(por definir)

Pseudo blog pseudo literario y pseudo filosófico (favor de no escupir la pantalla al decir “pseudo”)

 
••••••••••••••••••••••••••••••••• MI ANTIGUO NICK ERA “OXIDENTE”, PERO ERA ÑOÑÍSIMO

Archive for the 'Teatralidad' Category

La niña

Junio 11th, 2008 by Felipe

De madrugada, en esta oficina, se aparece una niña de vestido blanco.

—Ya me voy —dice la Editora X o la Editora Y—. No quiero quedarme y que se me aparezca la niña.

Es un fantasma posible. Hasta ahora sólo he presentido adultos de caras grises, sentados en las sillas frente a mi escritorio, viéndome. (Volteo y no están, ya antes había posteado sobre eso.)

He oído que en otros edificios corporativos de la zona también se aparecen niñas. Como si las pequeñas tuvieran prefrencia por los workaholics.

Tal vez debajo de cada construcción moderna —entre la cimentación— esté el cadáver de una niña sacrificada para beneplácito de dioses secretos. Por las noches sale a recorrer los pasillos, buscando a su mami —puedo imaginarme el sufrimiento.

Tal vez sea menos sangriento. Es sólo la culpa de los que nos quedamos, personificada (pudiendo estar con los hijos, nos quedamos aquí hasta tarde, cerrando la edición).

—Ven a jugar conmigo, papá.

No hay nadie. Pero oigo sus pasitos en la alfombra. Los que han visto a la niña dicen que tiene la cara destrozada, como si le hubieran dado con un mazo. (A los pocos días los despiden del trabajo. No se vuelve a saber de ellos.)

Category: Teatralidad | 2 Comments »

El hombre-botarga

Mayo 14th, 2008 by Felipe

Él no es un hombre metido en una botarga. Él es una botarga. La diferencia entre lo primero y lo segundo no es nada sutil.

El primero termina su jornada laboral —en la que básicamente movió las manos, saludó niños pequeños y se balanceó dando saltitos—, se quita su disfraz y se va a casa. El segundo no puede hacer eso porque no es un disfraz; él es una botarga.

El día que el primero fue rodeado por unos adolescentes que corrieron a toda velocidad contra él para derribarlo y volverlo a derribar, fue el peor de su vida; pero aún cuando le sacaron el aire del estómago y no podía respirar, tenía una esperanza: lo trataban así por culpa del disfraz; si se quitara ese disfraz volvería ser el hombre de siempre. Cuando eso le sucedió al segundo, fue hace muchos años y apenas era un niño: los chicos de la escuela lo rodearon y lo derribaron. Por años lo siguieron haciendo. El niño-botarga no pudo sino maldecir el día en que nació botarga, de mami-botarga y papi-botarga. Eso lo recuerda ahora el hombre-botarga con tristeza, pellizcando su piel de fieltro.

El hombre metido en una botarga está enamorado de la cajera, una chiquilla con brackets que hace la tarea cuando no llegan clientes. El hombre metido en una botarga sufre porque cuando termina el turno, a las seis en punto de la tarde, viene el novio de la cajera y ella se pone feliz y se la lleva. Él la sigue hasta que dan vuelta en la esquina y siente una punzada en el abdomen.

El auténtico hombre-botarga, en cambio, no sufre de esas cosas. Su vida es más simple, sólo tiene una motivación: vender una marca de pasta dental. La misma marca que lleva en su redonda panza desde niño. Si un cliente llega y compra esa pasta de dientes, él se pone feliz y brinca y saluda al cliente con la mano, y lo mira desaparecer al dar la vuelta en la esquina. Entonces se siente completo, realizado.

Category: Teatralidad | 8 Comments »

Fake plastic girl

Mayo 1st, 2008 by Felipe

Ella estaba muy orgullosa de poder demostrar sus sentimientos. Se sentía única en su especie. Reía, por ejemplo. Luego lloraba. Se enojaba. Se excitaba. Me amaba con desmesura. Dos horas después me odiaba, me despreciaba. Al día siguiente me amaba de nuevo, como si nada hubiera pasado. Nunca su emotividad fue estable. Al principio me fascinaba, luego empezó a aburrirme. Debo confesar que yo le tenía prejucio. Creí que sería tonta. Que sus motivaciones serían simples. Que su manera de amar sería mecánica, predecible. Me equivoqué. Resultó tan endemoniadamente compleja como una de verdad. No sé qué algoritmo la dominaba. La había elegido pelirroja, delgada, bonita. Di el número de mi tarjeta y luego esperé, arrepentido de haber desembolsado tanto. Tres semanas después llegó la caja. Dentro, un armazón de metal, plástico y hule y, en una bolsa, la piel y la peluca que iban a cubrirla. Pasé un día embonando las piezas. Le puse los ojos negros. Le coloqué la piel y la miré apagada. Me gustaba. Me gustaba mucho. Oprimí sus senos y se sentían verdaderos. Suspiré. La dejé recargando baterías toda la noche. Al amanecer me despertó con un beso y un saludo en japonés; tardé toda la mañana en reprogramarle el idioma. Me preguntó sobre qué me gustaría conversar, ella dominaba todos los temas. Yo le dije que por ahora sólo quería cogérmela salvajemente. Terminé de decirlo y me arrojó al piso, me rompió los pantalones y se montó encima de mí. Después no me acuerdo de mucho. Creo que grité, que se me fue el aliento varias veces. De algo estoy seguro: su peso, la temperatura y el tacto de su piel, la sudoración, la respiración, los jadeos y el sabor de sus labios eran hiperrealistas.

—No paré de venirme —me dijo—. Eres un dios, papi.

No le creí. Tampoco pasaron muchos días para que yo estuviera perdidamente enamorado de ella. Imaginé mi futuro envejeciendo a su lado. Una noche me atreví a decirle:

—Eres la —dudé en usar la palabra— mujer que siempre soñé.
—¿Sí? —sonrió—. Como quieras.

Nos alumbraba la lamparita del pasillo. Ella estaba recargada en un hombro. Me miraba a los ojos, pasaba su índice por mis labios. Luego cambió de ánimo. Resopló y me dijo:

—No me ha bajado.

Creí escuchar mal. Volvió a decírmelo.

—¿No me oíste? No me ha bajado.
—Pero a ti no te baja.
—Es lo que te estoy diciendo: no me ha bajado. ¿Qué no me entiendes? ¿Eres tonto? —y ya estaba enojada.

A las tres semanas de vaivenes emocionales (le bajó a los dos días, yo no podía creerlo), llamé a los fabricantes. Larga distancia a Okinawa. Aquí era de madrugada; allá eran horas laborales. Intenté hacer entender en mi pobre inglés el problema. El inglés de mi interlocutor era peor que el mío. Entonces sentí su aliento detrás.

—¿A quién le hablas, amor? —su voz sintética.

Tuve que colgar. No quiero hacer la historia larga. Ella empezó a ponerse paranoica. Comenzó a celarme, a decirme que sólo quería devolverla. La relación se enfrió. Ella estaba malhumorada todo el tiempo. Dejamos de tener sexo, de sostener esas largas conversaciones sobre cine, etimologías, psicología. Un día, enfurecida porque según ella ya no le hacía caso, empezó a ofenderme con el peor insulto que conocía:

—¡Eres como un robot! ¡No tienes sentimientos, no eres capaz de entender lo que me pasa! No, no, eres peor que un robot… ¡Cómo puedes ser tan insensible!

Por un segundo me hizo dudar: quizá tenía razón y era a mí a quien habían implantado los recuerdos. Esas cosas mejor las bloqueo. Al día siguiente volvimos a discutir durante el desayuno. Yo salí a trabajar y al volver ella ya se había ido de casa. La extraño un poco, pero menos de lo que pensé. Sobre todo siento su ausencia cada mes, cuando me aparece el cargo en la tarjeta de crédito.

Category: Teatralidad | 10 Comments »

Arte contemporáneo

Marzo 30th, 2008 by Felipe

El artista-conceptual recolectó cabezas de cerdo provenientes de taquerías callejeras y las puso en charolas de metal. Ciento cuarenta y cuatro cabezas de cerdo, con sus ojitos sumidos, su boca a la mitad de una mueca, olor a fritanga. Encima de cada una de las cabezas, dispuestas en un cuadrado exacto de doce por doce en el piso de la galería-vanguardista, había una lámpara de taquero, de esas que usan para mantener la temperatura. Como son lámparas de alto wattaje, fue necesario acondicionar la instalación eléctrica. Pero eso lo pagaba el coleccionista-exquisito. Un programa de computadora controlaba esos focos, que se prendían y se apagaban alternativamente, dando la impresión de una discoteca. La pieza se llamaba “Oferta y demanda”.

El crítico-de-arte miró la instalación con aire de haberle caído mal los tacos que se comió en el puesto de la esquina. Luego habló tres palabras con el artista-conceptual y con el curador-vanguardista. Le explicaron que el juego de luces estaba en línea con la bolsa de valores: si pusieran varios de esos cuadrados uno al lado del otro hasta formar una línea larga, se podrían leer las fluctuaciones de las acciones conforme aparecen en el índice de precios y cotizaciones. Volvió a darle vueltas a ese cuadrado. La cara de uno de los cerdos le recordó la de su mamá. Se despidió de beso del artista-conceptual y del curador-vanguardista.

En casa, encendió la computadora y escribió un texto en automático. Buscó en la enciclopedia nombres de economistas importantes y los introdujo al texto. Alabó la inteligencia del artista. Determinó los derroteros del arte para las próximas décadas. Decretó la muerte del arte tradicional con esa pieza. Salvó el texto y se fue a dormir.

Soñó que estaba posando desnudo para Goya. Goya se reía de él. Goya tenía la cara de su madre. Él le reclamaba: un pintor no puede reírse de mí, yo soy el crítico. Goya seguía riendo, en cuanto intentaba dar una pincelada, la carcajada lo vencía.

Despertó con dolor de cabeza. Releyó el texto en su computadora. Intuyó que había un timo en todo esto. Pero no supo ubicar en dónde.

Category: Teatralidad | 9 Comments »

Y luego uno va y lo postea

Marzo 26th, 2008 by Felipe

La escena donde Humbert Humbert se asoma en el jardín y mira, por vez primera, echada en bikini entre los aspersores de agua del jardín, a la nínfula Haze. El verso en el que Romeo descubre a la hija de la familia rival entre los convidados a la fiesta (What lady is that, which doth enrich the hand of yonder knight?). El párrafo donde Raskolnikov mira por vez primera a una jovencita prostituta y enfermiza y se compadece.

Mientras uno lee, se presiente que ahí está el encuentro definitivo. Páginas adelante uno constata que esa intuición era correcta.

Como leo más de lo que vivo, he adquirido el vicio de imaginar mi existencia como una narración. Cualquier encuentro fortuito de la vida real lo confundo con su equivalente literario. Pero casi siempre la intuición me falla: la de ayer no fue Lolita; tampoco la de la otra vez fue Julieta, ni la del otro día era Sonia…

Con tal de poder narrar la propia vida como si fuera una gran novela, uno desiste de la grandilocuencia, y opta por el tono hiperrealista, que es cínico, desencantado, pero al menos sigue siendo literatura:

Cuando la miró por vez primera en la cafetería le disgustó que utilizara esos anteojos. Hablaron y ella dijo que tenía depresión crónica y dos hijos adolescentes que, sospechaba, le robaban dinero. Tampoco era bella. Aún así la invitó a salir. Al menos sabía que una mujer así no iba a rechazarlo.

Etcétera.

Category: Teatralidad | 11 Comments »

Cuando tenga cincuenta

Febrero 27th, 2008 by Felipe

El pastel de cumpleaños sobre la mesa, despedazado. Su mujer lloraba en el cuarto. La sala a oscuras. Únicamente se iluminaba con los faros de los coches al pasar. Una cartulina colgaba en la pared. Felices 50, te adoro. Se levantó pesadamente del sofá de la sala y caminó hacia la puerta.

—Mañana mando por mis cosas —dijo a su mujer.

Ella no lo creía. Incluso se ofreció a ayudarle a empacar. A él le recordó cómo ella le planchaba las camisas cuando salía de viaje de negocios; la maleta perfectamente ordenada.

—Pero son veintiseis años —dijo ella, la última sílaba salió más aguda por el llanto.

Miró la puerta de la habitación de su mujer. Encerrada. Imposible saber si dormía, si al despertar lo buscaría en la cama. Salió y tuvo que dar un portazo: la puerta ya no cazaba con el marco.

—Necesito vivir —dijo él.
—Estuviste viviendo conmigo.
—Eso no era vida.

***

—¿Qué te dio risa? —me pregunta la psicóloga.
—Nada, no… me quedé pensando que ese hombre de cincuenta años que deja a su mujer para irse a vivir lo que no vivió…
—Tú hiciste algo parecido.
—Sí, bueno…
—Y no se vale, ¿estás de acuerdo?
—Pero qué podía yo hacer. Mi vida era un. Me faltó vivir muchas etapas.
—Lo que hiciste ya lo hiciste. Evita que a los cincuenta vuelva a pasarte.

Category: Teatralidad | 14 Comments »

Imitación de la vida

Febrero 21st, 2008 by Felipe

No tuvo amigos hasta los 12 años. No era algo que le preocupara especialmente. Sus papás a veces se recriminaban el uno al otro por eso. La ventana de su habitación daba a la calle y desde ahí miraba a los niños de la calle jugar futbol, dar de saltos en las bicicletas, pelearse a golpes.

A los 22 fue la primera vez que besó a una mujer; un beso que quedó registrado en video. La joven deslizó su lengua entre la lengua de él; él no se lo esperaba. Nunca volvería a verla.

Su primera relación sexual fue hasta los 24. Estaba enamorado. Llevó a su pareja frente al espejo para que ella se viera desnuda.

—Mírate —dijo él, ella se cubría los senos con la mano—. Eres hermosa.

La relación sólo duró unas semanas más.

Se casó a los 28 años. Prometió fidelidad en lo próspero y en lo adverso. Cumplió su promesa durante una veintena de meses.

Murió a los 35, cuando su único hijo cumplía tres años. Fue un accidente de auto. Sintió el golpe, un dolor agudo, una oleada de calor; luego la nada.

Su ex mujer, que se había quedado con su computadora, se sentó a leer los textos que dejó en el disco duro. Luego los borró. Una frase se le quedó en la mente. Esa frase da título a este relato.

Category: Teatralidad | 6 Comments »

La inquilina

Febrero 5th, 2008 by Felipe

Son las cuatro de la mañana y me despierta el serruchar uniforme de ronquidos. Tardo un rato en separar el sueño (seguramente algo tan incoherente que no dejó recuerdos) de la realidad. El ruido persiste.

Semanas atrás mi vecina me pidió hospedar en mi depa a su amiga: una actriz o bailarina o modelo —no sé, aún no lo tengo claro— rubia, sonriente, esbelta y desprejuiciada de veinte años; brasileña o alemana o algo así. Debe entenderse algo: cuando me lo pidió yo estaba soltero, así que accedí de inmediato.

Llegó la semana pasada, con todo su tambache de ropas livianas y adornos que dispuso en el buró. Me abrazó con fuerza inusitada y pude percibir su perfume. Me dio las gracias y un beso.

Nunca hacía ruido. De hecho jamás la veía. Sabía de que estaba viviendo conmigo porque un día dejó una toalla húmeda en una ventana, porque su montón de ropa cambiaba de orden, porque en el baño había otro cepillo de dientes, el suyo, y cremas faciales.

Pero su silencio diurno parecía tener compensación nocturna: qué manera de roncar.

Hoy por la mañana la vi, recién bañada, radiante. Al sonreír ella produce ese defecto de las viejas transmisiones televisivas en blanco y negro que dibujan el trayecto de las fuentes luminosas. No podía imaginarla roncando. No de esa manera. Vamos, es sabido que mujeres así ni siquiera van al baño nunca; tienen otro tipo de metabolismo que se supone disuelve y hace etéreo lo que consumen.

Hablamos de tonterías, y yo no sabía cómo decirle de su serruchar. Pero entonces, salió de la habitación, detrás suyo, un atleta veinteañero de mirada torva.

—Mi novio se quedó conmigo anoche —explicó ella, y su dentadura dejó un trazo luminoso en la habitación—. No hay problema ¿o sí?

En realidad sí había problema, pero eso es lo de menos: mujeres así no roncan. Aquí queda demostrado.

Category: Teatralidad | 13 Comments »

Inexistentes anónimos

Diciembre 18th, 2007 by Felipe

Sesionan cada jueves de 7 a 9 de la noche en un bar que está en la Zona Rosa. La cuota de recuperación es de 100 pesos por persona cada semana.

Se reunen unos quince sujetos que difícilmente se miran a la cara. Hay siete que claramente son hombres, cinco que claramente son mujeres y tres que claramente no son ni uno ni otro. Se levanta una persona y toma la palabra.

—Hola soy Pedro y soy un inexistente.

Cabe aclarar que por estatutos del grupo todos los hombres (lo parezcan o no) se llaman Pedro y todas las mujeres María.

Lo recibe el silencio del grupo. Nadie dice nada. El orador tampoco dice nada más, se queda viendo un punto fijo en medio del aire y en seguida se saca un moco. Lo pega en el podio. Minutos después regresa a su lugar. Se levanta una mujer. Dice que se llama María y que es inexistente. Se desabrocha la blusa y muestra a la audiencia dos senos entristecidos. Nadie la mira.

Otro más habla durante 45 minutos sobre el grave problema del agua en Iztapalapa y cómo la gente de la dependencia de gobierno donde trabaja ha enfocado el asunto. Cuando termina nadie aplaude, de hecho quedan sólo siete personas. Entre ellos yo, y sé que viene mi turno y me pongo muy nervioso porque no sé qué decir ante ese auditorio, no podría soportar que me pusieran atención.

Cuando llega mi turno, sólo agacho la cabeza y me quedo pegado al asiento.

Category: Teatralidad | 6 Comments »

Las nalgas de Melissa

Diciembre 14th, 2007 by Felipe

(Nota: antes, leer aquí)

Prólogo—
A estas alturas sé que muy pocos podrían creer que un personaje como yo exista. No importa. De un tiempo para acá lo mejor que me ha sucedido son las nalgas de Melissa. Según su expediente, tales maravillas llevan 19 redonditos años en su sitio. Alumna mía de literatura en la universidad, ella quería ser novelista. Eso me daba ciertas ventajas. Me entregó un texto que perpetró en la más pura tradición telenovelesca —sí, escrito con las nalgas— sobre una muchacha rica y buena que se enamora de su chofer, moreno, alto y sensual a pesar de la desaprobación de sus padres que amenazan con desheredarla; lo cual, según refiere esta mamada, no le importa —es decir, a la protagonista—, y deciden fugarse a una isla en el Caribe. Me guardo los comentarios para después. Ellos viven ahí las más felices fantasías sexuales —sólo concebibles tras un periodo prolongado de castidad rigurosa—, para luego ser descubiertos por la policía que los buscaba. Este melodrama me recordó una película italiana de cuando yo era más joven y Melissa no había superado la preprimaria, con esta Ornella Mutti, en las épocas en que a Ornella no le dolía nada. No me acuerdo del título pero el argumento era casi idéntico. Aún siendo benévolo con la ortografía, el trabajo de Melissa daría lástima de no ser por sus nalgas. Lo leí con mucho morbo, debo confesarlo, y en las ocasiones en que Melissa describía a la protagonista, yo no podía evitar pensar en. Bueno en. Nalgas. Y, cuando aparecía el chofer, me imaginaba a mí revolcándome. Y, aunque insulsas, disfruté como si las viviera esas fantasías —“sexuales” no sería la palabra (aunque esa era, seguramente, su intención); iría más algo como “sexoides”— que disfrutaron la chica y el chofer en la islita caribeña. Como en el cuento del “Zahir”, de Borges, sobre los objetos que, al no poder ser olvidados, inducen a la locura, las hemisféricas nalgas de Melissa Weber han logrado modificarme hasta lo irreconocible. Pienso nalgas dramáticas, imagino nalgas en verso, creo comer nalgas al carbón, sueño nalgas nubosas, veo nalgas redondas, oigo las nalgas al atardecer, quiero nalgas al amanecer. En suma, la cordura que yo antes adormecía con alcohol, ahora no es sino una obsesiva caricatura de nalgas persiguiéndose unas a otras, en un reino de nalgas donde Melissa es la monarca absoluta —y constitucional— y yo soy su fiel paje pirulí.

Pero lo extravagante —además del principio de hipertrofia aquel— soy yo. ¡Señores —y esto ya está cobrando carácter de urgente—: tengo treinta y cuatro años, vivo con mi mamá y llevo casi los últimos ocho años buscando que los editores me tomen alguna vez en cuenta con alguna novela! O una fabulita, por lo menos. Tanto literaria, como amorosamente, estoy olvidado. ¡Vamos! No es que me duela la idea de saber que me estoy quedando soltero; pero. Es decir, claro que salgo de vez en cuando. Muy de vez en cuando. Con algunas alumnas mías y. Una que otra maestra de la universidad, pero. En fin, tantos fracasos amorosos al hilo lo dejan a uno pensando. Como hombre tengo algunas ventajas, claro está: la edad lo madura a uno y lo hace más interesante y nunca nos faltan nuestras eternas enamoradas; pero son, por lo general, casos no muy gratos y sí muy insistentes. El mío lleva por nombre Berta Orozco y mi mamá nosequé le vio que le cae rebién y cree que por lo tanto tengo el deber moral de cumplirle. Digo, Berta tiene más o menos mi misma edad pero ella sí se quedó. Cree que soy la gran cosa como escritor y me corrige y se emociona con mis novelas pero. Como crítica en literatura se moriría de hambre. Después de todo, ella sólo es historiadora. Y me anima, claro. Esto es lo mejor que has escrito y el final. ¡El final! es. Escalofriante. O sea, yo me moría de miedo pero ¡qué erotismo, Aurelio! Sé que una mujer no debiera decirte esto así tan directamente pero, digo, tú eres muy open máind y por eso sé que me entenderás: al leer la escena del lodo yo —imagínense a Berta, por favor, diciendo eso: mirada lasciva, contoneos, respiración alterada—, yo tuve un orgasmo. (Y Berta espera que yo la entienda y le responda tú tienes una gran sensibilidad y yo una gran alberca de lodo en mi casa, vamos Berta, no puedo esperar un minuto más: ¡bañémonos! —que no me oiga—. Podría ocurrir, porque la piscina abandonada del traspatio, con un poco de agua, sería el escenario ideal para la escenita del lodo. Pero si Bertita es fea, enlodada definitivamente daría miedo. Claro que si Melissa. Después de leer a Melissa, me consuela saber que hay gente literariamente mucho muy inferior a mí —a pesar de sus.)

Primer capítulo—
Hace unos meses recibí por enésima ocasión, una diplomática negativa de la editorial de. Les vale el nombre. Estimado maestro don Aurelio Vidal: recibimos la sinopsis y la copia del original de 447 cuartillas de su novela histórica —ya que se ha empeñado en calificarla así— “Roma”, y hemos caído en leerla. Sentimos mucho no poder publicársela, pero consideramos que, dado el prestigio que ostenta usted como maestro, es nuestro deber salvaguardar el honor de su grado académico no ofreciendo al público literario tan grande equivocación. Revise usted mismo, críticamente, sus originales y estará de acuerdo con nosotros. Sin embargo no se desaliente y blablablá. Podría objetar cada línea de esta pinche y anónima respuesta con más de un argumento —grité, mientras Bertita buscaba tranquilizarme. En circunstancias normales la habría rechazado como lo hago siempre, pero ahora necesitaba gritarle a alguien y ella se pintaba sola con tal de tenerme cerca—. De hecho —seguí gritando— esta pinche carta se la pueden meter por. Y, en eso, Melissa propuso sus dos más rotundos argumentos sobre una de las sillas de la mesa contigua. Por. Tengo argumentos rotundos —tragué saliva—. No supe de mí ni menos de Berta, que se habrá alejado luego, como suele cuando dejo de hacerle caso: con naturalidad fingida, aparentemente satisfecha, levemente frustrada y eliminando toda connotación de rechazo por parte mía, porque ella simplemente no soportaría enfrentarlo. Melissa me sonrió y esbozó una pregunta y, mucho antes de formularla, yo ya estaba junto a ella atento a sus demandas. ¿He dicho ya que Melissa Weber es, además de positivamente nalgona, bellísima? Y lo peor es que ella lo sabe y lo utiliza en su provecho. Es tonta, no cabe duda; pero además acentúa su estolidez con pequeñas sandeces fáciles de corregir —me pregunto si no lo hará adrede— que siempre motivan a seguirla corrigiendo. O también le da, a veces, por sentarse sobre alguna regla o lápiz, como descuidadamente, erguida hacia adelante —lo que produce una curiosa erección del lápiz o la regla contra la silla—, lamiendo, que no chupando, su tutsipop, apoyando todo el peso de la breve cintura en sus caderas, comiéndose el lápiz entre la raya de su pantalón como si aún no lo supiera, pero volteando divertida para ver si nosotros ya nos dimos cuenta de su travesura. O a veces se sienta en el escritorio, dándome su perfil voluble, cruzando lentamente la pierna y me pregunta con su tierna delgada voz sobremimada si su poema está bien, si su cuento también y yo apenas leo sus tonterías, le corrijo con amabilidad sus incoherencias y espero paciente su sonrisa.

Así fue hasta hoy, porque mi fracaso literario me decidió. Si no seré escritor, por lo menos pondré esas nalgas en mis manos, me dije. Y entonces tuve la ocurrencia: cambié un poco los hechos menos gratos: el rechazo editorial, la carta o mi depresión y le dije que justo había terminado mi novela y necesitaba celebrarlo con ella. Así. Directo. Seguro. Conciso. Como si poco importara el tema o fuera lo más frecuente en mí, le conté que ella había sido mi musa, y que el libro estaba dedicado a ella. Quizá fue lo rápido de mi planteamiento, el factor sorpresa, la convicción en mis palabras, su ignorancia o su ninfomanía reprimida, pero vi que brillaron sus ojos, que se acercó a mí y que me besó. Fue cerca de la boca y no duró más de dos segundos, pero fue sincero, húmedo, y fue de Melissa.

Aunque mi madre me regañó en cuanto regresé a casa, algo pasadas las tres de la madrugada, aunque supe que Berta lloró amargamente aquella tarde cuando supo que salí, aunque Melissa me resultó aburrida, aunque ella nunca lo notó dándome demasiados cariños y viviendo en la idea de ver su nombre inspirador en las páginas inaugurales de “Roma”. Aunque la cena fue barata porque no soy de dinero y ella me invitó luego el café, aunque fue la noche en que más cerca ha estado de mí. Aunque soñé con ella toda la semana siguiente y mi obsesión por sus nalgas es más intensa que nunca, no logré en ese lapso tener aquellas nalgas en mis manos.

A partir de entonces, y como se acostumbra en las historias convencionales de amores a oscuras, entre Melissa y yo surgió una especie de sórdida complicidad en donde parece decirse todo pero nada puede mencionarse, se entiende todo pero no se piensa en nada. Ella todo lo decía con sus nalgas: si estaba feliz, esperanzada, triste, reflexiva, locuaz, cariñosa o enojada. Yo lo decía todo entre líneas. Y así anduvimos durante tres o cuatro días.

Último capítulo—
Pensé entonces que el silencio ya había sido suficiente. Mientras calificaba los trabajos, en el suyo escribí un mensaje pidiéndole que nos viéramos. No pude seguir calificando por nerviosismo y pasé el resto de la noche dibujando nalgas. Llené como veinte hojas de block con nalgas en diferentes posturas y perspectivas, en tinta, lápiz, crayón. Bertita se encargó de encontrarlas en mi portafolios al día siguiente. Como según ella ya me había perdonado mi desliz de hace unos días —y como no supo o simuló no saber que Melissa era la susodicha—, miró, remiró y acomodó en la mesa mis garabatos, para verlos todos juntos. ¡Son puras nalgas!, dictaminó audible. Yo procuré mirar para otro lado, fingir demencia y todo eso. Más de una persona estiró la vista para admirar las nalgas, como si Melissa las mostrara. El más insistente fue Ramiro, historiador del arte, que de plano se sentó, tomó y estudió uno por uno mis dibujos con miopía para sentenciar: ¿Melissa?

Dicen que el que calla otorga, guardé los dibujos, pedí permiso, y me fui.
Melissa recibió mi recado en silencio. Lo leyó sin mirarme mientras yo entregaba los trabajos con estudiada frialdad al resto de mis alumnos. Creí que lo guardó porque la imaginé discreta. Me equivoqué. Cuando ni ella ni su amiga, ni su otra amiga, ni su amigo, ni los demás pudieron contener la risa, supe que Melissa misma se encargó de mostrárselo a todos. Como cualquier profesor que descubre el acordeón en un examen, caminé en dirección del tumulto, recogí el papel y, procurando que Melissa me viera —y me vio, la muy cínica—, lo guardé en el portafolios. Al final de la clase, o ella tardó en salir, o todos los demás se fueron muy a prisa, pero quedamos solos. Se agachó —intencionalmente, puedo jurarlo— para guardar sus cosas, exponiendo sus divinas nalgas a mi consideración. Levantó su bolsa y pasó retadoramente cerca de mí. La detuve. Sin decirle nada, cerré la puerta del salón, saqué los dibujos, y se los fui enseñando uno por uno, nalga por nalga. Eres mi musa, Melissa, lo siento. Hay sonrisas inolvidables por encantadoras; la que Melissa sugirió con mis dibujos fue inolvidablemente ambigua. Ahí había decepción, alabanza, odio, alegría, estupidez, tristeza, ira, belleza. Me regresó los dibujos, me musitó las gracias, titubeó y caminó hacia la puerta apretando el trasero. Me gustan tus nalgas Melissa, quédate: no podría vivir sin ellas. Melissa, entonces, se detuvo de golpe. Por favor quédate, eres lo más hermoso que he conocido. No sé si por el miedo o para facilitarme las cosas, Melissa dejó caer su bolso y su chamarra. Eres más intensa que un verso de Sabines, más erótica que el Cantar de los Cantares, más salvaje que la Consagración de la Primavera, más clásica que la Venus de Milo, más bella que todas, Melissa, Dios moldeó tus nalgas a mano, por favor, no te vayas: las necesi. Te necesito. Ahí estaba Melissa. Inmóvil. Con el culo bien firme y un nudo en la garganta. Me le acerqué, la tomé de la cintura y comencé a besarle el sudor frío del cuello, apretando mi pantalón contra sus nalgas; respirando frenéticamente. Vámonos de aquí, a un hotel o algo, ya no puedo, tus, tus. Era una niñita abandonada, y yo le golpeaba sus nalgas duras con mi verga dura bajo el pantalón. Le tapé la boca cuando quiso gritar y, entonces. Entonces. Entonces. Entonces sentí su lengua mojada y viva lamerme los dedos en círculo, muy lentamente. Sentí su mano rencorosa agarrarme la verga. Sentí su saliva tibia en la palma de mi mano. Sentí miedo y algo más obsceno que el vértigo que recorrió mi espinazo; y flaquearon mis piernas cuando entendí que ella bajaba mi bragueta.

Eyaculé.

Y me mordió la mano. Me pisó. Me pateó. Me rasguñó. Me picó un ojo. Y corrió. Ya a distancia, en el anonimato del pasillo, comenzó a llorar y a gritar —y gritaba me viola, me viola. Fingía; pero parecía niña abandonada en un supermercado.

Epílogo—
Cosas de esta vida-comedia-de-errores. Después de ser condenado a no volver a trabajar como profesor, me enteré que el papá de Melissa era dueño de la importante empresa editorial, cuyo nombre a ustedes les vale pero pueden averiguar, y que le había publicado una novela titulada “Roma” que, sabemos, Melissa nunca escribió. Lo demás ya es historia que todo mundo conoce: Melissa Weber, con “Roma”, ganó un premio nacional de novela light joven, mucho sobado prestigio, respeto y consideración, incluyendo la filmación de la película en donde la famosísima secuencia del lodo se volvió lugar común en toda discusión snob que se precie de serlo. Estoy obligado a no quejarme si quiero entrar limpio de pecado al reino de la gracia del señor Weber y de la pompa y circunstancia de su hija que me obliga, desde entonces, con ese su habitual involuntario chantaje de glúteos, a ser su paje pirulí escribiendo, sin cesar, cuentos y melodramas que serán firmados por ella hasta que mi impaciencia derrote mi obsesión y decida marcharme bajo la pena máxima de perder la posibilidad de ver sus nalgas —la esperanza es lo último que muere.

Por eso despierto delirando: algún día tendré esas nalgas en mis manos, algún día, lo juro, aunque estén en formol.

(México DF —1994)

Category: Confesiones, Sentimentalismo, Teatralidad | 12 Comments »

Levedad

Diciembre 11th, 2007 by Felipe

La llamó hermosa mientras la arrojaba al piso. La turba, como perras enardecidas.

«Si en verdad es una diosa se elevará del suelo», pensó —era un hombre de poca fe.

Yo la vi: ella se elevó por encima de las piedras, de nuestras cabezas, de nuestro miedo. Porque conforme las piedras se acercaban a su cara, se convertían en palabras, se volvían aire.

(Ante la levedad, lo pesado por sí solo se derrumba.)

Nadie más entendió el milagro.

Category: Teatralidad | 3 Comments »

Vecinos

Noviembre 3rd, 2007 by Felipe

El anciano del quinto piso siempre saludaba muy amable. Un día su departamento empezó a oler muy mal. Forzaron la puerta y lo encontraron con la cara metida en un plato de frijoles, la tele encendida en las caricaturas.

Eso debieron de habérmelo dicho antes. Siempre que me veía, me hacía plática. Hace poco, viéndome abatido, me recomendó que lo mejor era tener una novia tonta, porque las inteligentes son difíciles de controlar. Me reí y le agradecí el consejo. Se despidió y subió la escalera.

Ayer llegaron los nuevos vecinos: una pareja de argentinos con una niña. Subieron al depa del quinto piso muebles y cajas. Me saludaron como si me conocieran de siempre y la niña se metió el dedo a la nariz. Cuando pregunté al conserje sobre el viejito, me miró como si lo hubiera insultado.

—Ahí no ha vivido nadie desde hace como un año que se murió Don Félix.

Ayer fue día de muertos.

Category: Teatralidad | 11 Comments »

Sobre el deseo

Octubre 30th, 2007 by Felipe

(Días después, ella lo niega todo. Mirándola a los ojos, él no sabe si ella miente para guardar las apariencias. Ella sonríe como si creyera en lo que dice. Absolutamente convencida.)

Ella preguntó si estaba saliendo con alguien por ahora. Él dijo que no, y le pareció curioso que ella lo preguntara. Esa clase de preguntas que indican otra cosa. Se enviaron mensajes por celular hasta el anochecer. Luego ella escribió: “Pasa x mi a ksa d mis paps dspues d la 1 AM.”

Él obedeció las instrucciones: estacionarse en la esquina para que no lo vieran desde la ventana, apagar las luces, no tocar el timbre, mandar un mensaje de celular.

Ella salió a los diez minutos: una minifalda vertiginosa.

La llevó a su lugar favorito. En la planta baja es un bar, en el primer piso hay una galería de arte que a esas horas estaba en penumbras.

—Subamos —dijo ella.
—Pero si está todo apagado —dijo él, sabiendo que era una obviedad.
—Quiero conocer cómo es arriba.

Fue muy rápido: la galería a oscuras, el beso, los botones, el sostén, las manos, vestirse, bajar como si nada.

—¿A dónde más podemos ir a estas horas?
—Vivo cerca —dijo él.
—Vamos.

(Días después ella lo niega todo: que no sabía que la galería estaba a oscuras, que cuando preguntó si estaba saliendo con alguien era sólo por corroborar un chisme, que no se imaginó que nada más sucedería. Lo que ella deseó una vez con el cuerpo, ahora su mente lo ha hecho parecer inexplicable.)

Category: Teatralidad | 9 Comments »

Desliz

Octubre 20th, 2007 by Felipe

Ella, sin decirle nada, se levantó de la mesa; tomó su bolso —con las iniciales del diseñador estampadas por toda la superficie; regalo suyo—; se detuvo para despreciarlo, le dio la espalda y caminó hacia la salida. Él la miró alejarse; su fragancia tardó más que ella en disolverse. No tendría efecto llamarla o detenerla. Miró su copa vacía y llamó al mesero; pidió un trago más y la cuenta.

Caminó por Madison Avenue hasta que le dolieron los zapatos y el frío le entumeció los labios. En una esquina despoblada pidió un taxi. El chofer era musulmán y hablaba un inglés incomprensible.

Llegó al hotel. Preguntó al concierge si ya había salido la señorita de la suite 14, una joven delgada, bonita, pelo oscuro. El concierge revisó, consultó con su asistente. Sí; hace no más de veinte minutos, con maletas.

En la suite —iluminada solo por el televisor—, se entretuvo viendo filmes para adultos hasta la madrugada. Finalmente le aburrió la combinatoria de posturas. La cama ahora le quedaba demasiado grande. Durmió abrazado a la almohada.

La mañana siguiente, en el desayuno, decidió volver a México. No tenía sentido seguir en Manhattan. Compraría los regalos —algún perfume para su esposa; libros de arte para su hija— y tomaría el avión de medio día. Llegaría por la noche; les daría una sorpresa. El problema vendría al día siguiente en la oficina, cuando volviera a verla.

Desde que ella se divorció había salido con todos los gerentes. Sólo faltaba él. Quizá el más esquivo, el más fiel a su esposa, el más incorruptible. Pero ella lo sedujo con su levedad. El lo permitió. Le simpatizaba ese humor despreocupado que su esposa no tenía. Era, también, quince años más joven. No mostraba las reticencias de su mujer. Era desinhibida y alocada. Se quedaba con él hasta tarde en la oficina. Platicando. Él hablaba de su mujer y de su hija. Ella lo escuchaba. Hace mucho que una mujer no lo escuchaba. Su esposa siempre estaba distraída con sus cursos de arte y sus exposiciones; su hija simplemente no lo entendía —pero las amaba; eran su hogar, su discreto refugio, su esperanza—. Un día, mientras él hablaba, la joven lo calló poniéndole el dedo índice en los labios; y él notó cómo los labios de ella resplandecían.

Él jamás pensó que no pudiera controlarlo. Cuando regresaba a casa, sentía que, por más que se había bañado en el motel, toda la piel le olía a ella y que su mujer iba a notarlo. Ya su esposa señalaba las veces que se quedaba como ausente, con la bebida en la mano, durante las reuniones con los matrimonios amigos. Por las noches, cuando la abrazaba, sentía un cuerpo extraño, duro, pudoroso, que lo repelía. Entonces pensaba en ella; y la necesitaba.

El viaje a Manhattan lo planearon de prisa y desnudos en el motel de siempre. El pretexto era la feria anual; contactar clientes. Sin embargo, en cuanto abordaron el avión, él sintió culpa. Intentó tranquilizarse besando a la joven. Hablando. Pero su conversación giraba en torno a las veces que había estado en Nueva York con su familia. Al principio, ella lo toleró. Después de dos días, ella decidió que era mejor separarse. No hubo escenas de llanto. Él no sabe si por falta de amor mutuo o por demasiado amor propio.

En todo eso piensa cuando abre la puerta de su casa. Quiere dejar atrás su aventura y ser el de siempre. Es casi media noche. Deja las maletas en el recibidor y sube con los libros de arte y el perfume en la mano. Su hija aún no ha llegado; deposita los libros sobre la cama intacta. Cruza el pasillo y abre la puerta del cuarto de su mujer, profundamente dormida con otro hombre.

Category: Teatralidad | 15 Comments »

Dios es un hombre obeso

Octubre 1st, 2007 by Felipe

Dios es un hombre obeso que gobierna en un barrio de la periferia de la ciudad. Nadie lo toca. Es bisexual y amoral y no le gusta ostentar su poder, que es demasiado. Deja funcionar al mundo y no se mete ni con los gobernantes ni con las iglesias. A veces, con cierto sentido irónico, visita algún templo para cerciorarse de que no está ahí. Nunca realiza milagros. A quien le pida salud le destina la muerte. Bebe como cosaco y fuma un cigarro tras otro.

Abordé a Dios el otro día. Estaba ebrio. Antes de que le pidiera nada, me dijo que no había nada que hacer. Dijo algo del destino, maldijo contra sí mismo y escupió al suelo —no creció en ese sitio una sola planta o un árbol, simplemente quedó el gargajo ahí—. Dijo que por esta vez había ganado ella.

No supe a qué ella se refería. Tal vez a nadie. A todas.

Los domingos por la noche juega al dominó con el Diablo en una cantina. Dios deja ganar al Diablo siempre. Está enamorado de él, pero no se atreve a confesárselo.

Category: Teatralidad | 12 Comments »

Antinaturales

Septiembre 19th, 2007 by Felipe

Una falena, pegada como una mancha horrible en la esquina más sombría de la habitación, cerca del librero.

—Parecen antenas de televisión —dice uno de los niños; el otro le detiene la silla.

La mamá ha entrado y la mira como cosa rara, el bicho es un intruso. Considera invitarla a salir, a trapazos, por una de las ventanas. Pero si predomina su terror, la mataría sin remedio. Luego la discusión será quién se atreva a levantarla del suelo. Tomarán su cadáver por medio de un papel higiénico, porque el contacto directo con su piel, que se deshace en polvo, es repugnante, las escamas son como brillantina: no se quita fácilmente de los dedos; y se trata de los restos de un cuerpo muerto, repelente al contacto horrorizado de los vivos; además la sensación en las yemas de los dedos, de pequeñas vejigas que se rompen bajo el papel y peor aún si destila jugos: esos líquidos mojarán el papel higiénico y, posiblemente, los dedos de quien la conduzca al bote de basura o al excusado.

—¡Nos está viendo!
—No son sus ojos, baboso —el otro niño—; son sus alas. Los ojos están en su cabeza.
—Es que si le quitas las alas lo demás es horrible, las patas, los pelos… —es la mamá.

Llega la abuela, en su silla de ruedas; la niña pequeña expresa su deseo de que el bicho muera de inmediato y, finalmente, el rey de la manada, el papá, enorme y barrigón, presume que de niño les tiraba de resorterazos y quedaban embarradas.

Entonces la falena separa sus frágiles patas de la pared y se lanza con una maroma mortal triple en dirección de los anteojos del padre quien no tiene tiempo ni de manotear y cierra sus párpados con un grito. Todos gritan. Todos manotean. Revolotea por encima de sus cabezas y cada uno de ellos, gigantescos, sucumbe al pánico de que los roce la leve punta de sus alas.

El papá ha salido de la habitación, le tiemblan las piernas. La abuela, esclava de su silla, se ha limitado a cubrirse cabeza y cara con los brazos y su chal, como si amenazara el techo desplomarse. La niña llora a gritos y los niños quieren simular su valentía de simios. Ahora vuela alrededor de mamá, tiene los ojos cerrados.

—Mamá. No te muevas.
—¡Dónde! —grita— ¡Dónde la tengo! ¡Quítamela! ¡Quítamela!
—En la cabeza, pero no te muevas.

La falena abre y cierra sus alas lentamente.

Category: Teatralidad | 4 Comments »

Luz

Agosto 21st, 2007 by Felipe

(A propósito del post anterior.)

Eran los vecinos del 202. Carmen y Enrique. Andaban en sus cincuenta años. Cuando él se quitaba las gafas oscuras se veían dos cavernas. Ella, con la cara quemada, parecía vivir para él. Verlos me hacía recordar que “nunca falta un roto para un descosido”. Una noche se fue la luz y fui a pedirles velas. Me invitaron a pasar. Enrique se movía bien en la oscuridad y me ofreció unos tragos. Ignorante del apagón, caminó entre los muebles hasta la pequeña cantina y me preparó un muy equilibrado whiskey con soda. Carmen llegó con dos velas apagadas que recibí a tanteos, siguiendo su voz.

—Llévatelas, no las usamos —nunca me había fijado en su voz: se oía como una muchacha—. Pero termínate tu trago. Te servimos otro. Ya llamamos a los de la compañía de luz. No tienen para cuándo.

En la total oscuridad hablamos del clima, de los apagones y de los vecinos del 403, que tienen un perro intratable. Enrique me sirvió otro whiskey con la misma destreza y explicó; o quiero pensar que fue una explicación:

—Yo no fui ciego. Yo me saqué los ojos.

—Siempre cuenta esa historia —dijo ella, como una gracia privada.

Yo mismo pensé que la historia iba a ser una broma. Si lo fue, no le entendí al chiste. Iba más o menos así:

Hace treinta años se conocieron. Un poco menos tal vez. Salían los dos de la universidad. Él abogado; ella contadora. O al revés. Él enamorado de ella. Ella poco entusiasmada con él, era su amigo. Pero quiero entender que ella fue hermosa, o que al menos así él la veía. Que le escribía poemas que ella recibía condescendiente.

—Es que eran malísimos tus poemas —rió ella, pero sentí que era parte del diálogo, ya muchas veces repetido.

Finalmente, una noche, no entendí si por hartazgo o distracción, ella accedió a besarlo. Él se hizo una historia en la cabeza. Se obsesionó.

—La seguía a su casa. Le enviaba anónimos, ¿verdad, amor?

—¡Las fotos pornográficas siempre fueron de tan mal gusto!

Me empecé a sentir incómodo. A tientas dejé mi whiskey en la mesita.

—Pero me di cuenta de algo —agregó ella—. Yo no era tan bonita. Sólo él me veía así. Sólo él y nadie. Los demás. Bueno, un poco. Pero no. Venían y se iban. Andábamos. El amor así normal. Luego él se sacó los ojos.

—¡No fue así! O sí, fue así. Pero antes me di cuenta de algo. Era bella para mí. Para mí solo. Y sólo conmigo era poderosa. Con los demás, sólo una chica linda nomás. A mí me. Devastaba. Me di cuenta que sólo podía acabar con ella si dejaba de mirarla.

Volvió la luz. No en ese departamento donde las luces seguían apagadas. Pero sí en la calle, en el pasillo. Les dije que tenía que terminar un trabajo en computadora. Dejé las velas ahí mismo, en el sillón.

Category: Teatralidad | 6 Comments »

Matrimonio

Agosto 6th, 2007 by Felipe

La carne estaba en el tenedor. El tenedor estaba entre sus dedos de uñas largas y pintadas. De la carne escurrió una gota de grasa; salpicó muy cerca de su zapato. Él había dejado de amarla hace mucho.

—¿Me vas a dar tu plato o qué? —dijo ella.

Él puso el plato junto a la estufa, ella acomodó la chuleta.

—¿Ensalada? —y movió un poco las lechugas para que se vieran bien; sonrió—. Pobre Marco, ¿no? Es que imagínate, ocho años. Ha de estar que se le cae el mundo. Y así, de repente…

Con una servilleta, él limpió el exceso de grasa sobre la carne. Se ensució los dedos. Tiró la servilleta a la basura, no supo cómo secarse, frotó los dedos contra el pantalón.

—…y que nos pase eso a nosotros —continuó ella—, ¿tú crees que nos pase eso a nosotros?

Mientras otros temían que su matrimonio se rompiera, él temía que el suyo durara demasiado.

—Pueden pasar tantas cosas —dijo él por decir.
—Yo me mato si eso nos pasa.

Consideró él que la posibilidad de su muerte era una idea afortunada. Mucho mejor a que descubriera las cartas o las fotografías. Su muerte era mejor a tener que darle la razón.

—Deberíamos hablarle a Marco, pobre, se debe sentir muy solo —dijo ella.

Llamarle ahora cuando no lo veían hace meses. Decirle, sin decírselo, queremos saber si estás tan mal como nos platicaron; en cambio nosotros estamos tan bien: seguimos juntos.

Ella masticaba alegremente, bebió un sorbo de limonada para pasarse la comida. Hizo un pequeño buche. Dentro de su boca, él imaginó partículas de carne triturada, grasa y lechuga, mezcladas en limonada y saliva. Tragó. Ella le tomó la mano y le dijo:

—Te amo.
—Yo también —contestó él.

Category: Teatralidad | 7 Comments »

Low budget life

Julio 20th, 2007 by Felipe

Demostraciones de que el resto de la ciudad es una escenografía y que mi vida es un filme de bajo presupuesto (con un guión pésimo, por cierto) (y sin ahondar en el hecho de que nunca tengo dinero):

• Los giros dramáticos en el guión son forzados, inverosímiles, y sin embargo, suceden. El guión de mi vida tiene episodios tan injustificados como los diálogos en una película porno. Desgraciadamente, casi nunca culmina en sexo.

• Soy pésimo dialoguista de mí mismo. Sin embargo, hay quienes me tienen paciencia.

• Los lugares siempre son los mismos. No importa qué tanto me desplace, siempre termino vinculado a los mismos sitios. Mi teoría es que quien quiera que esté produciendo mi vida, está ahorrando en locaciones. Ejemplos: 1) el café donde vi a un abogado de divorcio, está en el mismo domicilio en el que, hace once años estaba el restaurante donde me enamoré de manera súbita como nunca me había pasado. 2) A dos cuadras está el único bar donde he ido dos veces en el último medio año. Ella vivía dos pisos arriba en ese mismo edificio. 3) Hoy estuve cambiando infructuosamente la llanta de mi auto en la misma calle donde viví con mi ex mujer. No me atreví a pedirle ayuda.

• Los actores repiten papeles. Los encuentras en las situaciones más impensadas y adoptan los roles más absurdos que llevarán siempre a una especie de epifanía. La última vez que esto me sucedió, me condujeron a un encuentro casual de esos que acaban por ser desencuentro y últimas veces.

• Los actores de reparto son todos unos freaks.

• A veces sospecho que soy un mero actor de reparto. Lo bueno es que no soy el único que lo piensa. Eso lo sabré cuando me muera, por ejemplo: pasará frente a mí una persecución espectacular y yo seré el que estaba justo en el sitio de la explosión: collateral damage.

• Pero algún día veré pasar los créditos finales y diré: ¡lo sabía!

Category: Teatralidad | 6 Comments »

Vivir para el arte

Junio 19th, 2007 by Felipe

Se trata de un grupo de performance que el crítico hidalguense Filemón Soriano ya ha vindicado como “uno de los más violentos y confusos espectáculos de esta escena nacional tan necesitada de antihéroes.? Sorprendente es, además, que sean originarios de Ciudad Nezahualcóyotl, Estado de México.

Pongo como ejemplo de su valiente propuesta su acto “Enterrados vivos?, en el cual la mitad del grupo murió en la penúltima presentación y la otra mitad en la última.

Category: Teatralidad | 2 Comments »