Nos dibujaron el mundo a la mitad. Nos engañaron. A hombres y mujeres.
A los hombres nos dijeron que seríamos el sostén del hogar, cosa que no nos hacía especialmente felices, pero así era el guión y se esperaba que desempeñáramos el mejor papel. A ellas, que eran princesas, que merecían todo y que cuando crecieran encontrarían un marido con el que formarían un hogar y tendrían hijos y electrodomésticos. Por eso les regalaban atuendos de princesa, bebés de vinil y estufitas de plástico rosa.
Más tarde, la economía se complicó y las revistas de mujeres modernas informaron a sus lectoras que por fin podían considerarse liberadas: habían conquistado una serie de derechos que jamás soñaron sus bisabuelas, como el derecho a trabajar igual que los hombres. Nunca se lo habían planteado, pero ya que lo mencionaban, no sonaba tan mal; sobre todo porque, salvo asediadas excepciones (que por lo tanto eran mujeriegos), la gran mayoría no ganábamos ni para matenernos a nosotros mismos. Eso sí, la vida laboral se hizo más divertida, con posibilidades de ligar, igual que en la escuela.
El paquete completo incluía encontrar pareja, costear una boda que vagamente recordara a las de la realeza pero incluyera cumbias, y luego procrear.
Ahí el sistema se cae. Los planos no funcionan hasta este punto. Especialmente para las mujeres (aunque nos llevan en su derrumbe). No hay muchas opciones: a) la mujer realmente es la Mujer Maravilla que puede con trabajo, maestría, niños, marido y vida social en forma eficiente, sin conflictos y todavía es capaz de practicar el spinning para además estar estupenda, b) la mujer renuncia al trabajo, porque literalmente no puede con un chamaco que le consume las energías, c) el hombre renuncia a su trabajo y hace de ama de casa d) usan a los abuelos sin importar que ellos tienen vida propia e) se consiguen una niñera y la madre cumple con todas las expectativas de la mujer moderna —aunque a costa, irónicamente, de otra mujer, que por un módico sueldo cuidará a los vástagos.
Bien, toda esta reflexión sexista surge por un sólo motivo: a la madre de mi hijo se le fue la niñera. Esto es una emergencia. Repito: una emergencia. Urge el dato de una que sea absolutamente confiable. Lectores y lectoras de este blog, ya sé que no suelen tener hijos ni saben de estas cosas, pero si conocen de una, escríbanme y seré un papá agradecidísimo.
(Y si quieren perorar mejor sobre la condición humana, o mi pobreza de criterio producto de mi ceguera machista, etcétera; son también bienvenidos.)