cámara de fotos en casa. Sale mi hijo con cara de tristeza, pero al verme se le dibuja una sonrisa. No dejará de sonreír. Cantará, bailará e imitará a la maestra. Al terminar, les dicen: ahora sí pueden ir con sus papás. Él corre hacía mí. Está feliz de que haya ido a verlo. No hay rencor. No tiene miedo. Le digo que me tengo que ir ya, pero que en la tarde vendrá mamá por él. Él asiente, muy entendido, me da un beso y se despide para formarse junto con los otros niños de regreso al salón.

Alcancé a decirle:

—Te quiero mucho.

Y él me dijo, su voz pequeñita:

—Yo también.

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Se acerca el aniversario

Junio 16th, 2008 by Felipe

Este miércoles 18 se cumplirá un año del primer post de este blog: es claro que no tenía ni idea de a dónde iba (y que sigo en esas mismas condiciones).

Ahora lo releo y pienso: en qué diablos estaba pensando. Esa sensación me ocurre frecuentemente.

Podría hacerme guaje y decir no importa, los cumpleaños son arbitrarios, no hay nada peor que organizar un festejo y ser el único en llegar, todavía no me recupero de cuando hice mi cumpleaños hace como diez años y no llegó nadie, soy un loser, y ya me desvié, estaba hablando del blog, no de mi vida… El caso es que si me fijé en el asunto es porque sí me importa. No sé por qué me importe, pero ya llevo algunas líneas escribiendo sobre este tema, así que algo tendrá de relevante.

La pregunta es: ¿cómo festejar?

¿Hago una fiestita con botarga de Barney e invito a todos los demás blogcitos amigos de Por Definir, para que jueguen mientras los papás bebemos y nos sabroseamos a la edecán que fue disfrazada de Blancanieves? ¿Hago una reunión para que todas las chicas lindas se conozcan? ¿No fiesteo nada, total, ando de zen (con alguna que otra excepción)? ¿Hago una huelga de posteo? ¿Hago una reunión para que todas las chicas lindas se maten entre sí? ¿Hago un The Best Of Por Definir? ¿Hago complacencias al respetable? ¿Invito sólo a la edecán que fue disfrazada de Blancanieves, total los demás salen sobrando?

¿En qué estaba?

Ah sí, pasado mañana cumple años este blog. Se reciben felicitaciones, sugerencias de festejo e invitaciones a festejar. (Disfrazadas de Blancanieves tienen preferencia.)

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Historia de la lágrima

Abril 19th, 2008 by Felipe

Un día, cuando tenía como tres o cuatro años, recuerdo haberle dicho a mi mamá: «¡Ya llevo como dos semanas sin llorar!» Estaba muy orgulloso de mí mismo, porque me habían dicho hasta el cansancio «los hombres no lloran». Horas más tarde, mi padre me regañó. Lloré. Me dijo su frase favorita: «¿Quieres que te pegue para que llores por algo?» A veces cumplía su amenaza.

Lo curioso, ahora que hago memoria, es que mi padre llora con facilidad. Cuando en el día del padre abre sus regalos, por ejemplo. Como una niña. Hasta la fecha.

Con los años dominé el arte de vencer al nudo en la garganta. Era mi manera de hacerme hombre. Dejé de llorar por más de una década. Había olvidado qué se sentía.

Lloré por horas cuando mi abuela murió. Yo tenía 24 años. Después, el llanto volvió a ser muy esporádico. Esas pocas veces lloraba por mí mismo. Me daba pena ser tan insensible y era una manera de disfrazar mi frialdad.

Luego nació mi hijo. Desde entonces soy un sensiblero de butaca que no para de llorar en los cines. Anoche fui a ver Definitivamente, tal vez, comedia romántica sobre un padre divorciado. Lloré la mitad de la película, y eso que tiene final feliz.

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Mi regalo de cumpleaños

Abril 10th, 2008 by Felipe

Mientras yo festejaba trabajando como esclavo, sin ir a celebrar, ni salir a comer, tan sólo agradeciendo las felicitaciones que me llegaban vía facebook… algún clonador de tarjetas estuvo vaciando mi cuenta de banco.

Me dí cuenta al día siguiente, cuando vi que ya no quedaba nada.

Quien quiera que haya sido, hizo tres fuertes compras en supermercados, compró un pasaje en autobuses Flecha Amarilla y cargó la gasolina de su auto.

En el banco están viendo el caso. No me prometen nada.

Entre tanto, estoy viviendo de los boletos de comida de la cafetería de la empresa, del agua de la llave, y de lo poco que me va quedando en el refri y en mi cartera.

Pero sobre todo, de la sana costumbre que tienen mis amigos de consentir al cumpleañero: “No, cómo crees, yo te invito, fue tu cumpleaños”.

Entonces no me siento tan pobre.

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Estas son las mañanitas

Abril 6th, 2008 by Felipe

Estoy cumpliendo 36. Alguien me pregunta qué se siente. No importa qué le respondí. Estoy sorprendido. Son muchos años.

Terminó el año más intenso de mi vida a la fecha. El mejor y el peor. Todo junto. Eso no significa que la intensidad haya terminado o siquiera haya disminuido. Simplemente pasaron 366 días.

Me siento superviviente de una guerra que no acaba.

Pero aún a media batalla hago una tregua para apagar mi pastel, que está incendiándose.

Estoy vivo. Demasiado.

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Pre historia

Marzo 17th, 2008 by Felipe

—¿Y ésta dónde va?
—No sé… —yo le contestaba— ¿dónde crees que vaya?

Miraba el dibujo de la caja y luego decía:

—¡Aquí va!

A veces le atinaba, a veces no. A veces quería unir la palmera con la cola del estegosaurio. O meter al triceratops a la laguna. Cuando atinaba me decía:

—¡Mira, así sí va!

De repente yo le ayudaba un poquito. Terminó de armarlo y aplaudió. Luego le dije:

—Ya tienes que irte con tu mamá. Ya es hora.
—No me quiero ir, papá.
—Ya es tiempo, ella ya te extraña y te quiere mucho.
—Bueno.

El rompecabezas de dinosaurios quedó armado sobre la duela de madera. Dinosaurios felices, de un jurásico en antidepresivos.

Eso fue el viernes. No he querido desarmarlo.

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Parientes

Marzo 13th, 2008 by Felipe

Andaban a cuatro patas, tenían la piel cubierta de pelo blanco con manchas y podía uno confundirlos con perros dálmata. Pero eran personas. Madre e hijo. Eran analfabetas, ni siquiera sabían hablar, la boca les olía a croquetas y movían la cola. Tenían el sentido del olfato muy desarrollado e ignoraban las mínimas reglas de convivencia, por lo que no tenían empacho en orinar en la banqueta o husmear tus partes pudendas. Cuando los saludaba, procuraba insultarlos para que cayeran en cuenta de su suprema ignorancia:

—¡Cómo están, tontos! —les decía—. ¡Analfabetas!

Y los dos, a pesar de ello, se alegraban mucho de verme. Como tiendo a ser didáctico, me ponía a su nivel y les hablaba en su lenguaje de gruñidos. Ellos me contestaban. Siempre la misma conversación sosa y su eterna queja de que estaban hartos de comer croquetas.

—Eso les pasa por no leer libros, ¡mensos!

Cuando los sacaba a pasear al campo abierto, ellos tenían condescendencia de mi falta de velocidad y me esperaban.

—Qué lento eres —me reclamaban a ladridos.

A los dos, con un año de diferencia, tuve que dejarlos ir. Desde la jaula me vieron atemorizados, hinchados por el cáncer.

—¿Quiere quedarse a ver?
—No, no… sólo háganlo rápido.

En cada ocasión me despedí de ellos con un abrazo, intentando quedarme con su olor, y me fui.

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Durante la clase pregunté:

Febrero 24th, 2008 by Felipe

«A ver, alce la mano quien se haya enamorado a primera vista.»

Eran cerca de veinte alumnos. Sé que puede parecer una pregunta frívola, pero suele aportar buenos ejemplos para hablar sobre los arquetipos y cómo usarlos en la escritura. Según esto el amor a primera vista existe porque uno de repente ve, en el mundo real, a una figura ideal que ha llevado por años en la mente; por eso devasta.

Dos manos tímidas se elevaron de la mesa. «No infatuado —corregí—. Enamorado. No es: ah, mira qué bonita, me caso con ella hoy mismo. Eso es fugaz. Eso es tonto. Y debe de ser a simple vista: no es ese enamoramiento tibio que se va calentando poco a poco. No. Aquí es un golpe en la cara. Es de repente comprender por qué se creó el universo. Es de hecho, algo bastante incómodo. Es, esto no debe de estar pasando, pero diablos está sucediendo.» Cuando hablo en clase, como puede verse, mi vehemencia raya en lo cursi. Las dos manos bajaron a la mesa.

«¿Nadie?» Nadie. De veinte personas, nadie. «Bueno —dije, un poco incrédulo—, a mí me ha pasado algunas veces…»

La anécdota termina aquí. Seguí dando mi clase, hablé de los arquetipos y espero haberme dado a entender. Pero sentí un poco de pena por mí: tal vez soy enamoradizo como un adolescente y lo sano, lo deseable, lo maduro, es irse relacionando poco a poco, como quien adquiere una casa y la va pagando en abonos.

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Fui al circo

Enero 21st, 2008 by Felipe

Una carpa montada en un terreno baldío en Atizapán de Zaragoza. El circo de los Hermanos Gaona, que doblan papeles y así el payaso es el equilibrista y el gimnasta; y el malabarista es también el trapecista. El show de los payasos no da risa, pero tienen siete tigres amaestrados. Uno de ellos, un enorme tigre blanco siberiano con mejores modales que yo a la mesa.

El asunto no tendría la menor relevancia, excepto por un hecho contundente: hace 32 años que yo no iba al circo. Vamos, ni siquiera al Cirque du Soleil. Hace 32 años mis padres compraron boletos para un circo ruso o algo por el estilo —no me consta nada, pero algo en mi memoria me dice que así era— que, me parece, se presentó en el Palacio de los Deportes. A esa edad yo tenía miedo a los payasos, a las explosiones, a los leones y a los tigres, a que los trapecistas, los equilibristas y el motociclista que manejaba dentro de una esfera se cayeran y se despedazaran. A esa edad yo lloraba a lágrima viva de cualquier cosa. Supongo que con mi berrinche habré hartado a mis padres que habían gastado una pequeña fortuna por esas entradas y que salieron malhumorados en mi contra.

El castigo: 32 años sin circo (lo acepto: yo me alargué ese castigo un par de décadas por voluntad propia.)

El Hombre Araña entró con miedo porque le asustan los sonidos fuertes y aquí la norma eran los altos decibeles para amenizar el show. Pero gradualmente se fue soltando y al final no dejaba de comentar cómo es que uno de los tigres le dio la “mano” al domador al despedirse.

—Es que era su amigo —decía convencido.

Propósito evidente: no dejar que él pase 32 años sin volver a un circo.

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Si y sólo si…

Enero 8th, 2008 by Felipe

El otro día me contaron esta anécdota, demasiado romántica para ser creíble. En todo caso, ocurre en otro siglo, en otra sociedad, cuando aún era factible que historias así sucedieran.

Él era un erudito en estudios grecolatinos, muy célebre por sus descubrimientos, muy adinerado, muy respetado, muy soltero. Cuando le preguntaron por qué no se casaba, decía: «El día que una mujer toque a mi puerta y recite de memoria las Catilinarias en latín; con ella me caso.»

Quién me contó la anécdota no sabe si el soltero exigente era Heinrich Schliemann (1822 - 1890), descubridor del sitio exacto de Troya, o Sir Arthur John Evans (1851 - 1941), descubridor del sitio exacto del palacio de Cnosos, en Creta. Es más probable que fuera este último, porque se dice murió de pena cuando le informaron que los nazis habían bombardeado Cnosos. No ocurrió tal cosa, pero igual él se murió. Imaginemos entonces al personaje adusto, victoriano de origen, obsesiones y moral.

Sus amigos no olvidaron la improbable condición que ofrecía para casarse, y un día hallaron a una filóloga joven que, contra todo pronóstico, se sabía de memoria los discursos que pronunció Cicerón contra Catilina, en latín…

—Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? —empezó a decir ella ante la mirada azorada de todos.

Le dieron dinero suficiente y una serie de instrucciones precisas: viaja a Viena, ahí vas a este domicilio, tocas la puerta y, en cuanto te abra un tipo de tales y tales características, recitas las Catilinarias.

Viajó, llegó al domicilio, tocó, fue recibida por el sujeto que se ajustaba a la descripción y recitó. No tenía idea del motivo de tan extravagante encargo, pero el viaje y el dinero lo justificaban.

—O tempora, o mores! Senatus haec intellegit. Consul videt; hic tamen vivit. Vivit?

Cuando terminó un buen trecho del discurso, el hombre la invitó a pasar, le ofreció te en tacitas de porcelana y en seguida le dio un anillo de compromiso. Se casaron.

Haciendo a un lado lo cursi de la historia, ofrece un buen consejo: no te gastes en buscar pareja. Pon una condición imposible de cumplir y te desentiendes. Lo peor que puede pasar es que un día alguien la cumpla cabalmente. Y si no, nadie en el mundo te merecía.

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01 01 08

Enero 1st, 2008 by Felipe

Hace un año desperté en un hotel en Acapulco. Mi hijo se emocionaba cada hora que pasaba el trenecito y había que llevarlo a la ventana para que lo viera y le dijera adiós. Sé que mi memoria distorsiona y exagera lo que le conviene. Mi impresión era que mi esposa estaba enojada casi todo el tiempo. Pero siendo objetivo, tuvimos ratos felices, como cuando recorrimos el río artificial en una lancha a pedales, o el momento en que el bebé finalmente se animó a meterse al mar. Me hacía feliz verla feliz, pero pocas veces lo lograba.

Hoy desperté en mi departamento de la Roma. Fuera de ruidos aislados en la duela del departamento de arriba, domina el silencio. Encendí la tele. Encendí mi computadora. Vi los comentarios de mi post anterior: no dejó de sorprenderme que básicamente fueran felicitaciones de año nuevo. Por más que los leo no me imagino a nadie que sólo me lee desearme feliz año; pero eso es por mi nula inteligencia emocional, que me impide entender que esas cosas sí pasan y son normales —sin duda por mi pobre IQ emocional es que inicio el año sentado de chinito en la cama, con el canal Sony en la televisión, con mi cuaderno de notas abierto, tecleando en la laptop esto que torpemente intenta agradecer a quienes se tomaron la molestia de pasar por acá a darme abrazos virtuales.

No dejo de pensar que en un universo paralelo, estoy ahora en Acapulco, asomado a la ventana, cargando a mi hijo mientras pasa el trenecito afuera. En ese universo paralelo mi ex mujer y yo solucionamos las cosas de manera más sabia y ella sale también a asomarse.

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Viernes por la noche, día de los inocentes

Diciembre 28th, 2007 by Felipe

No hay nadie en el messenger con quien me interese platicar. En el departamento de arriba están moviendo cosas que golpean la duela de madera. Sólo hay un foco encendido en el pasillo y basta para iluminar mi habitación y la sala. Es poco después de las once de la noche y me entristece dormir solo; es posible que me queden varias horas de insomnio. Podría intentar salir a divertirme, pero no tengo ganas de beber ni de simular extroversión. Hoy fui a comprarme ropa. Debería estar radiante por la euforia que supuestamente provoca el consumismo. Hay ocho cajas en la sala, llenas de libros, los que mi ex me devolvió; no he querido abrirlas. Hoy vi Alvin y las ardillas, sólo la primera hora, tiempo en que el Hombre Araña no quitó la vista de la pantalla; luego se aburrió y quiso salirse. Fui a dejarlo de regreso con su mamá; mañana salen de viaje, se van más de una semana. Mañana voy a comprar muebles; este departamento está vacío. Durante todo el día no fui objeto de una sola broma.

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La última navidad

Diciembre 24th, 2007 by Felipe

De niño solía quedarme embobado viendo las lucecitas en el árbol enceder y apagarse. Mi reflejo distorsionado en las esferas: mi nariz enorme, o mi ojo enorme, o mi boca enorme en un mundo todo curvo. El olor a bosque en la sala. Movía las figuritas del nacimiento para inventarme historias. Esperaba con ansiedad los regalos. Ya no creía en Santa ni en los reyes desde hace años, pero me hacía guaje para no romperles la ilusión a mis padres. Durante dos navidades organicé a mis primos menores —yo era el mayor— con dos cuentos navideños. Habré tenido once o doce años. En el primer cuento el diablo se apoderaba de la navidad y le cambiaba el nombre a Día de las Compras. El segundo era una pastorela trasladada a la época actual en donde en vez de Belén, el niño Dios nacía en Acapulco en plena temporada alta —todos los hoteles estaban llenos y tenía que nacer en un estacionamiento—; para armar la escena final invitaba a dos de mis tíos para que, incautos, encarnaran al burro y al buey. Risas de toda la familia, fotos.

Entonces un día se me acabó la infancia. Si hubiera que ponerle una fecha fue el día en que vi a Liliana, un año mayor que yo, hija de unos amigos de mis padres. Hasta hace unos meses ella era una niña con cara de niña y cuerpo de niña; ese día ya no lo era más y yo caí en la desgracia. Creo que ella nunca lo supo; todo lo que ella hizo fue pasar y mirarme unos segundos. No he vuelto a verla en veinte años.

La siguiente navidad el árbol era de plástico y las series de luces se enredaban en él, caóticas. Las figuras del nacimiento no se movían. Tuve que fingir las sonrisas a la hora de abrir mis regalos. Hacía frío. Pero no iba a caer nieve nunca.

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Las nalgas de Melissa

Diciembre 14th, 2007 by Felipe

(Nota: antes, leer aquí)

Prólogo—
A estas alturas sé que muy pocos podrían creer que un personaje como yo exista. No importa. De un tiempo para acá lo mejor que me ha sucedido son las nalgas de Melissa. Según su expediente, tales maravillas llevan 19 redonditos años en su sitio. Alumna mía de literatura en la universidad, ella quería ser novelista. Eso me daba ciertas ventajas. Me entregó un texto que perpetró en la más pura tradición telenovelesca —sí, escrito con las nalgas— sobre una muchacha rica y buena que se enamora de su chofer, moreno, alto y sensual a pesar de la desaprobación de sus padres que amenazan con desheredarla; lo cual, según refiere esta mamada, no le importa —es decir, a la protagonista—, y deciden fugarse a una isla en el Caribe. Me guardo los comentarios para después. Ellos viven ahí las más felices fantasías sexuales —sólo concebibles tras un periodo prolongado de castidad rigurosa—, para luego ser descubiertos por la policía que los buscaba. Este melodrama me recordó una película italiana de cuando yo era más joven y Melissa no había superado la preprimaria, con esta Ornella Mutti, en las épocas en que a Ornella no le dolía nada. No me acuerdo del título pero el argumento era casi idéntico. Aún siendo benévolo con la ortografía, el trabajo de Melissa daría lástima de no ser por sus nalgas. Lo leí con mucho morbo, debo confesarlo, y en las ocasiones en que Melissa describía a la protagonista, yo no podía evitar pensar en. Bueno en. Nalgas. Y, cuando aparecía el chofer, me imaginaba a mí revolcándome. Y, aunque insulsas, disfruté como si las viviera esas fantasías —“sexuales” no sería la palabra (aunque esa era, seguramente, su intención); iría más algo como “sexoides”— que disfrutaron la chica y el chofer en la islita caribeña. Como en el cuento del “Zahir”, de Borges, sobre los objetos que, al no poder ser olvidados, inducen a la locura, las hemisféricas nalgas de Melissa Weber han logrado modificarme hasta lo irreconocible. Pienso nalgas dramáticas, imagino nalgas en verso, creo comer nalgas al carbón, sueño nalgas nubosas, veo nalgas redondas, oigo las nalgas al atardecer, quiero nalgas al amanecer. En suma, la cordura que yo antes adormecía con alcohol, ahora no es sino una obsesiva caricatura de nalgas persiguiéndose unas a otras, en un reino de nalgas donde Melissa es la monarca absoluta —y constitucional— y yo soy su fiel paje pirulí.

Pero lo extravagante —además del principio de hipertrofia aquel— soy yo. ¡Señores —y esto ya está cobrando carácter de urgente—: tengo treinta y cuatro años, vivo con mi mamá y llevo casi los últimos ocho años buscando que los editores me tomen alguna vez en cuenta con alguna novela! O una fabulita, por lo menos. Tanto literaria, como amorosamente, estoy olvidado. ¡Vamos! No es que me duela la idea de saber que me estoy quedando soltero; pero. Es decir, claro que salgo de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Con algunas alumnas mías y. Una que otra maestra de la universidad, pero. En fin, tantos fracasos amorosos al hilo lo dejan a uno pensando. Como hombre tengo algunas ventajas, claro está: la edad lo madura a uno y lo hace más interesante y nunca nos faltan nuestras eternas enamoradas; pero son, por lo general, casos no muy gratos y sí muy insistentes. El mío lleva por nombre Berta Orozco y mi mamá nosequé le vio que le cae rebién y cree que por lo tanto tengo el deber moral de cumplirle. Digo, Berta tiene más o menos mi misma edad pero ella sí se quedó. Cree que soy la gran cosa como escritor y me corrige y se emociona con mis novelas pero. Como crítica en literatura se moriría de hambre. Después de todo, ella sólo es historiadora. Y me anima, claro. Esto es lo mejor que has escrito y el final. ¡El final! es. Escalofriante. O sea, yo me moría de miedo pero ¡qué erotismo, Aurelio! Sé que una mujer no debiera decirte esto así tan directamente pero, digo, tú eres muy open máind y por eso sé que me entenderás: al leer la escena del lodo yo —imagínense a Berta, por favor, diciendo eso: mirada lasciva, contoneos, respiración alterada—, yo tuve un orgasmo. (Y Berta espera que yo la entienda y le responda tú tienes una gran sensibilidad y yo una gran alberca de lodo en mi casa, vamos Berta, no puedo esperar un minuto más: ¡bañémonos! —que no me oiga—. Podría ocurrir, porque la piscina abandonada del traspatio, con un poco de agua, sería el escenario ideal para la escenita del lodo. Pero si Bertita es fea, enlodada definitivamente daría miedo. Claro que si Melissa. Después de leer a Melissa, me consuela saber que hay gente literariamente mucho muy inferior a mí —a pesar de sus.)

Primer capítulo—
Hace unos meses recibí por enésima ocasión, una diplomática negativa de la editorial de. Les vale el nombre. Estimado maestro don Aurelio Vidal: recibimos la sinopsis y la copia del original de 447 cuartillas de su novela histórica —ya que se ha empeñado en calificarla así— “Roma”, y hemos caído en leerla. Sentimos mucho no poder publicársela, pero consideramos que, dado el prestigio que ostenta usted como maestro, es nuestro deber salvaguardar el honor de su grado académico no ofreciendo al público literario tan grande equivocación. Revise usted mismo, críticamente, sus originales y estará de acuerdo con nosotros. Sin embargo no se desaliente y blablablá. Podría objetar cada línea de esta pinche y anónima respuesta con más de un argumento —grité, mientras Bertita buscaba tranquilizarme. En circunstancias normales la habría rechazado como lo hago siempre, pero ahora necesitaba gritarle a alguien y ella se pintaba sola con tal de tenerme cerca—. De hecho —seguí gritando— esta pinche carta se la pueden meter por. Y, en eso, Melissa propuso sus dos más rotundos argumentos sobre una de las sillas de la mesa contigua. Por. Tengo argumentos rotundos —tragué saliva—. No supe de mí ni menos de Berta, que se habrá alejado luego, como suele cuando dejo de hacerle caso: con naturalidad fingida, aparentemente satisfecha, levemente frustrada y eliminando toda connotación de rechazo por parte mía, porque ella simplemente no soportaría enfrentarlo. Melissa me sonrió y esbozó una pregunta y, mucho antes de formularla, yo ya estaba junto a ella atento a sus demandas. ¿He dicho ya que Melissa Weber es, además de positivamente nalgona, bellísima? Y lo peor es que ella lo sabe y lo utiliza en su provecho. Es tonta, no cabe duda; pero además acentúa su estolidez con pequeñas sandeces fáciles de corregir —me pregunto si no lo hará adrede— que siempre motivan a seguirla corrigiendo. O también le da, a veces, por sentarse sobre alguna regla o lápiz, como descuidadamente, erguida hacia adelante —lo que produce una curiosa erección del lápiz o la regla contra la silla—, lamiendo, que no chupando, su tutsipop, apoyando todo el peso de la breve cintura en sus caderas, comiéndose el lápiz entre la raya de su pantalón como si aún no lo supiera, pero volteando divertida para ver si nosotros ya nos dimos cuenta de su travesura. O a veces se sienta en el escritorio, dándome su perfil voluble, cruzando lentamente la pierna y me pregunta con su tierna delgada voz sobremimada si su poema está bien, si su cuento también y yo apenas leo sus tonterías, le corrijo con amabilidad sus incoherencias y espero paciente su sonrisa.

Así fue hasta hoy, porque mi fracaso literario me decidió. Si no seré escritor, por lo menos pondré esas nalgas en mis manos, me dije. Y entonces tuve la ocurrencia: cambié un poco los hechos menos gratos: el rechazo editorial, la carta o mi depresión y le dije que justo había terminado mi novela y necesitaba celebrarlo con ella. Así. Directo. Seguro. Conciso. Como si poco importara el tema o fuera lo más frecuente en mí, le conté que ella había sido mi musa, y que el libro estaba dedicado a ella. Quizá fue lo rápido de mi planteamiento, el factor sorpresa, la convicción en mis palabras, su ignorancia o su ninfomanía reprimida, pero vi que brillaron sus ojos, que se acercó a mí y que me besó. Fue cerca de la boca y no duró más de dos segundos, pero fue sincero, húmedo, y fue de Melissa.

Aunque mi madre me regañó en cuanto regresé a casa, algo pasadas las tres de la madrugada, aunque supe que Berta lloró amargamente aquella tarde cuando supo que salí, aunque Melissa me resultó aburrida, aunque ella nunca lo notó dándome demasiados cariños y viviendo en la idea de ver su nombre inspirador en las páginas inaugurales de “Roma”. Aunque la cena fue barata porque no soy de dinero y ella me invitó luego el café, aunque fue la noche en que más cerca ha estado de mí. Aunque soñé con ella toda la semana siguiente y mi obsesión por sus nalgas es más intensa que nunca, no logré en ese lapso tener aquellas nalgas en mis manos.

A partir de entonces, y como se acostumbra en las historias convencionales de amores a oscuras, entre Melissa y yo surgió una especie de sórdida complicidad en donde parece decirse todo pero nada puede mencionarse, se entiende todo pero no se piensa en nada. Ella todo lo decía con sus nalgas: si estaba feliz, esperanzada, triste, reflexiva, locuaz, cariñosa o enojada. Yo lo decía todo entre líneas. Y así anduvimos durante tres o cuatro días.

Último capítulo—
Pensé entonces que el silencio ya había sido suficiente. Mientras calificaba los trabajos, en el suyo escribí un mensaje pidiéndole que nos viéramos. No pude seguir calificando por nerviosismo y pasé el resto de la noche dibujando nalgas. Llené como veinte hojas de block con nalgas en diferentes posturas y perspectivas, en tinta, lápiz, crayón. Bertita se encargó de encontrarlas en mi portafolios al día siguiente. Como según ella ya me había perdonado mi desliz de hace unos días —y como no supo o simuló no saber que Melissa era la susodicha—, miró, remiró y acomodó en la mesa mis garabatos, para verlos todos juntos. ¡Son puras nalgas!, dictaminó audible. Yo procuré mirar para otro lado, fingir demencia y todo eso. Más de una persona estiró la vista para admirar las nalgas, como si Melissa las mostrara. El más insistente fue Ramiro, historiador del arte, que de plano se sentó, tomó y estudió uno por uno mis dibujos con miopía para sentenciar: ¿Melissa?

Dicen que el que calla otorga, guardé los dibujos, pedí permiso, y me fui.
Melissa recibió mi recado en silencio. Lo leyó sin mirarme mientras yo entregaba los trabajos con estudiada frialdad al resto de mis alumnos. Creí que lo guardó porque la imaginé discreta. Me equivoqué. Cuando ni ella ni su amiga, ni su otra amiga, ni su amigo, ni los demás pudieron contener la risa, supe que Melissa misma se encargó de mostrárselo a todos. Como cualquier profesor que descubre el acordeón en un examen, caminé en dirección del tumulto, recogí el papel y, procurando que Melissa me viera —y me vio, la muy cínica—, lo guardé en el portafolios. Al final de la clase, o ella tardó en salir, o todos los demás se fueron muy a prisa, pero quedamos solos. Se agachó —intencionalmente, puedo jurarlo— para guardar sus cosas, exponiendo sus divinas nalgas a mi consideración. Levantó su bolsa y pasó retadoramente cerca de mí. La detuve. Sin decirle nada, cerré la puerta del salón, saqué los dibujos, y se los fui enseñando uno por uno, nalga por nalga. Eres mi musa, Melissa, lo siento. Hay sonrisas inolvidables por encantadoras; la que Melissa sugirió con mis dibujos fue inolvidablemente ambigua. Ahí había decepción, alabanza, odio, alegría, estupidez, tristeza, ira, belleza. Me regresó los dibujos, me musitó las gracias, titubeó y caminó hacia la puerta apretando el trasero. Me gustan tus nalgas Melissa, quédate: no podría vivir sin ellas. Melissa, entonces, se detuvo de golpe. Por favor quédate, eres lo más hermoso que he conocido. No sé si por el miedo o para facilitarme las cosas, Melissa dejó caer su bolso y su chamarra. Eres más intensa que un verso de Sabines, más erótica que el Cantar de los Cantares, más salvaje que la Consagración de la Primavera, más clásica que la Venus de Milo, más bella que todas, Melissa, Dios moldeó tus nalgas a mano, por favor, no te vayas: las necesi. Te necesito. Ahí estaba Melissa. Inmóvil. Con el culo bien firme y un nudo en la garganta. Me le acerqué, la tomé de la cintura y comencé a besarle el sudor frío del cuello, apretando mi pantalón contra sus nalgas; respirando frenéticamente. Vámonos de aquí, a un hotel o algo, ya no puedo, tus, tus. Era una niñita abandonada, y yo le golpeaba sus nalgas duras con mi verga dura bajo el pantalón. Le tapé la boca cuando quiso gritar y, entonces. Entonces. Entonces. Entonces sentí su lengua mojada y viva lamerme los dedos en círculo, muy lentamente. Sentí su mano rencorosa agarrarme la verga. Sentí su saliva tibia en la palma de mi mano. Sentí miedo y algo más obsceno que el vértigo que recorrió mi espinazo; y flaquearon mis piernas cuando entendí que ella bajaba mi bragueta.

Eyaculé.

Y me mordió la mano. Me pisó. Me pateó. Me rasguñó. Me picó un ojo. Y corrió. Ya a distancia, en el anonimato del pasillo, comenzó a llorar y a gritar —y gritaba me viola, me viola. Fingía; pero parecía niña abandonada en un supermercado.

Epílogo—
Cosas de esta vida-comedia-de-errores. Después de ser condenado a no volver a trabajar como profesor, me enteré que el papá de Melissa era dueño de la importante empresa editorial, cuyo nombre a ustedes les vale pero pueden averiguar, y que le había publicado una novela titulada “Roma” que, sabemos, Melissa nunca escribió. Lo demás ya es historia que todo mundo conoce: Melissa Weber, con “Roma”, ganó un premio nacional de novela light joven, mucho sobado prestigio, respeto y consideración, incluyendo la filmación de la película en donde la famosísima secuencia del lodo se volvió lugar común en toda discusión snob que se precie de serlo. Estoy obligado a no quejarme si quiero entrar limpio de pecado al reino de la gracia del señor Weber y de la pompa y circunstancia de su hija que me obliga, desde entonces, con ese su habitual involuntario chantaje de glúteos, a ser su paje pirulí escribiendo, sin cesar, cuentos y melodramas que serán firmados por ella hasta que mi impaciencia derrote mi obsesión y decida marcharme bajo la pena máxima de perder la posibilidad de ver sus nalgas —la esperanza es lo último que muere.

Por eso despierto delirando: algún día tendré esas nalgas en mis manos, algún día, lo juro, aunque estén en formol.

(México DF —1994)

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Prefabricados

Diciembre 1st, 2007 by Felipe

Estuve toda la tarde armando muebles para mi departamento. Dos armatostes con repisas y cajones de esos que venden en Home Depot y que desde cualquier distancia se ve que son muebles baratos.

Horas claveteando, atornillando, martillando y siguiendo instructivos, y me sentí inteligente porque finalmente pude armarlos y quedaron sólidos.

Pero llevo desde que amaneció sin hablar. De mi boca no ha salido sonido alguno. Por momentos pensaba que el armado de muebles hubiera sido más sencillo si estuviera alguien conmigo. Que habría sido mucho mejor compartirlo.  Me entró la nostalgia.

Me acordé de esos días en los que mi ex y yo estábamos montando nuestro depa. Imaginé que estaba conmigo y me pasaba los tornillos y me regañaba porque yo no lo estaba haciendo bien y me sentía poco inteligente. Nos peleábamos.

Hasta en la nostalgia permanece esa violencia.

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Paseo dominical

Noviembre 12th, 2007 by Felipe

Los dinosaurios se alzaban en medio de los trenes. Hacían ruidos guturales y nos miraban con sus ojos amarillos. Ramoneaban unas hojas, no parecían hacernos mucho caso. Pero el tiranosauro sí se molestó: en cuanto entramos en su territorio, abrió sus fauces y lanzó un rugido.

—¡Qué miedo! —dijo el Hombre Araña; y realmente estaba aterrado, temblaba.

Las dos cosas favoritas de su mundo estaban ahí, a la vista, y gigantescas. Y por primera vez las veía como eran. ¿Los trenes eran realmente tan grandes? ¿Los dinosaurios eran más grandes que la gente?

—No tengas miedo —le dije—. Yo te cuido.

Huyendo del tiranosaurio, el Hombre Araña se enfrentó a un dilema grave: la vía del tren terminaba a los pocos metros en la pared de una choza de lámina.

—El tren va a chocar cuando camine —dictaminó.

Una hora más tarde, vimos a los peces de la laguna pelearse por la comida, agitando las aguas.

—¡Mira los peces! —le dije.

Y el Hombre Araña, consciente de todos sus superpoderes, me dijo:

—No tengas miedo, papá. Yo te cuido. Si te caes al agua, yo nado rápido y te cuido.

Lo seguí cargando en los hombros hasta que llegamos al auto.

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La persistencia de la memoria

Noviembre 7th, 2007 by Felipe

No voy a hablar de relojes derretidos —o tal vez sí; las horas son maleables, siempre el tiempo es una broma. Una noche de eternidad por una eternidad de silencio.

Sueñas lo que sueñas porque la mente no se engaña.

(No intenten entender lo que digo. Todo lo que he escrito siempre ha sido para que lo lea una sola persona.)

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Asesinatos

Octubre 13th, 2007 by Felipe

Amas a una persona, la deseas, futurizas con ella. Pasa algo o una serie de pequeñas negligencias, y prefieres tomar distancia para que no te haga más daño. Esto puede ser de por vida a veces. Como si mataras.

Intenté hacer la cuenta de personas que he matado así, o que me han matado. Perdí la cuenta.

O medio nos hablamos y medio nos saludamos y medio nos da gusto saber del otro, pero por lo bajo, esa disonancia del “yo sé que tú sabes y tú sabes que yo sé que esto ya no era lo de antes y que es una tristeza que así sea ahora”. Lo inquietante es que nadie lo dice. Nos hablamos, va, seguro. Pueden pasar años.

En el fondo no quise matarte. No quería que me mataras. No pudimos evitarlo.

Me voy asesinando todo el tiempo: maté al que fui de niño, maté al que fui de adolescente, maté al que se enamoró, maté al que estuvo casado…

¿O sólo me pasa a mí porque no tengo inteligencia emocional?

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Fe de erratas

Septiembre 29th, 2007 by Felipe

Rectifico: las mujeres de Cali no sólo son hermosas, son involvidables, y aquél que tenga la dicha de tomar a una caleña por la cintura y llevarla a la pista al compás de una salsa, puede volverse a su país y nunca alejarse de esos ojos oscuros y enormes que, sin parpadear siquiera, le dijeron “quédate”.

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La hora de crecer

Septiembre 28th, 2007 by Felipe

Anoche estaba azotado y escribí este post, pero no lo publiqué:

Pensé que a mi regreso de Cali iniciaría mi nueva vida, que Colombia sería el umbral y que bastaba con cruzarlo —era un pensamiento ingenuo; pero me sirvió durante semanas.

Me siento un niño de tres años tratando de entender qué pasa, cómo se mastica el mundo. No sé bien. Me equivoco mucho. Me adelanto a las cosas, quiero controlarlas y entonces las pisoteo. He usado todos mis blogs para lanzar preguntas mal formuladas que siempre han sido mal respondidas.

Ahora me toca crecer. Y eso pasa por entender que no somos personajes de ficción aunque me empeñe en ver mi vida como una novela porque de otra forma no sabría manejarla. Igual es evidente que la manejo como un cafre. Pasa por saber manejar las emociones. Pasa por saber dominar el miedo.

Esas son mis emociones y no sé qué hacer con ellas.

•••

Luego me fui a cenar. Mi compañera en la cena me hizo un somero estudio de mi constelación familiar: el lugar que ocupo yo respecto a mi familia, lo que determina a nivel inconsciente mi manera de reaccionar ante las cosas, ante el mundo.

Fue curioso el resultado: en efecto sigo siendo un niño de tres años intentando llamar la atención de mis padres.

Ahora me toca crecer.

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Noticias de la musa

Septiembre 19th, 2007 by Felipe

Mandó una foto. El semblante abatido. Los ojos cansados. Las manos soportan el peso de su cara.

Dice que no quiere tener poder sobre mí. Le explico que no hay remedio.

Quiere irse del país. Quiere irse cuanto antes. Tampoco hay remedio para eso.

Me bastaría un chasquido de dedos para despertar. Pero la persona que me hipnotizó está lejos, en otra ciudad, al otro lado del océano.

Sólo queda escribir cualquier cosa. Algo tonto como esto.

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Invisible

Septiembre 5th, 2007 by Felipe

Inauguración de una expo de fotoseptiembre. Tengo un vasito plástico de mezcal en la mano. Pláticas breves y apresuradas con algún conocido: se percibe que la conversación es una mera formalidad. Al menor pretexto el interlocutor se dará la vuelta y se perderá entre la gente. No hay despedidas.

Miro las fotos expuestas. Ninguna me gusta. Miro a los asistentes. Me pregunto si me veo como los que tienen mi edad: vestidos como veinteañeros, pero con la cara ajada, algunas canas, los anteojos. Me temo que sí.

Busco entre la gente algún rostro que me llame. Unos ojos de mujer. Un cuerpo. Pero en ninguno encuentro un reflejo: soy invisible. Siempre me pasa en situaciones así. Nadie nota que me voy volviendo transparente y luego invisible.

Miro el vaso flotante de mezcal. Lo dejo en la barra. Los libros de ciencia ficción no lo dicen, pero la invisiblidad tiene algunos efectos secundarios. De entrada te da la peor perspectiva de todas: la objetiva. Así que dejo de ver la belleza ante mis ojos, si es que la había, y ahora veo sólo primates. Homínidas con maquillaje en el rostro y el cabello recortado en formas antinaturales. No me gustaría estar con ninguna de ellas. Pienso entonces que en realidad no he estado buscando a ninguna mujer en estos días. Sólo las añoro como un postulado teórico, como una idealización etérea. Por ahora las mujeres reales, esa certeza de calor y piel, no la concibo.

Entonces descubro a una joven que mira fijamente, con ojos humanos, en la dirección en la que me encuentro, como si sólo ella pudiera verme. Pero es sólo una fracción de segundo. En seguida se va con un hombre. Se besan. Entre un beso y otro vuelve a mirar en dirección al hueco que dejo entre la gente.

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A la conquista

Agosto 27th, 2007 by Felipe

Mis primeras incursiones fueron en las recámaras. No opusieron mucha resistencia y rápidamentre pude imponerles camas, tele y buroes. Aún hay algunos focos guerrilleros en los closets, pero confío en que los derrotaré pronto.

Por ser estratégico, el baño fue atacado rápida y sorpresivamente con un tubo curvo para la cortina de la regadera, una de esas canastillas metálicas para la ducha y un cesto para la ropa sucia. Y la invasión aún no termina: en unos días más el inodoro tendrá encima uno de esos muebles con repisas para poner chunches, toallas y eso.

La cocina no ha sido fácil de someter: sigue vacío el hueco del refri y no tengo microondas. El frente de batalla reporta, sin embargo, que ya empezó la invasión de la alacena y que las repisas para los platos ya están ocupadas casi al cien.

La sala y el comedor, por otra parte, siguen siendo tierra de nadie: están desoladas, sólo ocupadas por las polillas que medran bajo la duela.

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Mudanzas

Agosto 24th, 2007 by Felipe

Mañana duermo en mi nuevo departamento. El colchón está en el piso. Caminas y se oyen los pasotes por la duela de madera. No hay muebles en la sala. Ni una silla. Me regalaron el colchón, la tele, un estéreo que lee los CDs cuando anda de buenas, dos buroes viejos y otra cama individual. Me van a regalar unos pufs. Quizá me regalen una mesa. Tal vez un centro de lavado. No tengo cortinas. Mañana compraré el kit básico de supervivencia: sábanas y cobijas, una plancha y un burro de planchar, cortina para el baño, cosas para el baño, focos, cubiertos, platos, vasos. Etcéteras. ¿Se me olvida algo? Ya encargué el cablevisión y el internet. Mañana encargo las cortinas. Voy a vivir como estudiante pobre por tiempo indefinido.

Se aceptan donaciones.

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Enfermedades del corazón

Julio 16th, 2007 by Felipe

Especialistas de todo el mundo se han reunido en el simposio “El dilema amoroso actual: insistirles o ignorarlas?.

Cabe mencionar que la mitad de los ponentes se pronunció a favor de una estrategia de frialdad que, según sus estudios, muy bien documentados, las hace trastabillar al cabo de unas semanas, el ego herido, y empiezan a buscar a aquel que las ignora.

La otra mitad, por el contrario, optaba por una actitud más activa: insistir hasta hartarlas. Al principio es posible que te odien, argumentaban, pero pasado un tiempo terminan por ceder, quizá más por cansancio que por otra cosa.

La discusión fue subiendo de tono entre los catedráticos, quienes abordaban los tópicos de si la labia anula los efectos de la belleza física, o si la solvencia económica anula todo lo anterior.

Finalmente, el especialista de Japón, Nioruky Takahashi, lanzó su tesis doctoral: lo mejor es cambiar de pareja si la dama en cuestión no se deja. Eso sí, indispensable, buscar que sea más delgada.

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